La vuelta al cole no debería ser volver a lo de siempre

Cada septiembre se repite una escena que todos los que trabajamos en un colegio conocemos bien. Volvemos a encontrarnos después de unas semanas de descanso, retomamos conversaciones que dejamos a medias, revisamos calendarios, horarios y reuniones y, casi sin darnos cuenta, el colegio vuelve a ponerse en marcha. Los pasillos recuperan el ruido, las aulas empiezan a llenarse y todo parece volver a ocupar su lugar. Es una sensación agradable porque septiembre tiene algo de comienzo, de oportunidad y de ilusión, pero también puede tener algo de automático. Y precisamente por eso creo que merece la pena hacerse una pregunta: ¿la vuelta al cole tiene que significar necesariamente volver a hacer las cosas como las hacíamos antes?
Mireia Portero Aylagas
Maestra, jefa de estudios, formadora y docente universitaria
31 de agosto de 2026
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Cuando termina un curso hemos acumulado muchas experiencias. Hemos visto qué actividades han funcionado y cuáles no, qué propuestas han conseguido implicar al alumnado y cuáles han acabado siendo una tarea más, qué decisiones han facilitado el día a día del profesorado y cuáles han generado más dificultades de las previstas. También hemos escuchado a nuestro alumnado, a las familias y a nuestros compañeros/as. Sin embargo, muchas veces llega septiembre y toda esa experiencia queda atrás, como si el nuevo curso empezara con una página en blanco. Recuperamos documentos, programaciones y dinámicas del año anterior y seguimos adelante. Y, por supuesto, hay muchas cosas que merece la pena mantener. El problema aparece cuando mantenemos algo únicamente porque siempre se ha hecho así.

En educación hablamos constantemente de innovación y tenemos buenas razones para hacerlo. La inteligencia artificial, la robótica, la gamificación, las metodologías activas o las nuevas herramientas digitales están abriendo posibilidades muy interesantes en nuestras aulas. En mi día a día como docente, formadora y profesora universitaria tengo la oportunidad de experimentar con muchas de ellas y comprobar cómo pueden transformar determinadas experiencias de aprendizaje. Pero precisamente por eso cada vez tengo más claro que innovar no significa necesariamente incorporar algo nuevo. A veces innovar consiste en mirar lo que hacemos, preguntarnos si sigue teniendo sentido y tener la valentía de modificarlo o incluso de dejarlo atrás.

No siempre es fácil. En los centros educativos acumulamos proyectos, celebraciones, reuniones, documentos, programas y actividades que, con el paso de los años, terminan formando parte de nuestra manera de trabajar. Algunos tienen un gran valor y forman parte de la identidad del colegio. Otros, en cambio, quizá han dejado de responder a las necesidades actuales del alumnado, pero continúan ocupando espacio porque nadie se ha detenido a plantearse si siguen siendo necesarios. Es mucho más sencillo añadir una propuesta nueva que revisar todo aquello que ya tenemos. Y así, poco a poco, podemos acabar entendiendo la innovación como una acumulación de cosas, cuando quizá debería ser justamente lo contrario: una búsqueda constante de aquello que realmente aporta valor.

Por eso creo que el inicio de curso es un buen momento para mirar atrás antes de mirar hacia delante. No necesitamos empezar septiembre con una lista interminable de novedades ni convertir cada curso en una revolución educativa. Quizá sería mucho más útil preguntarnos qué aprendimos durante el curso anterior. Qué funcionó realmente bien y queremos conservar, qué deberíamos cambiar, qué nos generó dificultades y qué necesidades detectamos en nuestro alumnado y en nuestros equipos docentes. Son preguntas sencillas, pero requieren algo que en los colegios no siempre tenemos: tiempo para detenernos y pensar.

Esta reflexión es especialmente importante cuando hablamos de los equipos docentes. A menudo pedimos al profesorado que innove, que se forme, que utilice nuevas herramientas, que incorpore metodologías diferentes, que atienda a la diversidad y que responda a las nuevas necesidades del alumnado. Todo ello es necesario, pero también deberíamos preguntarnos si estamos generando las condiciones para que pueda hacerse bien

Esta reflexión es especialmente importante cuando hablamos de los equipos docentes. A menudo pedimos al profesorado que innove, que se forme, que utilice nuevas herramientas, que incorpore metodologías diferentes, que atienda a la diversidad y que responda a las nuevas necesidades del alumnado. Todo ello es necesario, pero también deberíamos preguntarnos si estamos generando las condiciones para que pueda hacerse bien. No podemos construir una cultura de innovación sobre equipos permanentemente saturados. Para mejorar necesitamos formación, pero también necesitamos tiempo para compartir, para probar, para equivocarnos, para revisar lo que hacemos y para hablar con otros docentes sobre lo que ocurre realmente en las aulas.

Desde los equipos directivos, además, tenemos una responsabilidad importante en este sentido. Liderar un centro educativo no consiste únicamente en conseguir que todo funcione y que el curso avance según lo previsto. También significa generar las condiciones para que el centro pueda aprender y mejorar. Y para eso es necesario escuchar. Escuchar al profesorado no solo cuando hay un problema, sino también para conocer sus propuestas, sus preocupaciones y aquello que consideran que debería cambiar. Escuchar al alumnado para saber cómo viven sus experiencias de aprendizaje y qué necesitan de la escuela. Escuchar a las familias para comprender mejor qué esperan y qué dificultades encuentran. Una escuela que quiere mejorar no puede limitarse a hablar de innovación; tiene que desarrollar una verdadera cultura de escucha y reflexión.

También deberíamos aceptar que cambiar algo que no funciona no significa que hayamos fracasado. En educación estamos acostumbrados a hablar de buenas prácticas, pero quizá deberíamos hablar también con más naturalidad de aquellas prácticas que probamos y que no dieron el resultado esperado. No todo funciona siempre y para todos los grupos. Una actividad que funcionó muy bien un curso puede no funcionar igual al siguiente. Una metodología que encaja perfectamente con un grupo puede necesitar ajustes con otro. Una decisión organizativa que parecía adecuada puede generar problemas que no habíamos previsto. Reconocerlo forma parte del aprendizaje profesional y, en mi opinión, también es una muestra de responsabilidad.

A veces tenemos la sensación de que para mejorar tenemos que hacer algo espectacular. Incorporar una nueva tecnología, poner en marcha un gran proyecto, transformar los espacios o presentar una propuesta innovadora. Sin embargo, muchas de las mejoras que realmente cambian el día a día de un centro pueden ser mucho más sencillas. Reorganizar un horario para facilitar la coordinación entre docentes, eliminar una reunión que no aporta, simplificar un procedimiento, dar más autonomía a un equipo, modificar una actividad que ya no funciona o encontrar un espacio para que el profesorado pueda compartir experiencias también son decisiones educativas. Quizá no tengan una fotografía tan llamativa para mostrar, pero pueden tener un impacto mucho mayor en las personas que forman parte del centro.

Por eso, cuando pienso en la vuelta al cole, no pienso únicamente en volver a las aulas. Pienso también en todo lo que hemos aprendido durante el curso anterior y en la oportunidad que tenemos de utilizarlo para tomar mejores decisiones. Me parece importante que septiembre conserve esa sensación de ilusión que acompaña a los comienzos, pero que no confundamos empezar un nuevo curso con empezar desde cero. Llegamos con experiencia, con aprendizajes, con errores, con aciertos y con muchas cosas que podemos hacer de otra manera.

Quizá la verdadera innovación educativa no consista en conseguir que cada septiembre sea diferente, sino en conseguir que cada septiembre sea un poco mejor. Mantener aquello que sabemos que funciona, revisar aquello que necesita cambiar y atrevernos a dejar atrás aquello que ya no aporta. No necesitamos transformar todo el colegio cada año. Necesitamos tener la capacidad de preguntarnos, con honestidad, si lo que hacemos sigue teniendo sentido para las personas que hoy tenemos delante.

La vuelta al cole, por tanto, no debería ser simplemente volver a lo de siempre. Debería ser volver con una mirada diferente, con todo lo que el curso anterior nos enseñó y con la disposición necesaria para seguir aprendiendo también nosotros. Porque si algo caracteriza a una escuela que aprende es precisamente eso: que nunca vuelve exactamente al mismo lugar. Cada septiembre debería encontrarnos en un punto distinto del camino, no porque tengamos que cambiarlo todo, sino porque hemos sido capaces de aprender de lo que vivimos.

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