No necesitamos docentes que puedan con todo

No podemos construir una cultura de mejora sobre la idea de que siempre habrá alguien dispuesto a hacer un poco más. Porque ese esfuerzo tiene un límite y porque, cuando se convierte en la norma, deja de ser una respuesta excepcional para transformarse en una expectativa silenciosa.

Mireia Portero Aylagas
Maestra, jefa de estudios, formadora y docente universitaria
13 de octubre de 2026
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© JARST / ADOBE STOCK

Hay algo que se ha instalado poco a poco en el discurso educativo y que quizá deberíamos empezar a cuestionar: la idea de que un buen docente es aquel que siempre encuentra la manera de llegar a todo. Que se forma, innova, incorpora nuevas metodologías, utiliza la inteligencia artificial, atiende a la diversidad, acompaña emocionalmente al alumnado, se coordina con sus compañeros, se comunica con las familias y, además, consigue que todo funcione. Si algo no sale como esperamos, siempre parece haber una nueva estrategia que podemos incorporar, una herramienta que podemos probar o una formación que podemos realizar. Y así, casi sin darnos cuenta, hemos convertido la mejora educativa en una suma constante de exigencias.

La educación necesita profesionales comprometidos. Necesita docentes que quieran aprender, que revisen sus prácticas, que se hagan preguntas y que busquen nuevas maneras de responder a las necesidades de su alumnado. En mi experiencia como maestra, jefa de estudios, formadora y docente universitaria, he comprobado el valor que tiene esa disposición a seguir aprendiendo. Pero también creo que ha llegado el momento de hacernos otra pregunta: ¿estamos ofreciendo al profesorado las condiciones necesarias para responder a todo aquello que le pedimos?

La lista de exigencias no deja de crecer

Ser docente hoy implica mucho más que preparar una clase y explicar unos contenidos. En las aulas conviven diferentes ritmos de aprendizaje, necesidades educativas, realidades familiares y situaciones personales. A ello se suman la actualización metodológica, la competencia digital, la llegada de la inteligencia artificial, la evaluación, la coordinación entre profesionales y la necesidad de acompañar al alumnado en su desarrollo personal y emocional.

Cada una de estas responsabilidades tiene sentido. No se trata de cuestionar la importancia de atender a la diversidad, formarse o mejorar la práctica educativa. El problema aparece cuando todas esas necesidades se traducen en nuevas tareas sin revisar las que ya existen, cuando cada propuesta se incorpora como una obligación más y cuando parece que la respuesta a cualquier dificultad consiste en pedir al profesorado que haga algo diferente.

Si queremos incorporar una nueva metodología, necesitamos tiempo para conocerla, diseñarla, ponerla en práctica y evaluar sus resultados. Si queremos integrar la inteligencia artificial de manera responsable, necesitamos formación, criterios compartidos y espacios para reflexionar sobre sus posibilidades y sus límites. Si queremos atender mejor a la diversidad, necesitamos coordinación, recursos y capacidad para adaptar las propuestas a las necesidades reales del alumnado.

Nada de esto ocurre por el simple hecho de pedirlo.

Con frecuencia hablamos de innovación como si dependiera exclusivamente de la voluntad individual de cada docente. Como si bastara con tener iniciativa, entusiasmo y ganas de mejorar para transformar cualquier realidad educativa. Y esa mirada olvida algo fundamental: el compromiso profesional es imprescindible, pero no puede sustituir indefinidamente a las condiciones que hacen posible el trabajo bien hecho.

La vocación no puede ser la respuesta a todo

La vocación docente es una parte importante de esta profesión. Quienes nos dedicamos a la educación sabemos que nuestro trabajo tiene una dimensión humana que va mucho más allá de cumplir un horario o completar una programación. Nos importa lo que sucede en el aula, cómo aprende nuestro alumnado y qué podemos hacer para acompañarlo mejor.

Precisamente por eso, a veces resulta difícil poner límites. Cuando detectamos una necesidad, buscamos cómo responder. Cuando aparece una dificultad, intentamos encontrar una solución. Cuando una propuesta puede mejorar el aprendizaje, estamos dispuestos a dedicarle tiempo y esfuerzo. Muchas veces hacemos más de lo que estaba previsto porque sabemos que detrás de cada decisión hay personas.

Pero la vocación no debería convertirse en una justificación para normalizar la sobrecarga. Que un docente esté dispuesto a implicarse no significa que pueda asumir indefinidamente nuevas responsabilidades. Que alguien encuentre tiempo para preparar materiales fuera de su jornada no significa que esa sea la manera adecuada de organizar el trabajo. Y que un equipo consiga sacar adelante un proyecto gracias a un esfuerzo extraordinario no significa que ese proyecto sea sostenible.

Hay una diferencia importante entre comprometerse con la educación y tener que compensar constantemente, con esfuerzo personal, todo aquello que la organización no consigue hacer posible.

No podemos construir una cultura de mejora sobre la idea de que siempre habrá alguien dispuesto a hacer un poco más. Porque ese esfuerzo tiene un límite y porque, cuando se convierte en la norma, deja de ser una respuesta excepcional para transformarse en una expectativa silenciosa.

Innovar también significa decidir qué dejamos de hacer

En educación hablamos mucho de incorporar novedades. Nuevos proyectos, herramientas digitales, metodologías, programas, propuestas de formación o iniciativas para mejorar la convivencia. Cada una puede aportar valor, pero pocas veces nos detenemos lo suficiente a pensar qué lugar ocupará en el conjunto de tareas que ya realiza un centro.

Añadir resulta relativamente sencillo. Revisar, priorizar y renunciar exige decisiones más difíciles.

En los colegios acumulamos con el tiempo actividades, procedimientos, reuniones y documentos que terminan formando parte de nuestra manera de trabajar. Algunos son necesarios y contribuyen a mejorar el funcionamiento del centro. Otros quizá podrían simplificarse, reorganizarse o incluso dejar de hacerse. Sin embargo, no siempre encontramos el espacio para revisarlos porque estamos demasiado ocupados en atender las necesidades del día a día.

Por eso creo que una de las preguntas más importantes que podemos hacernos antes de poner en marcha una nueva iniciativa no es únicamente qué nos aportará, sino también qué necesitamos reorganizar para desarrollarla bien.

Si queremos que el profesorado diseñe mejores experiencias de aprendizaje, debemos facilitar tiempo para diseñarlas. Si queremos que comparta prácticas y aprenda de otros compañeros, necesitamos generar espacios reales de coordinación. Si queremos que se forme, debemos pensar cómo encaja esa formación en su jornada y qué apoyos necesita para trasladarla al aula.

Innovar no consiste en llenar la agenda de nuevas propuestas. También consiste en revisar las dinámicas que ya no aportan suficiente valor, simplificar procesos y liberar tiempo para aquello que realmente importa.

A veces, la mejor decisión educativa no es incorporar una actividad más, sino dejar de hacer algo que nos impide dedicar la atención necesaria a lo esencial.

El liderazgo educativo también consiste en cuidar las condiciones

Esta reflexión afecta directamente a los equipos directivos. Liderar un centro educativo no significa únicamente organizar horarios, distribuir responsabilidades, resolver incidencias y garantizar que todo funcione. También implica tomar decisiones sobre las condiciones en las que el profesorado desarrolla su trabajo.

Desde la dirección de un centro, es fácil dejarse arrastrar por la urgencia. Hay calendarios que cumplir, reuniones que organizar, proyectos que poner en marcha y situaciones que resolver. Todo parece importante y muchas decisiones tienen consecuencias directas sobre el funcionamiento del colegio. Pero precisamente por eso resulta necesario detenerse y preguntarse si la organización está facilitando el trabajo docente o si, sin pretenderlo, está añadiendo dificultades.

Liderar también significa escuchar al equipo, conocer sus necesidades, revisar las prioridades y reconocer cuándo una propuesta no puede desarrollarse en las condiciones actuales. Significa distinguir entre lo urgente y lo importante, distribuir las responsabilidades de manera razonable y evitar que las iniciativas dependan siempre de las mismas personas.

También implica aceptar que no todo puede hacerse al mismo tiempo y que elegir prioridades supone, necesariamente, dejar otras cuestiones para más adelante. No es una falta de ambición educativa. Es una forma de gestionar con responsabilidad los recursos, el tiempo y la energía de las personas.

Un centro no mejora porque su profesorado esté permanentemente ocupado. Mejora cuando consigue orientar el trabajo colectivo hacia objetivos compartidos, cuando las decisiones tienen sentido y cuando existen condiciones para llevarlas a la práctica.

Y eso requiere algo más que pedir implicación. Requiere construir una organización que la haga posible.

Cuidar al profesorado también es una decisión pedagógica

A veces hablamos del bienestar docente como si fuera una cuestión individual, relacionada con la capacidad de organizarse mejor, gestionar el estrés o encontrar estrategias para desconectar del trabajo. Sin duda, estos aspectos pueden ayudar. Pero sería un error situar toda la responsabilidad en cada profesional.

El bienestar también depende de cómo se distribuyen las tareas, de la claridad de las prioridades, de la calidad de la coordinación, del apoyo recibido y de la posibilidad de realizar el trabajo con el tiempo y los recursos necesarios.

No se trata de eliminar las dificultades de una profesión que, por su propia naturaleza, exige esfuerzo, adaptación y capacidad de respuesta. Tampoco de renunciar a la formación o a la innovación porque el día a día sea complejo. Se trata de entender que las personas necesitan condiciones adecuadas para sostener su compromiso a lo largo del tiempo.

Además, el bienestar del profesorado no es ajeno al aprendizaje del alumnado. Un equipo que dispone de tiempo para coordinarse puede ofrecer respuestas más coherentes. Un docente que tiene la oportunidad de preparar y revisar sus propuestas puede ajustar mejor las actividades a las necesidades de su grupo. Un centro que escucha a sus profesionales puede detectar dificultades antes de que se conviertan en problemas mayores.

Cuidar las condiciones de trabajo no es, por tanto, una cuestión secundaria ni un beneficio que se concede cuando sobra tiempo. Forma parte de la responsabilidad educativa de cualquier organización que aspire a mejorar.

Porque no podemos pedir experiencias de aprendizaje cada vez más cuidadas si no prestamos la misma atención a las condiciones en las que quienes las diseñan tienen que trabajar.

No necesitamos héroes, necesitamos equipos que puedan trabajar bien

Quizá uno de los mayores riesgos sea acostumbrarnos a que las cosas salgan adelante gracias al esfuerzo extraordinario de determinadas personas. Siempre hay alguien que se queda un rato más, que asume una tarea que nadie ha podido atender, que resuelve una incidencia o que saca adelante una iniciativa porque sabe que es importante. Ese compromiso merece reconocimiento, pero no debería convertirse en el modelo de funcionamiento de un centro.

Las escuelas no pueden depender permanentemente de docentes que llegan a todo, ni de equipos que compensan cualquier dificultad multiplicando sus esfuerzos. Necesitamos profesionales comprometidos, sí, pero también equipos cohesionados, responsabilidades bien distribuidas, prioridades claras y estructuras organizativas que permitan trabajar con sentido.

La mejora educativa no debería medirse por la cantidad de tareas que somos capaces de acumular ni por el número de iniciativas que conseguimos poner en marcha. Debería valorarse por la capacidad de generar aprendizajes significativos, responder a las necesidades del alumnado y construir comunidades educativas en las que las personas puedan desarrollar bien su trabajo.

No necesitamos docentes que puedan con todo. Necesitamos docentes que dispongan de las condiciones necesarias para hacer bien aquello que realmente importa.

Y quizá el primer paso para conseguirlo sea dejar de preguntarnos qué más podemos pedir al profesorado y empezar a preguntarnos qué podemos cambiar para que no tenga que hacerlo todo.

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