Desde hace algunos años asistimos a una suerte de hooliganización del debate educativo. Basta con leer la prensa o ciertos libros para percibir un clima de crispación y conflicto en el que el análisis objetivo de la realidad queda anulado por el rechazo emocional que se profesan los actores implicados.
Que la sociedad se encuentra cada vez más polarizada no es ningún secreto. Como ciudadanos con opiniones políticas tendemos a creer que nuestras posturas nacen de un examen racional de la realidad. Sin embargo, la guerra de narrativas en el ámbito educativo no solo es el resultado del desarrollo natural de las ideas políticas, sino también el fruto de dinámicas promovidas por intereses económicos: editoriales que presentan la escuela como una institución en decadencia para vender más libros; organizaciones que distorsionan el análisis de la realidad educativa para comercializar sus productos —como con el ABP y el DUA— o gurús de la educación que simplifican la complejidad de las aulas para ofrecer como solución los remedios que ellos mismos venden.
El daño colateral de esta guerra de narrativas es la degradación de la imagen pública de la escuela y de los maestros, a quienes se presenta como colaboradores necesarios del desastre educativo.
Pablo Ramos, máster en Investigación Musical por la Universidad París-Sorbona y doctor en Didácticas Específicas por la Universidad de Valencia, cuenta con casi dos décadas de experiencia como profesor de instituto. Los proyectos que ha desarrollado en el aula han sido reconocidos con diversos galardones, entre ellos el Premio Nacional de Educación para el Desarrollo y el Premio Rafaela García de Aprendizaje-Servicio.
