El acoso escolar no se toma vacaciones

Con la llegada del verano solemos pensar que, al cerrar las aulas, también desaparecen muchos de los problemas que afectan a la infancia. Sin embargo, el acoso escolar no entiende de calendarios. Aunque las clases terminan, las relaciones entre iguales continúan y, con ellas, también pueden hacerlo las situaciones de violencia, exclusión y humillación, especialmente en los entornos digitales.
Coni La Grotteria
Mejor Docente de España 2018 Etapa Infantil
10 de agosto de 2026
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La ausencia de las rutinas escolares desplaza los espacios habituales de observación y detección hacia el ámbito familiar, los entornos digitales, los campamentos y otras actividades de ocio. Durante el curso, docentes, orientadores y equipos educativos desempeñan un papel esencial en la detección temprana del acoso. En verano, esa mirada protectora recae, sobre las familias, los equipos de las actividades de ocio y todas las personas adultas que acompañan a niños, niñas y adolescentes.

El acoso escolar no depende únicamente del espacio físico de la escuela, se construye en las relaciones sociales y hoy esas relaciones trascienden las aulas. Los grupos de WhatsApp, las redes sociales y los videojuegos en línea permanecen activos durante todo el año. De hecho, el ciberacoso (ciberbullying) puede intensificarse durante las vacaciones debido al incremento del tiempo libre, la mayor exposición a las pantallas y la falsa sensación de anonimato e impunidad que ofrece internet.

Los datos reflejan la magnitud del problema. Según el VII Informe sobre Acoso Escolar de la Fundación ANAR y la Fundación Mutua Madrileña, el 12,3 % del alumnado afirma que él o alguna persona de su entorno está sufriendo actualmente acoso escolar o ciberacoso. Esta realidad nos recuerda que no estamos ante conflictos aislados, sino ante un desafío educativo y social que requiere la implicación de toda la comunidad.

Durante los meses de verano cambian los escenarios, pero no los riesgos. Campamentos, actividades deportivas, escuelas de verano o encuentros entre iguales pueden convertirse en espacios donde aparezcan dinámicas de exclusión si no existen normas claras y personas adultas atentas. Por ello, la prevención cobra aún más importancia, no debemos esperar a que aparezca el conflicto para actuar.

Educar en la convivencia significa enseñar desde edades tempranas a reconocer las emociones, desarrollar la empatía, respetar la diversidad y comprender que ninguna burla es inofensiva cuando provoca sufrimiento.

Las familias desempeñan un papel insustituible, acompañar, supervisar y guiar no significa controlar, sino construir una relación de confianza que permita a niños, niñas y adolescentes expresar lo que sienten sin miedo a ser juzgados. Interesarse por su vida digital debería ser tan natural como preguntarles cómo les ha ido el día. Conocer las aplicaciones que utilizan, hablar sobre los riesgos de internet y establecer acuerdos familiares sobre el uso responsable de la tecnología son herramientas fundamentales de prevención.

También es importante aprender a reconocer las señales de alarma. Cambios bruscos de humor después de utilizar el teléfono móvil, miedo al recibir mensajes, aislamiento, ansiedad, tristeza persistente, pérdida de interés por actividades habituales o síntomas físicos sin explicación médica pueden estar indicando que un menor necesita ayuda. Escuchar, creer y acompañar siempre debe ser la primera respuesta.

Uno de los errores más frecuentes de las personas adultas es minimizar el problema con expresiones como «son cosas de niños». Cuando un menor reúne el valor para contar que está sufriendo acoso, necesita sentirse protegido, comprendido y acompañado. Pedir ayuda nunca es un signo de debilidad, al contrario, es un acto de responsabilidad que puede evitar que el sufrimiento se prolongue.

Pero la prevención comienza mucho antes de que aparezca el conflicto. Los niños y las niñas aprenden observando cómo tratamos a los demás. Aprenden cuando nos escuchan hablar de nuestros compañeros de trabajo, cuando observan cómo nos dirigimos a un camarero, a un vecino o a cualquier otra persona con la que interactuamos. Cada gesto cotidiano transmite una forma de entender la convivencia. Si queremos educar a niños y niñas capaces de rechazar cualquier forma de violencia, debemos ofrecerles modelos coherentes de respeto, empatía y cuidado hacia los demás.

El verano es una oportunidad privilegiada para fortalecer los vínculos familiares, compartir tiempo de calidad y conversar sin prisas. Preguntar cómo se sienten nuestros hijos e hijas, interesarnos por sus amistades y por su vida digital puede convertirse en una de las mejores herramientas de prevención.

Porque el acoso escolar no se toma vacaciones, y nuestra responsabilidad de proteger el bienestar emocional de la infancia tampoco debería hacerlo. La prevención del acoso es una tarea compartida entre familias, profesionales de la educación, instituciones y sociedad. Solo desde ese compromiso colectivo podremos construir entornos seguros donde todos los niños y niñas crezcan sintiéndose respetados, escuchados y protegidos.

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