Meritxell Ruiz: "Las movilizaciones docentes expresan frustración y deben ser escuchadas"

Meritxell Ruiz, secretaria general de la Fundació Escola Cristiana de Catalunya, recibe a MAGISTERIO tras la celebración del Quòrum26 en Tarragona. Durante la conversación nos habla de la aportación humanista de la escuela católica, del uso educativo de la inteligencia artificial, de la responsabilidad de las familias ante las pantallas, de las causas del malestar docente y su visión sobre la reducción de las ratios y, no podía faltar, de las movilizaciones del profesorado.

José Mª de MoyaJueves, 29 de octubre de 2026
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Meritxell Ruiz: “La evidencia nos dice que la reducción de las ratios tiene un coste muy elevado y resulta poco eficiente”.

El Quòrum26 ha reunido recientemente en Tarragona a más de 800 profesionales de la Escola Cristiana de Catalunya con el propósito de trasladar a los centros los resultados de tres años de reflexión estratégica. El encuentro ha situado en el centro cuestiones como la identidad de la escuela católica, el cuidado de la persona, la innovación pedagógica, el liderazgo, la inteligencia artificial y la esperanza ante un futuro marcado por la incertidumbre.

Meritxell Ruiz, secretaria general de la Fundació Escola Cristiana de Catalunya, defiende que la tecnología debe permanecer subordinada a la finalidad educativa y reivindica la aportación de una mirada cristiana frente a la fragmentación, el individualismo y la pérdida de sentido. También reclama que no se responsabilice a los centros de resolver todos los problemas sociales y pide escuchar el malestar expresado por los docentes.

En la presentación del congreso ha puesto énfasis en la visión humanista que puede aportar la escuela católica como respuesta a los desafíos actuales y al desarrollo de la inteligencia artificial. ¿Qué puede hacer la escuela católica en este contexto?

—Mucho. Creo que, en las circunstancias actuales, la escuela católica tiene que volver a sus orígenes y poner en el centro a la persona. En un contexto de fragmentación, deshumanización y tanto individualismo, la visión cristiana es muy importante. Por eso hemos hecho hincapié en esa necesidad.

Muchas veces se cuestiona la necesidad de que en este país exista una escuela con ideario cristiano y católico. Nosotros también queremos ofrecer argumentos para explicar que hoy es más necesaria que nunca. Puede ayudar a construir un relato de sentido ante tanta desesperanza y tanta complejidad.

En la opinión pública existe una preocupación creciente por la salud mental y el malestar emocional de los alumnos, pero también de los profesores. ¿La religiosidad puede contribuir a responder a este problema?

—La frustración que vemos en las escuelas procede muchas veces de la situación social que tenemos. A menudo me preguntan: «¿Qué le pasa a la escuela?». A la escuela no le pasa nada distinto de lo que le está pasando a la sociedad.

Siempre ha habido cambios a lo largo de la historia, pero la diferencia respecto a otros periodos es la aceleración actual. Los cambios se producen tan rápidamente que nuestra mente y nuestra capacidad para comprenderlos e incorporarlos encuentran muchas dificultades. Esta complejidad y esta incertidumbre se trasladan también a la escuela, y eso genera frustración.

En el pasado, la educación sabía para qué educaba, pero ahora desconocemos cómo será el futuro. Los educadores se preguntan qué deben hacer y es ahí donde entra en juego el relato de sentido. Educamos para que nuestros alumnos puedan dibujar el mundo que queremos a partir de unos valores determinados, que para nosotros son los valores cristianos: la fraternidad, la paz y la justicia.

Si conseguimos poner esos valores en el centro, encontraremos sentido a lo que hacemos y reduciremos la frustración. Francesc Torralba habló en el congreso de la esperanza, que no consiste en ser ingenuos, sino en saber que existe la posibilidad de que el futuro sea diferente, que podemos construirlo y hacer que sea mejor.

La tecnología como instrumento, no como finalidad

En el congreso se ha hablado mucho de inteligencia artificial. Después del impulso que recibió la digitalización en los colegios, ha surgido también un movimiento crítico con las pantallas. ¿Nos hemos excedido con la tecnología?

—No creo que el debate deba plantearse en términos de si nos hemos pasado o no. El problema es que hemos confundido los instrumentos con la finalidad del sistema. La finalidad del sistema educativo no es ser digital ni conseguir que todos los niños tengan un ordenador. Su finalidad es el desarrollo integral de los alumnos y, para alcanzarlo, necesitamos instrumentos. La digitalización y la inteligencia artificial son algunos de ellos.

Nos equivocamos cuando en el centro de la educación no situamos la mejora del aprendizaje, sino la innovación o la digitalización. Entonces nos perdemos y acabamos preguntándonos si nos hemos pasado. Las escuelas que no han convertido la digitalización en el objetivo final del sistema, sino que la han utilizado para trabajar determinadas competencias necesarias para los alumnos, no se han excedido. En cambio, aquellas que la han incorporado sin una reflexión colectiva sí deben dar un paso atrás, pero no necesariamente para eliminarla, sino para reflexionar sobre ella.

Con la inteligencia artificial sucede lo mismo. Hemos creado un grupo específico y elaborado una especie de escalera que llamamos IRIS. La propuesta consiste en que los claustros piensen qué es estrictamente humano, para preservar aquellos espacios en los que la inteligencia artificial no tiene por qué entrar, y en qué actividades, objetivos o propuestas sí puede ayudarnos a conseguir mejor aquello que buscamos.

Necesitamos ese proceso de reflexión. El debate no debe ser si queremos más o menos tecnología, sino para qué y por qué queremos utilizarla.

Con las redes sociales parece que la respuesta social y regulatoria ha llegado tarde. ¿No deberíamos ser más proactivos ahora con la inteligencia artificial?

—Debemos ser activos siempre. Tenemos ante nosotros un instrumento nuevo que todavía desconocemos, pero que ya se está utilizando. No podemos vivir de espaldas a la inteligencia artificial. Debemos decidir nosotros, como humanos, docentes, claustros y escuelas, cómo y cuándo vamos a utilizarla.

Ahora bien, cuando hablamos de las redes sociales, no podemos poner todo el foco en la escuela. También debemos situarlo en las familias y en el conjunto de la sociedad. La penetración de las redes sociales entre alumnos de 10, 11, 12, 15 o 17 años no es responsabilidad exclusiva de la escuela. Detrás hay una familia que les ha dado un teléfono móvil y acceso a esas redes, y unos medios de comunicación que promocionan a determinados influencers y hablan constantemente de lo que ocurre en ellas.

Una de las causas de frustración en los centros es que se ha atribuido a la escuela la responsabilidad de cambiar todo lo que sucede en la sociedad, cuando no tiene los instrumentos necesarios para hacerlo. Nosotros debemos reflexionar sobre la inteligencia artificial, pero las familias y la sociedad también deben hacerlo. La escuela debe analizar las redes sociales, pero esa reflexión corresponde principalmente a las familias y a la sociedad. Si volcamos todas las responsabilidades sobre la escuela, esta acaba colapsando.

¿Habría que prohibir los móviles en los colegios?

—Creo que ese no debería ser el debate. Los alumnos acuden con un móvil porque alguien se lo ha dado. La pregunta previa debería ser a qué edad es oportuno que un hijo tenga teléfono y para qué va a utilizarlo. Esa decisión corresponde a las familias.

En los centros dependerá del uso que se quiera hacer. Si pretendemos alcanzar un aprendizaje determinado y el móvil resulta útil, se puede utilizar. Si los alumnos no aprenden más con él o existe una alternativa mejor, se retira. No tiene sentido incorporar un instrumento que no aporta nada, pero si quiero realizar una actividad en la que los estudiantes deben grabarse y el móvil me ayuda a trabajar un contenido del currículo, puede tener una utilidad.

Es verdad que existe un problema de falta de atención y que eso abriría otro debate muy amplio. Sin embargo, creo que donde hay un mayor control sobre el uso de los móviles y de la tecnología es precisamente en la escuela. El principal problema es el mal uso o el descontrol que puede haber fuera de ella.

¿Tampoco sería partidaria de prohibir radicalmente la inteligencia artificial en Primaria y Secundaria? Hay quienes defienden que determinadas herramientas no deben entregarse a un alumno hasta que haya aprendido a redactar, razonar o estructurar un contenido por sí mismo.

—En educación no todo es blanco o negro. Hay una escalera de grises y, además, esa escalera es diferente para cada alumno. Nuestros estudiantes utilizan la inteligencia artificial, nos guste o no. Lo que debemos reflexionar en la escuela es qué aprendizajes tiene que haber adquirido un alumno antes de utilizar ese instrumento.

Si todavía no los ha adquirido y la inteligencia artificial va a impedir que los desarrolle, no debe utilizarla. Pero si ya ha realizado esos aprendizajes y sabemos que en casa está usando la herramienta, ayudémosle a utilizarla bien. De lo contrario, perderemos una oportunidad muy importante.

Nuestra propuesta incide en la reflexión pedagógica que debe hacer cada claustro para decidir qué es cien por cien humano y en qué espacios no deben intervenir ni la inteligencia artificial ni otras tecnologías. En esos casos habrá tecnología cero. En otros momentos, la tecnología podrá ocupar un espacio mayor o menor en función del proceso de aprendizaje y de aquello que queramos trabajar.

Una identidad que atraviesa el currículo

Dentro del proceso de reflexión estratégica de la Escola Cristiana de Catalunya se han creado varios grupos de trabajo. ¿En qué consisten los dos vinculados específicamente con la identidad?

—Cuando realizamos el proceso de reflexión estratégica, hace cinco años, para decidir cuáles debían ser las características de la escuela cristiana del futuro, surgieron dos grandes ámbitos: el de identidad y el pedagógico. Dentro del ámbito de identidad determinamos seis ejes que tendríamos que trabajar en las escuelas y después nos preguntamos por cuáles debíamos comenzar para implementar todo ese proceso. Elegimos la identidad curricular y el cuidado de la persona.

Escogimos la identidad curricular porque muchas veces en la escuela católica tenemos la tendencia a pensar que todo lo relacionado con la religión debe quedar limitado a la clase de Religión o a la pastoral. Pero no es así. El Evangelio configura nuestra mirada del mundo y nuestra manera de comprender a las familias, a los alumnos y a las personas. Por tanto, también determina nuestra pedagogía.

Tenemos que analizar cómo aterriza el Evangelio en lo más estructural de una escuela, que es el currículo. A partir de ahí hemos diseñado situaciones de aprendizaje como algunas de las que se han presentado en el congreso. Por ejemplo, podemos preguntarnos qué mirada cristiana aportamos al estudio de la Primera Guerra Mundial. Eso implica ponerse en la piel de un soldado alemán y de un soldado francés, pensar qué debían de sentir y tratar de comprender al otro. Es una manera distinta de abordar el currículo.

¿Y cómo se concreta el segundo grupo, centrado en el cuidado de la persona?

—Nos preocupaba una visión de la educación emocional demasiado centrada en mirarse a uno mismo y olvidarse de que existe el otro. Desde la escuela cristiana considerábamos necesario ofrecer un mensaje distinto: somos en la medida en que somos para el otro. Debemos cultivar una mirada hacia los demás y hacia fuera.

Por eso orientamos el segundo grupo hacia el cuidado de la persona, teniendo en cuenta que somos comunidad y que somos hermanos. La educación emocional no puede caer en el emotivismo o en un cierto narcisismo. Una persona puede tener un mal día, pero eso no justifica cualquier comportamiento hacia los demás. El cuidado no consiste únicamente en identificar cómo me siento, sino también en reconocer al otro, responsabilizarme de mis actos y comprender que formo parte de una comunidad.

Escuchar el malestar de los claustros

Las movilizaciones docentes se han extendido por distintos territorios y también han tenido fuerza en Cataluña. ¿Considera justificadas sus reivindicaciones?

—Una movilización muestra que detrás existe una frustración y una preocupación por lo que está sucediendo. Es el momento de escuchar mucho lo que pasa en los claustros y de no imponer políticas de un lado o de otro sin realizar previamente ese proceso de escucha sobre la realidad de las aulas. Muchas veces vemos que existe un gran desconocimiento de lo que ocurre en las escuelas.

¿Qué está fallando entonces?

—Se pretende trasladar a los centros los problemas sociales y se espera que la escuela aporte todas las soluciones. En eso nos estamos equivocando. Se depositan demasiadas responsabilidades sobre los docentes y eso hace que se sientan mal y frustrados.

Muchos maestros me dicen: «Quiero atender la diversidad, me gusta mucho mi trabajo, pero mi frustración es que no puedo hacerlo como debería». Eso hay que escucharlo. Antes de imponer políticas de una manera o de otra, debemos saber qué sucede en la escuela y retirarle responsabilidades que no le corresponden. Los docentes no podemos hacer a la vez de psicólogos, médicos y educadores sociales. Se nos está pidiendo que lo hagamos todo y no podemos.

Durante la pandemia vivimos un periodo excepcional en el que los directores llegaron incluso a tener que registrar cuestiones relacionadas con la vacunación. Cada servicio debe desempeñar su función: los servicios sociales deben hacer la suya; la sanidad, la suya; y las escuelas deben poder concentrarse en la educación. Si todo tiene que hacerse desde la escuela, llega un momento en que esta no puede más y acaba expresando su malestar.

Entre las principales reclamaciones del profesorado aparecen la reducción de las ratios y de la jornada lectiva. ¿Son la solución?

—La evidencia nos dice que la reducción de las ratios tiene un coste muy elevado y resulta poco eficiente. La pregunta no debería formularse simplemente en términos de sí o no, porque es fácil afirmar que cuantos menos alumnos haya, mejor. Si lo miramos únicamente desde esa perspectiva, evidentemente parece preferible tener menos estudiantes.

¿Entonces dónde habría que poner el foco?

—En realidad, hay otra manera de plantearlo: ¿cuántos recursos necesita una escuela para organizarse y trabajar adecuadamente todos los aprendizajes? Más que fijarnos solo en cuántos alumnos hay en una clase cuando entra el profesor, debemos analizar cuántos docentes y profesionales proporcionamos a un centro para que pueda organizarse. La ratio de alumnos por docente es mucho más baja que la ratio de alumnos por aula.

Ahí debemos hablar de codocencia, grupos reducidos y apoyos específicos para determinadas necesidades. Si un niño encuentra dificultades para comprender la resta, por ejemplo, debemos disponer un recurso allí donde lo necesita. Creo que debemos prestar más atención al número de alumnos por docente y a la capacidad organizativa de los centros que a una reducción lineal de la ratio por clase.

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