Tres escuelas demuestran que recuperar la confianza también transforma la educación
La Fundación Botín inaugura una nueva edición de «La Educación que queremos» con tres experiencias que muestran cómo el vínculo, la participación comunitaria y las segundas oportunidades pueden transformar centros y trayectorias educativas.
Vidal Díaz, director del Centro La Ribera de Cascante (Navarra); Lorena González, directora del CEIP San Isidoro (León); y Francisco Riquelme, director del CEA Mar Menor de Torre-Pacheco (Murcia), han compartido tres casos de éxito desarrollados en sus colegios, centrados en la inclusión, la participación de las familias y la educación de adultos.
La transformación de una escuela no depende únicamente de incorporar nuevas metodologías. También exige revisar las expectativas sobre el alumnado, construir vínculos y abrir los centros a su entorno. Esa es la principal conclusión de «La escuela que queremos es posible», el primer encuentro del curso 2026-27 del ciclo La Educación que queremos, organizado por la Fundación Botín con el apoyo de la Fundación Edelvives. La sesión reunió en Madrid tres experiencias centradas en la inclusión y la confianza, la participación de las familias y la educación de personas adultas.
Los proyectos fueron presentados por Vidal Díaz, director del Centro La Ribera de Cascante, en Navarra; Lorena González, directora del CEIP San Isidoro de León; y Francisco Riquelme, director del CEA Mar Menor de Torre-Pacheco, en Murcia. Aunque trabajan con edades, contextos y necesidades diferentes, los tres centros coinciden en situar a la persona por delante de sus dificultades y en entender la educación como una responsabilidad compartida por toda la comunidad.
El Centro La Ribera trabaja desde hace 25 años con adolescentes de 14 y 15 años que presentan dificultades de adaptación al sistema educativo. Muchos llegan después de acumular experiencias negativas, sanciones, desmotivación y una percepción de sí mismos estrechamente ligada al fracaso. Ante esta realidad, el centro plantea que la respuesta no puede limitarse a insistir en las mismas dinámicas que ya han demostrado no funcionar. El primer paso consiste en cambiar el contexto educativo para que estos jóvenes puedan experimentar el éxito.
La propuesta presentada por Vidal Díaz busca ofrecer al alumnado un papel activo, responsabilidades reales y situaciones en las que pueda reconocer sus propias capacidades. El docente deja así de ser únicamente un transmisor de contenidos para convertirse en facilitador de experiencias de aprendizaje. El vínculo, la escucha y la confianza adquieren un valor pedagógico, especialmente cuando se trabaja con estudiantes que han dejado de encontrar sentido a la escuela. El objetivo es que cada adolescente pueda reconstruir su relación con el aprendizaje desde sus fortalezas y recibir una respuesta educativa adecuada, con independencia de su trayectoria anterior.
Hace ocho años, el CEIP San Isidoro de León tenía alrededor de diez alumnos y se encontraba en riesgo de desaparecer. En la actualidad se acerca a los 200 estudiantes. La recuperación no se apoyó en una única medida, sino en un proceso sostenido de apertura a las familias y al barrio. El centro dejó de considerar a las familias como visitantes y comenzó a integrarlas en la vida escolar, al tiempo que concedía mayor protagonismo al alumnado. Esta apertura a la comunidad permitió reconstruir la confianza en un colegio que había llegado a cargar con una imagen estigmatizada.
La transformación también se aprecia en avances individuales que difícilmente pueden resumirse mediante una calificación. Una alumna que apenas hablaba en clase terminó presentando un proyecto ante las familias, mientras que otro estudiante que no conseguía intervenir sobre un escenario acabó ejerciendo como maestro de ceremonias en un recital escolar. Para el centro, estas experiencias muestran que la escuela puede modificar una trayectoria cuando ayuda a cada niño a reconocerse por sus posibilidades y no solo por sus limitaciones. Sentirse visto, escuchado y valorado se convierte así en una condición para aprender.
El caso del San Isidoro también subraya que la innovación educativa no siempre comienza con grandes inversiones o herramientas tecnológicas. En ocasiones parte de decisiones organizativas sencillas, como facilitar la entrada de las familias, escuchar al barrio y generar oportunidades para que los estudiantes asuman responsabilidades. Cuando estas medidas forman parte de un proyecto coherente y continuado, pueden contribuir a recuperar la matrícula y, sobre todo, a consolidar una identidad escolar compartida.
El CEA Mar Menor de Torre-Pacheco atiende a una comunidad formada por personas de más de 20 nacionalidades y ofrece ocho enseñanzas diferentes. Para buena parte de su alumnado, regresar a clase supone enfrentarse a recuerdos de abandono, dificultades académicas o etiquetas de incapacidad. El centro entiende que la educación de adultos no puede reducirse a la obtención de un título, sino que debe funcionar como una segunda oportunidad real para reconstruir expectativas personales, sociales y laborales.
De esa visión nació el proyecto Ser+, basado en la Indagación Apreciativa y en el denominado «Paradigma del Sí». Su planteamiento consiste en dejar de organizar la vida del centro alrededor de los déficits y comenzar a identificar capacidades, recursos y metas compartidas. El proceso ha buscado reducir el absentismo, reforzar la implicación del profesorado y desarrollar un modelo de dirección apoyado en la escucha, el cuidado y el bienestar emocional. La experiencia dirigida por Francisco Riquelme pone el foco en la necesidad de acompañar sin etiquetar y de reconocer que volver a estudiar también significa recuperar la confianza en uno mismo.
Esta sesión abre la undécima edición de La Educación que queremos, que estrena un formato centrado en experiencias desarrolladas en las aulas. De las 35 propuestas presentadas por docentes de toda España, nueve han sido seleccionadas para los tres encuentros del programa. Tras esta primera jornada, el ciclo continuará el 26 de noviembre de 2026 con proyectos relacionados con la inteligencia emocional, la inteligencia artificial y la gamificación. La tercera sesión, prevista para el 18 de febrero de 2027, abordará la neuroeducación y otras metodologías educativas emergentes.
Desde su creación en 2016, el ciclo ha celebrado 57 conferencias y ha reunido a más de 15.000 participantes, entre asistentes presenciales y usuarios conectados en línea. Sus contenidos superan las 235.000 visualizaciones. La iniciativa forma parte del trabajo educativo de la Fundación Botín, que también impulsa el programa Educación Responsable y una formación universitaria especializada en transformación educativa. Con esta nueva edición, la organización apuesta por situar en primer plano el conocimiento generado por los propios centros y por mostrar que la mejora educativa cotidiana se construye con expectativas altas, colaboración y confianza.
