El verano empantallado de los adolescentes

Con más tiempo libre, menos rutinas y una supervisión a menudo más laxa, el verano multiplica el uso de pantallas entre adolescentes y obliga a familias y escuelas a anticipar hábitos de riesgo antes de que se consoliden. Verónica Aguirre, coordinadora de los programas de prevención del consumo, cannabis y ludopatías de Aula Siena, lo resume con una advertencia clara: el problema no es la tecnología, sino el uso sin límites.
José Mª de MoyaSábado, 8 de agosto de 2026
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Verónica Aguirre, coordinadora de los programas de prevención del consumo, cannabis y ludopatías de Aula Siena, según recoge su perfil de LinkedIn, pone el foco en una idea que conviene no perder de vista en estas semanas: cuando llega el verano, el tiempo libre deja de estar tan organizado y la tecnología gana terreno como entretenimiento casi automático. Según explica, no se trata solo de cuánto usan el móvil, sino de qué lugar ocupa la pantalla cuando desaparecen los horarios, los entrenamientos y la rutina escolar. Aguirre subraya que el riesgo aparece cuando el uso deja de ser puntual y se convierte en un hábito sin límites, difícil de cortar incluso cuando ya interfiere en otras actividades. De hecho, resume el problema en una frase que apunta al fondo del problema: «El problema no es la tecnología, sino el uso sin límites».

Ese cambio de contexto encuentra un terreno especialmente fértil en unos datos que el último informe del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones dibuja con claridad: en 2024, el 97,9% de la población de 15 a 64 años había utilizado internet con fines lúdicos, el 84,4% de los estudiantes de 14 a 18 años había jugado a videojuegos y el 24,4% había jugado a juegos de azar en los últimos 12 meses. En otras palabras, la tecnología ya no es un accesorio en la vida adolescente, sino una presencia central. Aguirre insiste en que ese peso cotidiano obliga a mirar más allá del tiempo de pantalla y a observar también la función que cumple.

Verano sin pausa digital

El problema no es solo la extensión del uso, sino su intensidad y su deriva potencial. El mismo informe sitúa en el 19,4% la prevalencia de posible uso problemático de internet entre el alumnado de 14 a 18 años, en el 15,3% el posible uso problemático de redes sociales, en el 5,2% el posible trastorno por uso de videojuegos y en el 4,1% el uso problemático de pornografía. Son cifras que no describen una anécdota, sino una realidad de riesgo acumulado que se hace más visible cuando el verano alarga las horas de exposición. Aguirre señala que el verano no crea el problema, pero sí puede acelerarlo, porque la ausencia de horarios y la pérdida de referencias externas favorecen una relación más desordenada con la pantalla.

Lo que hacen las vacaciones

La fotografía es todavía más nítida cuando se mira el tiempo de uso. Entre los estudiantes de 14 a 18 años, el uso lúdico de internet alcanza de media 5,1 horas al día entre semana y 6,7 horas en fin de semana, con una tendencia a aumentar con la edad. El propio informe subraya, además, que las conductas de riesgo son más frecuentes entre quienes presentan un posible uso problemático de internet, algo que refuerza la necesidad de intervenir antes de que el hábito se convierta en dependencia funcional. Aguirre lo expresa en términos de equilibrio: cuando el móvil pasa de ser una herramienta a convertirse en refugio principal, ya no se trata solo de ocio, sino de una posible pérdida de control.

En el caso de los juegos de azar, el retrato también es preocupante entre los menores. En 2025, el 13,0% del alumnado de 14 a 18 años había jugado online y el 20,9% de manera presencial en el último año; y entre quienes juegan, el riesgo se concentra con más fuerza en las modalidades online y en los juegos de tipo III, como apuestas deportivas, máquinas de azar o juegos de cartas con dinero. El informe añade que, entre los jóvenes con posible juego problemático, el gasto y la frecuencia son mayores, y que los motivos que más pesan son la diversión y la ganancia de dinero. Aguirre advierte de que, cuando la diversión se mezcla con la expectativa de ganar dinero, el paso al juego de riesgo puede darse con mucha más facilidad de la que imaginan las familias.

Claves para cortar la escalada

Frente a este escenario, el verano puede convertirse en una oportunidad preventiva si se llena de alternativas: horarios razonables, espacios sin móvil, planes compartidos, deporte, lectura, actividades al aire libre y acuerdos familiares claros. La idea no es demonizar la tecnología, sino evitar que el uso sin límites sustituya el descanso, la socialización presencial y el aburrimiento saludable, ese que también enseña a tolerar la espera y a construir autonomía. Y, como recuerda este enfoque sobre adicción digital en verano, no todo tiempo libre necesita una pantalla para tener sentido.

Aguirre insiste en esa misma línea cuando advierte de que la prevención no consiste en prohibir por sistema, sino en ayudar a adolescentes y familias a reconocer cuándo la pantalla deja de ser una herramienta y pasa a ocupar el lugar de refugio principal. La gran lección, resume, es actuar antes de que el hábito se consolide. Porque en verano, precisamente cuando parece que todo se afloja, esa vigilancia educativa se vuelve más necesaria que nunca.

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