Escépticos, pero no en lo esencial

En educación, como en tantos otros ámbitos, no siempre es fácil distinguir la señal del ruido. Al deseable pluralismo sobre qué y cómo enseñar, hay que sumar la acumulación de novedades, proyectos, metodologías, que se superponen unas a otras y que desaparecen tan rápido como llegan. El escepticismo es un remedio natural contra un mundo líquido. Nada me creo porque todo llegará y desaparecerá. Y, sin embargo, ¿no hay nada que deba escapar de ese escepticismo? Muchos creemos que los programas tempranos, preventivos, intensivos y focalizados en atender al alumnado más vulnerable son, por ejemplo, una de las cosas por las que merece apostar a largo plazo. Un ejemplo son los resultados obtenidos en el estado de Mississippi, en Estados Unidos, tras apostar precisamente por ello.
Julián Palazón
Doctor en Ciencias de la Educación
16 de junio de 2026
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Hay que hacer un costoso y sano trabajo para diferenciar la pluralidad del ruido. La pluralidad, entendida como la diversidad de formas de entender cómo funciona un colegio, para qué y cómo debe enseñar, es condición deseable en una sociedad democrática, en algo tan profundamente complejo como es enseñar. El ruido es otra cosa. Tiene que ver con la acumulación de propuestas superficiales, poco pensadas, que solo tienen como propósito mover la rueda de la novedad, el flujo constante de proyectos, congresos y vídeos en redes sociales.

La respuesta de cualquier profesional sano al ruido es, por supuesto, el escepticismo. Cualquiera que quiera estar a la última de las propuestas que continuamente aparecen, muchas de ellas contradictorias entre sí, acabará completamente desorientado. Y, sin embargo, ¿hay algo que merezca la pena salvar de ese escepticismo?, ¿algo por lo que merezca la pena moverse, trabajar y mejorar a largo plazo?

Reviso estos días los informes sobre el llamado ‘milagro de Mississippi’. El estado pasó de estar entre los peores estados de EEUU en comprensión lectora a convertirse en uno de los que mejores resultados obtenían gracias a una reforma iniciada en 2013 que se centró en la alfabetización temprana. El estado implantó una formación intensiva para docentes basada en la evidencia científica sobre cómo aprenden a leer los niños, incorporó especialistas en lectura para apoyar a las escuelas, estableció evaluaciones periódicas para detectar dificultades desde los primeros cursos y ofrecer apoyo temprano a los alumnos rezagados, y fijó estándares mínimos de lectura al final de tercer curso de primaria. Todo ello se realizó con una inversión adicional relativamente modesta, pero muy focalizada, lo que se tradujo en una mejora significativa de los resultados de lectura y permitió que Mississippi avanzara desde los últimos puestos hasta situarse entre los estados con mejor desempeño en esta materia. Los resultados llegaron, finalmente, tras diez años de trabajo.

En España hay diversos equipos formados por investigadores, docentes y profesionales de la administración que se fijan en resultados como estos y que trabajan para comprobar si es posible adaptar propuestas como estas a nuestro contexto. Ellos también deben pasar esa cortina de escepticismo, por supuesto, y deberán mostrar que su trabajo merece la pena. Sin embargo, como pasó en Mississippi, no toda la señal es ruido. El desafío está en reconocer esa señal y, como decía Italo Calvino, dejarla crecer y darle espacio.

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