Bisquerra, en el Congreso de CECE: "No hay que confundir la alegría con la felicidad"
El 53.º Congreso de CECE, inaugurado el jueves 5 de noviembre en Zaragoza bajo el lema «Escuelas que inspiran confianza», sitúa el bienestar emocional, la inteligencia artificial y la educación digital en el centro del debate, sin olvidar las reivindicaciones políticas de la enseñanza privada y concertada.
«La docencia se encuentra entre las diez profesiones con más estrés, ansiedad, depresión y burnout». Rafael Bisquerra lanzó este viernes una de las advertencias más rotundas del 53.º Congreso de CECE en Zaragoza: difícilmente puede construirse una educación de calidad sobre el malestar de quienes deben sostenerla cada día. Su intervención dejó además otra frase para el debate: «No hay que confundir la alegría con la felicidad».
La jornada había comenzado con otra llamada de atención. Narciso Michavila aseguró que el problema de las pantallas en España no reside únicamente en el uso que hacen niños y adolescentes, sino también, y de forma muy especial, en el comportamiento de los padres ante las pantallas. El sociólogo invitó así a los adultos a abandonar una posición basada exclusivamente en señalar a los menores y a revisar sus propios hábitos digitales.
Michavila, presidente y fundador de la consultora de investigación y comunicación GAD3 y presidente del Consejo Social de la Universidad Internacional de la Empresa, rechazó al mismo tiempo el relato catastrofista sobre la inteligencia artificial. «La IA no nos va a hacer más tontos», sostuvo. Bien utilizada, defendió, puede convertirse en una aliada para el progreso, simplificar procesos y liberar tiempo para tareas de mayor valor humano.
El riesgo, a su juicio, no está en la existencia de la herramienta, sino en renunciar a educar para utilizarla. Frente a las posiciones que pretenden detener el cambio, recordó que el miedo también acompañó a la imprenta, la electricidad o la industrialización. La escuela debe preparar para un escenario en el que la formación ya no terminará al alcanzar la edad adulta, sino que será permanente durante toda la vida.
La intervención de Michavila, titulada «El creciente valor de la educación en la era digital», conectó la transformación tecnológica con el papel de los centros privados y concertados. Frente a los discursos que cuestionan su reconocimiento social, afirmó que la mejor encuesta sobre la percepción que las familias tienen de estos colegios se encuentra en las decisiones de matriculación.

Para el presidente de GAD3, elegir colegio constituye una de las decisiones más importantes que adopta una familia. Él mismo agradeció el trabajo realizado por el centro en el que estudiaron sus tres hijos y sostuvo que buena parte de lo que son hoy se debe a la educación recibida. La confianza, vino a decir, no se demuestra solo en los sondeos, sino cuando unos padres deciden entregar a una escuela la educación de sus hijos.
Su defensa de la tecnología estuvo acompañada de varios límites. La inteligencia artificial no es inmaterial: necesita centros de datos y consume grandes cantidades de energía y agua. Tampoco puede sustituir el cuidado, los trabajos manuales o la Formación Profesional. En la nueva economía seguirán siendo imprescindibles quienes reparan un ascensor, conducen un camión, trabajan en el campo o atienden personalmente a los demás. La digitalización obliga, por tanto, a revalorizar los oficios esenciales.
El tercer límite es ético. Michavila rechazó que la inteligencia artificial vaya a acabar inevitablemente con la humanidad, pero advirtió de que puede provocar graves daños cuando se utiliza sin criterio. «Los valores, y no la tecnología, son los que permiten que la humanidad mejore», concluyó, situando la educación moral y humana por encima de cualquier avance técnico.
La conversación cambió después de registro, pero no de preocupación. Rafael Bisquerra, presidente de la Red Internacional de Educación Emocional y Bienestar (RIEEB), catedrático emérito de la Universidad de Barcelona, doctor en Ciencias de la Educación sostuvo que no puede existir educación de calidad cuando el profesorado trabaja instalado en el estrés, el agotamiento o la ansiedad. La formación emocional, explicó, no debe plantearse únicamente para que los docentes sepan acompañar al alumnado, sino también para que puedan construir su propio bienestar, comprender lo que les ocurre y afrontar una profesión sometida a una elevada presión.
Su crítica se dirigió a los nuevos títulos universitarios que prepara la Conferencia de Decanos y Decanas de Educación. Según denunció, los futuros planes de Magisterio, Pedagogía y del máster de Secundaria corren el riesgo de aprobarse sin una presencia suficiente de la educación emocional. En pleno 2026, consideró difícil entender que la formación inicial del profesorado continúe dejando fuera competencias relacionadas con el bienestar, la convivencia y la prevención de la violencia.
No basta, añadió, con depender de iniciativas individuales de docentes sensibilizados. La educación emocional debería estar presente tanto en la universidad como en la formación continua y desarrollarse en equipo dentro de los centros. Bisquerra pidió a quienes tengan capacidad de influencia que reclamen ese cambio antes de que los nuevos planes consoliden otra generación de profesionales sin preparación emocional específica.
Esta cuestión ya ha sido abordada por MAGISNET al analizar por qué la educación emocional sigue siendo una excepción en España, pese a la predisposición de una parte significativa del profesorado. En Zaragoza volvió a quedar claro que el desafío no consiste únicamente en reconocer su importancia, sino en incorporarla de manera sistemática, rigurosa y basada en evidencias.
Uno de los momentos más sugerentes llegó cuando Bisquerra relacionó la educación emocional con la comprensión lectora. Si después de diez años de escolarización obligatoria un adolescente asocia los libros con el aburrimiento, señaló, el sistema debe preguntarse qué está haciendo mal. Aumentar mecánicamente las horas no garantiza lectores: es necesario promover una lectura emocional y gratificante.

El objetivo no es que el alumnado se limite a descodificar palabras, sino que desee continuar leyendo durante toda su vida. Para conseguirlo necesita experimentar curiosidad, placer, sorpresa y satisfacción ante los libros. La lectura compartida en el hogar y en el aula debe prolongarse más allá de los primeros años y convertirse en una práctica cultural visible también entre familias y profesores.
Bisquerra alertó de que las redes sociales activan una atención fragmentada, mientras que la lectura exige atención sostenida, una capacidad que también forma parte de las competencias emocionales. El tiempo que los estudiantes dedican a desplazarse de forma compulsiva por contenidos breves deja de invertirse en leer, pero lo mismo sucede con el tiempo digital de los adultos. Por eso reclamó modelos lectores coherentes.
La felicidad ocupó otro tramo central de su intervención. «No hay que confundir alegría con felicidad», insistió. Los placeres y las alegrías forman parte del bienestar y son bienvenidos, pero la felicidad exige algo más profundo: construir una vida fecunda, con sentido, vínculos, esfuerzo y decisiones personales. No cae del cielo ni depende únicamente de estímulos externos; requiere aprendizaje y competencia emocional.
Rafa Guerrero, psicólogo, doctor en Educación y psicoterapeuta especializado en trauma, apego y emociones, continuó la reflexión con una defensa del vínculo como punto de partida del aprendizaje. Su tesis fue clara: antes de regular una emoción es necesario permitirla, identificarla, localizarla en el cuerpo y ponerle nombre. La regulación constituye la última fase, no la primera.

Guerrero utilizó la imagen de la «wifi emocional» para describir la conexión que debe existir entre un menor y sus adultos de referencia. Un docente no podrá acompañar el miedo, la rabia o la tristeza si no sabe conectar con el alumno y comprender qué ocurre detrás de su conducta. Los niños, recordó, no se limitan a portarse bien o mal: muchas veces reaccionan desde el malestar.
Su intervención dejó otra afirmación incómoda para los centros y las familias: «Nos viene bien etiquetar con un trastorno para exculpar a los adultos». El diagnóstico puede resultar necesario, pero se convierte en un problema cuando sirve para situar toda la responsabilidad en el menor y evita revisar el entorno, los vínculos, las experiencias adversas o las respuestas educativas que recibe.
Una conducta disruptiva es, en su metáfora, el humo que avisa de que existe un fuego. Disipar el humo mediante castigos, medicación o etiquetas puede ocultar temporalmente el síntoma, pero no resuelve su origen. «La medicación ayuda, pero no enseña», resumió. Quienes enseñan son los adultos y los vínculos que ofrecen seguridad, límites y presencia emocional estable.
La última mesa de la mañana trasladó estas preguntas al entorno digital. Laura Cuesta, fundadora y CEO de Educación Digital para Familias, profesora universitaria, colaboradora de RTVE y miembro del Comité de Expertos de la Fundación Atresmedia, dialogó con Silvestre del Río, policía de Menores y fundador de la Asociación Educando Proteges, con veinte años de experiencia y especializado en redes sociales y mediación.

Cuesta lanzó una pregunta al auditorio: ¿cuántos adultos creen saber más de internet que un adolescente? Apenas se levantaron manos. Si se formula la pregunta inversa en un aula, observó, prácticamente todos los estudiantes consideran que dominan mejor la tecnología que sus padres y profesores. El resultado es que muchos menores han perdido referentes adultos digitales a los que acudir cuando aparece un problema.
La experta advirtió de que cuatro de cada diez adolescentes cuentan antes sus problemas a una inteligencia artificial que a un adulto, en buena medida porque la herramienta siempre está disponible. No se trata solo de conocer cada nueva red social, sino de ofrecer tiempo, escucha y confianza. Demonizar a los jóvenes por su uso de la tecnología oculta que, en demasiadas ocasiones, los adultos no están disponibles.
Del Río coincidió en que entregar un teléfono sin acompañamiento equivale a dejar conducir a un menor que sabe manejar el volante, pero desconoce las normas de circulación. Reclamó una educación digital estable y no reducida a charlas ocasionales, capaz de explicar algoritmos, patrones adictivos, privacidad, geolocalización, videojuegos y redes. Esa formación debe ir acompañada de límites y de interés real por los menores.
La reflexión enlaza con el análisis publicado por MAGISNET sobre la necesidad de acompañar a las familias frente a las pantallas. La brecha digital ya no depende solo de disponer de dispositivos, sino también de contar con adultos capaces de supervisar, conversar y enseñar a utilizarlos sin abandonar a niños y adolescentes ante un ecosistema diseñado para captar su atención.
El congreso había comenzado el jueves 5 de noviembre con un acto institucional atravesado por una dura reivindicación política. Alfonso Aguiló, presidente de CECE, denunció la intención del Gobierno de tramitar por la vía de urgencia dos reales decretos: la modificación de los requisitos mínimos de los centros educativos y la nueva regulación de los centros privados de Formación Profesional.

Aguiló calificó la iniciativa como un «atropello inédito contra el sector» y cuestionó que, después de años de ralentización, se pretenda aprobar ambas normas pocos días antes de las elecciones generales. CECE reclama diálogo, transparencia, seguridad jurídica y participación de los centros afectados antes de introducir nuevas exigencias que pueden condicionar su funcionamiento.
Frente a esa protesta, Abelardo de la Rosa, secretario de Estado de Educación, reconoció a CECE como interlocutor relevante y defendió un sistema en el que convivan calidad, equidad, pluralidad y libertad educativa. No entró en el contenido concreto de los decretos, pero recogió la preocupación manifestada por la organización y aseguró que el Ministerio mantendrá abiertos los canales de diálogo.
Carmen María Susín, consejera de Educación, Ciencia y Universidades del Gobierno de Aragón, situó al alumno en el centro y defendió la colaboración entre administraciones, centros y familias. La calidad, señaló, no puede medirse exclusivamente mediante resultados académicos: también depende de que la escuela sea un espacio de aprendizaje, protección y bienestar para toda la comunidad.
María Navarro, presidenta de las Cortes de Aragón, apeló a recuperar la confianza en la educación en una sociedad marcada por la incertidumbre y la dificultad para encontrar espacios de entendimiento. José María Marín, presidente de CECE Aragón, completó esa idea: «Educar es, ante todo, confiar en las personas y ayudarlas a crecer». Un colegio, afirmó, forma personas, descubre talentos, transmite valores y ayuda a construir proyectos de vida.
El acto guardó también un recuerdo emocionado para las víctimas de la tragedia ferroviaria de Urda y, especialmente, para Carlos Ortiz Sanchidrián, miembro de la Junta Directiva de CECE fallecido en el accidente. Tras la conferencia inaugural de Miguel de Lucas, doctor en Comunicación Social, la zona de exposición y el cóctel de bienvenida abrieron un congreso que Zaragoza acoge hasta el sábado 7 de noviembre.
Entre la protesta normativa, el bienestar docente y los desafíos tecnológicos, las primeras horas han dado contenido concreto al lema «Escuelas que inspiran confianza». La confianza, han coincidido los participantes, no surge de un discurso: se construye con normas dialogadas, docentes cuidados, familias presentes, tecnología acompañada y escuelas capaces de mirar más allá de cada síntoma.
