Pablo R. Coca: "A veces, los problemas de salud mental se deben a que vivimos un contexto de mierda"

Pablo llegó a la conversación con una biblioteca debajo del brazo y con una idea clara: hablar de salud mental sin adornos, sin culpabilizar a quien sufre y sin mirar hacia otro lado cuando la educación, las familias o las pantallas complican todavía más el crecimiento de niños y adolescentes. A propósito de El niño Pisaflores, el autor defendió que el enfado no es un enemigo, sino una emoción que hay que aprender a reconocer, canalizar y nombrar desde la infancia.
Marta Peiro del ValleMartes, 16 de junio de 2026
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Pablo R. Coca abrió la conversación con una advertencia que resume bien el espíritu de toda la entrevista: no todo el malestar depende de la voluntad individual. Desde el arranque, dejó claro que uno de sus libros nació precisamente para discutir ese relato tan extendido de que “tú puedes con todo” o de que basta con querer algo con fuerza para resolverlo. Frente a esa mirada, reivindicó una idea incómoda pero necesaria: la salud mental también se resiente por el contexto, por la presión y por las condiciones en las que vivimos.

El autor habló de su primer libro, Esas cosas que nos pesan, y recordó que el personaje arrastra una piedra en la mochila como símbolo de lo que cada cual soporta. No era un detalle menor: en su propuesta había ya una crítica a los mensajes que presentan el malestar como una cuestión de mera actitud. Por eso citó una de las frases de la contraportada, en la que se recuerda que no siempre “el poder está en nuestra mente” y que a veces los problemas se deben a un entorno que hace daño.

A partir de ahí, Pablo explicó que su trabajo con las viñetas y los libros ha ido siempre en la misma dirección: visibilizar, desestigmatizar y ofrecer herramientas sencillas para abordar asuntos complejos. En ese recorrido apareció también la guía gratuita que preparó para docentes, una pieza que terminó abriéndole las puertas de institutos y centros educativos de toda España. Según relató, ese fue el inicio de una relación constante con las aulas, donde ha llevado la conversación sobre salud mental a chavales y profesorado con un lenguaje cercano y accesible.

Salud mental en las aulas: lo que preguntan los adolescentes

La entrevista se detuvo después en el lugar que ocupa realmente la salud mental en los centros educativos. Pablo no maquilló la respuesta: cuando entra en un instituto, las preguntas que recibe suelen ser duras y, a menudo, anónimas. Habló de ideación suicida, de autolesiones, de familias que no escuchan, de compañeros que necesitan ayuda y no saben cómo pedirla. “Las preguntas anónimas suelen ser las más comprometidas”, explicó, subrayando que detrás de ellas hay un nivel de sufrimiento que no siempre se ve desde fuera.

En su relato, los institutos hacen lo que pueden, pero muchas veces todo depende de la implicación de un tutor, de un docente de referencia o de una orientadora que termina sosteniendo mucho más que problemas de aprendizaje. El peso emocional, señaló, se ha disparado hasta el punto de que hay profesionales que sienten que han dejado de atender sólo cuestiones académicas para gestionar dolores cotidianos, angustia y malestar acumulado. La imagen que dejó fue clara: el sistema intenta responder, pero a menudo lo hace con recursos limitados y con demasiada carga sobre las mismas personas.

Pablo también se mostró prudente pero firme al hablar de la posibilidad de incorporar psicólogos en las aulas. No lo presentó como una solución mágica, pero sí como una necesidad que debería ganar presencia real y dejar de ser anecdótica. Mencionó que existen propuestas y que en algunos territorios se están dando pasos, aunque todavía con poco alcance. A eso sumó otra preocupación: la burocracia y las condiciones de trabajo del profesorado, que reducen el tiempo disponible para acompañar emocionalmente al alumnado.

En ese contexto, defendió la utilidad de las herramientas sencillas. A veces, dijo, los docentes recurren a sus libros para abrir conversaciones que de otro modo quedarían bloqueadas. Esa es, precisamente, la función que él atribuye a su trabajo: ofrecer una puerta de entrada para hablar de lo que cuesta nombrar y para aliviar, aunque sea un poco, el dolor que muchos adolescentes llevan dentro.

El niño Pisaflores y la emoción que se traga o estalla

El grueso de la conversación giró después hacia El niño Pisaflores, el libro que llevó a Marta a centrar buena parte de la entrevista en una emoción tan universal como incómoda: el enfado. Pablo explicó que el proyecto nació porque necesitaba seguir conectando con las infancias, después de ver cómo otros títulos suyos ya se utilizaban en las aulas para trabajar salud mental y acompañamiento emocional. Quería seguir hablando con los niños, pero esta vez poniendo el foco en una emoción concreta que, en su opinión, suele estar muy mal entendida.

Su diagnóstico fue directo: el enfado provoca rechazo porque activa demasiado y hace que muchos adultos y niños prefieran esconderlo. El problema es que, como recordó, hay quienes se lo tragan durante años y otros que lo expresan de manera disfuncional, a través del grito, la amenaza o formas que dañan a quienes les rodean. Frente a esa realidad, el libro propone una mirada distinta: entender el enfado como una emoción que existe, que informa de algo y que necesita ser reconocida antes de que se convierta en otra cosa.

Pablo contó que el cuento se apoya en la figura de Carlitos y en la de una flor que ya aparecía en el universo de Oxymorons. La metáfora no es casual: la flor representa la vulnerabilidad, y el gesto de pisarla refleja cómo el daño se transmite en cadena cuando una herida no se sabe gestionar. “Yo hago daño a alguien más vulnerable”, explicó, “no necesariamente porque quiera, sino porque necesito expresar esa rabia”. El libro arranca cuando Carlitos va a pisar la flor y esta le habla, deteniendo el gesto y abriendo una reflexión.

Uno de los elementos más valiosos del cuento, según el propio autor, es que trabaja el enfado desde la infancia con recursos visuales y sencillos, como los globos y los colores. Eso ha hecho que muchas maestras lo lleven al aula para hablar de emociones de una forma comprensible para los más pequeños. Él mismo reconoció que, cuando era niño, no recuerda haber trabajado así las emociones; lo habitual eran ejercicios más sensoriales, pero no una educación emocional explícita. Por eso insistió en el valor de esta inmersión actual, aunque advirtió que conocer las emociones no evita que luego la vida se complique.

También dejó una idea especialmente útil para las familias: “Mi calma te ayuda a encontrar tu calma”. La frase, que aparece como guiño dentro del libro, condensa una de sus tesis principales: el enfado del niño no puede gestionarse con más enfado por parte del adulto. Cuando eso sucede, se produce una escalada que multiplica el conflicto. Su propuesta pasa por bajar la activación, acompañar y no responder desde el impulso.

Familias, normas y pantallas: cuando el contexto también educa

La conversación fue entrando después en el terreno de las familias y de la autoridad cotidiana, con una reflexión sobre el “no” y la frustración. Pablo evitó generalizar, pero sí admitió que existe una tendencia a la permisividad y a la falta de normas claras, consistentes y concisas. En un momento de agotamiento generalizado, dijo, muchas familias no pueden más; además, ya no cuentan con la misma red que antes, porque los abuelos no siempre están cerca o incluso han desaparecido de la ecuación familiar. Todo eso hace que educar sea hoy más complejo.

A su juicio, el problema no es volver a una disciplina rígida, sino escapar de los extremos. Cuando no hay estructura ni límites firmes, el malestar crece, y el niño acaba sintiendo que todo depende de su impulso inmediato. Pablo añadió que en redes sociales circula una cantidad enorme de información sin evidencia y que eso complica todavía más la educación, porque muchos padres se sienten perdidos y terminan oscilando entre modelos opuestos. “Cada uno educa como sabe, como puede, como le han enseñado”, resumió.

La parte final de la entrevista se centró en las pantallas y las redes sociales, uno de los temas que más preocupan hoy a las familias y a la escuela. Pablo defendió que debería existir una norma que no dependiera sólo de cada hogar, sino también de una regulación exterior. Recordó que la primera gran entrada al mundo del móvil suele producirse en torno a la primera comunión y que, a partir de ahí, el acceso a dispositivos y redes cambia por completo la relación de los niños con el tiempo, la atención y la comparación constante.

En ese punto, señaló que el scroll afecta incluso a los adultos, que ya notan cómo bajan la creatividad y la capacidad de concentración. Si eso sucede en cerebros maduros, advirtió, el impacto es mucho mayor en menores que todavía están en pleno desarrollo. Por eso consideró que sería deseable demostrar, con el ejemplo, que se puede vivir sin redes o, al menos, intentar vivir con menos dependencia de ellas. Y cerró su reflexión volviendo a los libros, al papel y a los valores como anclajes para construir la vida.

Ese fue, en el fondo, el hilo que sostuvo toda la conversación: la salud mental no se entiende aislando al individuo de su entorno, sino mirando también a las emociones, a las familias, a la escuela y a la cultura digital que nos atraviesa. Desde esa mirada, Pablo dejó una conclusión tan sencilla como contundente: hace falta aprender a nombrar lo que sentimos, pedir ayuda cuando toca y aceptar que no todo se resuelve desde dentro, porque a veces también sufrimos por lo que nos rodea.

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