El 20 de noviembre celebramos el Día Mundial de la Infancia, y quizá sea también una buena ocasión para que el mundo adulto se pregunte a qué velocidad está viviendo. Porque vivimos tan deprisa que ya ni lo notamos, escuchamos los audios a doble velocidad, compramos algo por la noche y nos impacientamos si no llega en veinticuatro horas, leemos titulares en lugar de noticias y buscamos en las redes el truco rápido o el tip mágico que nos resuelva la rabieta o las noches sin dormir de nuestro hijo o hija.
Y sin embargo, cualquier mañana, de camino a la escuela, una niña de dos años se agacha a recoger una piedra, la mira como si fuera un tesoro, le da vueltas entre los dedos y se la guarda en el bolsillo junto al palito que encontró unos metros antes. Para ella ese trayecto no es un trámite que hay que acabar cuanto antes, sino un juego y un descubrimiento, y esos minutos que los adultos creemos perder son en realidad parte de las experiencias con las que descubre el mundo y construye su propia manera de relacionarse
con él.
Esa prisa, que ya nos parece normal, se la contagiamos a la infancia sin darnos cuenta, con un «venga, venga, que llegamos tarde» que se repite cada mañana como un estribillo. Pero no se trata solamente de llegar a tiempo a la escuela, sino de una manera de vivir en la que parece que cada minuto tiene que aprovecharse, cada actividad debe tener un propósito y cada experiencia tiene que servir para algo.
Nos hemos acostumbrado a mirar la infancia desde dos maneras de pensar que, aunque parecen opuestas, tienen mucho en común. Por un lado, la vemos como una etapa poco importante, en la que todo vale porque «son niños, no se enteran», como si lo que viven a los dos o tres años no dejara huella en su manera de sentir y de estar en el mundo. Por otro, la convertimos en una etapa de preparación para lo que vendrá después, preocupándonos por si adquieren determinadas habilidades, si alcanzan ciertos hitos o si llegarán suficientemente preparados a la siguiente etapa educativa.
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En ambos casos la infancia deja de importar por lo que es y pasa a importar por lo que será
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Pero la infancia no puede entenderse únicamente como aquello que dejamos atrás ni como el tiempo que necesitamos para llegar a ser adultos. Los niños y las niñas no están esperando a ser mayores para empezar a vivir, están viviendo ahora, se enteran mucho más de lo que creemos y tienen derecho a disfrutar plenamente de este tiempo.
La Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada por Naciones Unidas en 1989, reconoce en su artículo 31 el derecho de niños y niñas al descanso, al esparcimiento y al juego, y creo que merece la pena detenernos en lo que eso significa.
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Jugar no es un premio que se gana después de hacer los deberes ni un rato de relleno entre una actividad y otra, y tampoco necesita estar siempre al servicio de un aprendizaje que podamos identificar, medir o evaluar. Jugar ya es suficientemente importante
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Cuando un niño o niña explora, imagina, se aburre, repite cien veces la misma acción o simplemente disfruta de lo que está haciendo, eso ya tiene valor en sí mismo, aunque no sepamos explicar exactamente qué está aprendiendo. Por eso necesitamos dejar de organizar también su juego desde nuestras expectativas adultas y permitir que elija, cambie de actividad, se equivoque y vuelva a empezar.
Acompañar el desarrollo y ofrecer oportunidades de aprendizaje es importante, pero no podemos convertir cada momento de la infancia en una actividad dirigida ni exigir que todo tenga un resultado que podamos reconocer.
Sé que muchas familias buscan respuestas rápidas, y lo entiendo, porque criar cansa y la soledad de la crianza es muy real. Tampoco se trata de señalar a las familias, porque no podemos pedirles que eduquen sin prisas mientras organizamos una sociedad que no les deja tiempo.
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En la crianza no hay consejos mágicos ni atajos de treinta segundos
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Lo que hay es presencia, tiempo compartido, mirada y amor, y también la posibilidad de acompañar a nuestros hijos e hijas desde lo que somos y desde el tiempo que realmente tenemos.
¿Cuándo fue la última vez que nos sentamos en el suelo a jugar sin mirar el móvil? ¿Cuántas veces al día respondemos «ahora no» a una invitación a jugar?
Este 20 de noviembre me gustaría que, además de celebrar, reivindicáramos el derecho de la infancia a jugar a su ritmo y nos regaláramos la oportunidad de recuperar algo de aquella manera de mirar el mundo que teníamos cuando éramos pequeños.
Quizá baste con salir mañana un poco antes de casa y permitir que nuestro hijo o nuestra hija se detenga a mirar el camión de la basura, la grúa, el escurridizo gatito o a recoger una piedra y, en lugar de pedirle que se dé prisa, agacharnos a mirar con él o con ella.
No sabemos cuánto tiempo recordará aquella piedra, pero sí sabemos que esta infancia está sucediendo ahora y que no tendremos otra oportunidad de acompañarla exactamente de la misma manera.