Pablo R. Coca: "A veces, los problemas de salud mental se deben a que vivimos un contexto de mierda"
Pablo R. Coca arrancó la conversación en Cómo está el patio con una idea que marcó el tono de toda la entrevista: no todo lo que nos pasa depende únicamente de nosotros. Desde el primer momento quiso desmontar ese mensaje tan repetido de “si quieres, puedes” o “todo está en tu mente”, porque, como explicó, muchas veces el malestar no nace de una falta de ganas, sino del contexto en el que vivimos, de la presión diaria o de unas condiciones que nos acaban pasando factura.
El autor habló de su primer libro, Esas cosas que nos pesan, y recordó la imagen del personaje que carga con una piedra en la mochila. Una metáfora sencilla, pero muy potente, para hablar de todo aquello que cada persona lleva encima, aunque no siempre se vea. Para Pablo R. Coca, esa piedra también sirve para cuestionar los discursos que reducen la salud mental a una cuestión de actitud. No siempre basta con pensar en positivo ni con ponerle voluntad. A veces, lo que duele tiene mucho que ver con un entorno que aprieta demasiado.
A partir de ahí, el entrevistado explicó cómo sus viñetas y sus libros han ido caminando en una misma dirección: hablar de salud mental sin dramatismos, pero también sin quitarle importancia. Su objetivo, contó, ha sido visibilizar, desestigmatizar y ofrecer herramientas sencillas para entender temas que muchas veces parecen demasiado complejos o lejanos.
En ese recorrido también apareció la guía gratuita que preparó para docentes, un material que terminó llevándole a institutos y centros educativos de toda España. Pablo R. Coca recordó que ese fue el inicio de una relación muy directa con las aulas, donde ha podido conversar con adolescentes y profesorado sobre salud mental desde un lenguaje claro, cercano y fácil de entender. Porque, como dejó ver durante la entrevista, hablar de lo que nos pesa también puede ser una forma de empezar a soltarlo.
La entrevista se paró después en una pregunta clave: ¿qué lugar ocupa de verdad la salud mental en los centros educativos? Pablo R. Coca fue claro y no intentó suavizar la respuesta. Contó que, cuando entra en un instituto, muchas de las preguntas que recibe son duras y casi siempre llegan de forma anónima. Hablan de ideación suicida, de autolesiones, de familias que no escuchan, de compañeros que lo están pasando mal y no saben cómo pedir ayuda. “Las preguntas anónimas suelen ser las más comprometidas”, explicó. Y ahí, detrás de cada papel o de cada mensaje sin nombre, aparece un sufrimiento que muchas veces no se ve desde fuera.
Según relató, los institutos hacen lo que pueden, pero demasiadas veces todo depende de la implicación de un tutor, de una profesora de referencia o de una orientadora que acaba sosteniendo mucho más que dudas académicas. El malestar emocional, señaló, ha crecido tanto que muchos profesionales sienten que ya no atienden solo problemas de estudio, convivencia o aprendizaje, sino también angustias, dolores cotidianos y situaciones personales muy difíciles. La imagen que dejó fue bastante clara: el sistema intenta responder, pero lo hace con pocos recursos y cargando demasiado peso sobre las mismas personas.
Pablo R. Coca también habló, con prudencia pero con firmeza, de la necesidad de que haya más psicólogos en los centros educativos. No lo planteó como una solución mágica ni como algo que vaya a arreglarlo todo de golpe, pero sí como una presencia cada vez más necesaria. Recordó que hay propuestas sobre la mesa y que en algunos territorios se están dando pasos, aunque todavía de forma limitada. A esa falta de recursos sumó otro problema: la burocracia y las condiciones de trabajo del profesorado, que muchas veces les roban tiempo para acompañar de verdad al alumnado.
En medio de ese panorama, defendió el valor de las herramientas sencillas. A veces, contó, hay docentes que utilizan sus libros para abrir conversaciones que de otra manera serían muy difíciles de empezar. Y ahí es donde Pablo R. Coca sitúa buena parte del sentido de su trabajo: ofrecer una puerta de entrada para hablar de lo que cuesta nombrar, para poner palabras a lo que duele y para aliviar, aunque sea un poco, esa piedra que tantos adolescentes llevan dentro sin que nadie la vea.
El centro de la conversación se desplazó después hacia El niño Pisaflores, el libro que llevó a la entrevista a detenerse en una emoción tan común como difícil de manejar: el enfado. Pablo R. Coca explicó que este proyecto nació de una necesidad muy concreta: seguir conectando con la infancia. Después de ver cómo otros libros suyos se estaban usando en las aulas para hablar de salud mental y acompañamiento emocional, quiso volver a dirigirse a los niños, pero esta vez poniendo el foco en una emoción que, según él, solemos entender bastante mal.
Su diagnóstico fue claro: el enfado incomoda. Activa mucho, remueve, asusta y muchas veces hace que tanto niños como adultos prefieran esconderlo o quitarlo de en medio cuanto antes. El problema, explicó, es que el enfado no desaparece por taparlo. Hay personas que se lo tragan durante años y otras que lo sacan de forma dañina, a través del grito, la amenaza o comportamientos que terminan haciendo daño a quienes tienen cerca. Frente a eso, el libro propone otra mirada: entender el enfado como una emoción que está ahí, que nos avisa de algo y que necesita ser escuchada antes de que acabe saliendo de cualquier manera.
También dejó una idea especialmente útil para las familias: “Mi calma te ayuda a encontrar tu calma”. La frase, que aparece como guiño dentro del libro, resume muy bien una de sus ideas principales: el enfado de un niño no se puede acompañar con más enfado por parte del adulto. Cuando eso pasa, el conflicto sube de intensidad y todo se desborda más rápido. Su propuesta va justo en la dirección contraria: bajar la activación, acompañar, sostener y no responder desde el impulso.
La conversación entró después en un terreno muy cotidiano para cualquier familia: los límites, la autoridad del día a día, el “no” y la frustración. Pablo R. Coca evitó hacer grandes generalizaciones, pero sí reconoció que hoy existe cierta tendencia a la permisividad y a la falta de normas claras, constantes y fáciles de entender. También puso sobre la mesa algo importante: muchas familias están agotadas. No es solo una cuestión de querer hacerlo mejor o peor, sino de llegar al final del día sin fuerzas y, además, con menos red que antes. Los abuelos no siempre están cerca, a veces ya no están, y educar en soledad se vuelve mucho más difícil.
La parte final de la entrevista se centró en las pantallas y las redes sociales, uno de los grandes temas de preocupación en casas y colegios. Pablo R. Coca defendió que no todo debería depender de la decisión individual de cada familia, sino que haría falta una regulación más amplia. Recordó que, muchas veces, la primera gran entrada al mundo del móvil llega alrededor de la primera comunión y que, desde ese momento, cambia por completo la relación de los niños con el tiempo, la atención y la comparación constante.
En este punto, fue muy claro: el scroll ya nos afecta a los adultos. Muchos notamos que nos cuesta más concentrarnos, que saltamos de una cosa a otra y que incluso baja nuestra creatividad. Si eso pasa en cerebros adultos, advirtió, el impacto puede ser todavía mayor en niños y adolescentes que están en pleno desarrollo. Por eso defendió la importancia de demostrar, también con el ejemplo, que se puede vivir sin redes o, al menos, vivir con menos dependencia de ellas.
Desde ahí, Pablo R. Coca dejó una conclusión tan sencilla como contundente: necesitamos aprender a poner nombre a lo que sentimos, pedir ayuda cuando hace falta y entender que no todo se arregla mirando hacia dentro. A veces sufrimos también por lo que nos rodea, por la presión, por la falta de apoyo o por un entorno que nos exige demasiado. Y reconocer eso no nos hace más débiles; al contrario, puede ser el primer paso para empezar a cuidarnos mejor.


