Silvia González del Valle: "Hay que parar y ver si lo que estamos haciendo funciona"
En el tramo más revelador de la conversación, Silvia González del Valle frenó en seco la lógica de la prisa que atraviesa el trabajo, las redes y hasta la vida doméstica para dejar una idea nítida: «Hay que parar y ver si lo que estamos haciendo funciona». Desde ahí se articula una entrevista que viaja del FOMO al uso del móvil, de la ansiedad infantil a la terapia en adultos, y que encaja con la línea de otros contenidos de MAGISTERIO sobre salud mental y educación, como el videopódcast de educación y salud mental.
Silvia puso el foco en un mal que hoy atraviesa casi cualquier oficio, pero que en el periodismo adquiere una forma especialmente intensa: la sensación de no poder desconectar nunca. A preguntas sobre el FOMO y la necesidad de estar siempre al día, describió un escenario en el que el cerebro trabaja sin espacio para procesar, y en el que la exigencia de producir más en menos tiempo termina degradando la calidad de lo que hacemos. El problema central, explicó, no es solo la velocidad, sino la ausencia de margen para pensar, planificar y atender con calma lo que tenemos delante.
En ese contexto, defendió que la productividad sin pausa acaba convirtiéndose en una trampa. La entrevistada insistió en que no todo puede automatizarse y en que hay tareas que requieren lógica, atención y función ejecutiva, algo incompatible con la presión constante de resolverlo todo a la vez. Su diagnóstico fue claro: cuando se intenta vivir en modo acelerado, aumenta la ansiedad y se trabaja peor, aunque la sensación inmediata sea la de estar aprovechando el tiempo. La cabeza saturada, vino a decir, no es una cabeza más eficiente.
La conversación dejó además una reflexión especialmente útil para los profesionales de la información. Silvia recordó que el periodismo seguirá existiendo mañana, que siempre habrá noticias y que no pasa nada por detenerse, recolocarse o incluso cambiar de foco. Frente a la idea de que cada noticia debe ser la noticia de la vida, propuso una mirada más serena: seguir adelante, sí, pero sin confundir urgencia con valor. Va a seguir habiendo noticias, resumió con una frase que funcionó casi como antídoto contra la ansiedad permanente.
El segundo gran bloque de la charla se adentró en el papel de las redes sociales y en la relación ambivalente que muchas personas establecen con ellas. Silvia habló de Instagram, de los likes y de la comparación constante, y fue muy crítica con esa exposición permanente a una felicidad editada que raras veces coincide con la realidad. En su opinión, las redes se han convertido en un escaparate donde se enseña más lo que se quiere parecer que lo que de verdad se vive. La apariencia constante, señaló, termina pesando más que la experiencia real.
La entrevistada utilizó ejemplos muy reconocibles para explicar esa deriva, desde la tentación de fotografiar cada momento hasta la costumbre de compartir mensajes dirigidos a personas que quizá ni siquiera verán esos gestos porque no están en redes. Para Silvia, hay una parte de ego en esa necesidad de mostrarlo todo, de demostrar públicamente afectos que quizá serían más valiosos si se vivieran de forma directa. La comparación eterna, insistió, es uno de los grandes costes emocionales de las plataformas.
También abordó una idea muy vinculada a esa lógica de exhibición: la de estar más pendiente de grabar un concierto que de disfrutarlo. Su crítica no fue moralista, sino práctica. Si uno no mira de verdad lo que está viviendo, luego el recuerdo queda sustituido por un archivo que casi nunca vuelve a consultarse. Frente a ese impulso de documentarlo todo, propuso volver a lo básico: mirar, estar y vivir sin intermediarios cuando sea posible. Apagar el móvil, vino a decir, también puede ser una forma de cuidarse.
La entrevista dio un giro especialmente sensible cuando se habló de infancia. Silvia relacionó el aumento de ansiedad, depresión y dificultades de regulación emocional en niños muy pequeños con varios factores: más estimulación, menos contacto con la naturaleza, más soledad y más tiempo frente a las pantallas. Su mirada fue muy clara al señalar que, si el niño está mirando una pantalla, deja de relacionarse con sus padres, de jugar con otros niños y de desarrollar habilidades que antes aparecían de manera natural. Menos contacto y más pantalla, resumió la idea de fondo.
Uno de los mensajes más potentes de esta parte fue su defensa del aburrimiento como espacio fértil para la imaginación. Silvia sostuvo que los niños deben aprender también a frustrarse, a tolerar el malestar y a comprender que no todos sus deseos pueden satisfacerse de manera inmediata. Cuando cada momento de espera se llena con una pantalla, se les priva de la oportunidad de inventar juegos, explorar su entorno y desarrollar recursos propios para gestionar sus emociones. Aburrirse, explicó, no es perder el tiempo, sino aprender a habitarlo sin necesitar estímulos constantes.