Por qué la Generación Z retiene mejor los idiomas que sus padres
España lleva décadas a la cola de Europa en dominio del inglés, pero algo está cambiando en las generaciones más jóvenes. Un nuevo estudio de Preply revela un dato llamativo: los miembros de la Generación Z retienen mejor los idiomas que aprendieron en el colegio que los millennials o la Generación X, pese a haber pasado por aulas con métodos de enseñanza muy similares. La pregunta es obligada: ¿qué está pasando fuera del aula que no pasaba antes?
Para entenderlo, hablamos con Sofía Tavares, Head of Brand de Preply, la plataforma de clases particulares online que ha impulsado este estudio sobre hábitos y barreras en el aprendizaje de idiomas en España. Tavares repasa con nosotros los datos más reveladores del informe: desde el 21% que señala la ansiedad como principal freno para hablar otro idioma, hasta el 45% que reconoce que la falta de tiempo le impide aprender uno, o el 40,8% que admite haber olvidado lo aprendido en el colegio en cuanto terminó el curso.
A lo largo de la conversación, Tavares desgrana por qué el consumo cultural en versión original, la inmersión de verano, la tecnología y, sobre todo, el factor humano de un profesor particular, están redefiniendo la forma en que los jóvenes se relacionan con los idiomas.
¿Por qué la Generación Z retiene mejor los idiomas que aprendió en el colegio que los millennials y la Generación X, a pesar de estudiar con métodos similares?
–Los datos apuntan a que la diferencia no está únicamente en cómo se aprende dentro del colegio, sino en lo que sucede después. Las generaciones más jóvenes tienen una relación mucho más cotidiana con los idiomas: los encuentran en las redes sociales, la música, las series, el cine o al comunicarse con personas de otros países. Esa exposición constante ayuda a mantener activo lo aprendido.
Un idioma se consolida cuando deja de ser solo una asignatura y empieza a formar parte de la vida. Por eso, aunque los métodos escolares puedan haber sido similares, el entorno de la Generación Z es mucho más multicultural y ofrece más oportunidades de escuchar, leer y utilizar otras lenguas.
Hay una tendencia positiva. Los jóvenes parecen entender cada vez más el idioma como una herramienta para acceder a contenidos y disfrutar de otras culturas y experiencias, no solo como una materia que hay que aprobar.
¿Qué papel juega el consumo cultural (series en versión original, música o videojuegos) en que los jóvenes mantengan viva una lengua extranjera fuera del aula?
–Juega un papel fundamental porque aporta algo que a veces resulta difícil conseguir en un contexto académico: una motivación auténtica. Cuando una persona quiere entender una canción, ver series o películas en versión original…, el idioma deja de ser el objetivo y se convierte en el medio para hacer algo que realmente le interesa.
Además, este consumo genera una exposición frecuente a distintos acentos, expresiones y usos reales de la lengua. No sustituye a una formación, pero ayuda a desarrollar el oído, ampliar el vocabulario y familiarizarse con la forma en que las personas se comunican de verdad. Conversaciones naturales y cotidianas que son las que se necesitan para naturalizar el idioma.
Lo interesante es la combinación. La cultura puede despertar la curiosidad y mantener el contacto diario con el idioma, mientras que un profesor ayuda a ordenar ese aprendizaje, corregir errores y convertir la comprensión pasiva en capacidad para comunicarse. La motivación abre la puerta, pero la práctica activa es lo que permite avanzar.
¿Es realista pensar que enviar a un hijo tres o cuatro semanas de inmersión en verano compensa un curso escolar de gramática memorística?
–No creo que debamos plantearlo como una compensación automática. Tres o cuatro semanas de inmersión pueden tener un impacto muy positivo, sobre todo en la confianza, la comprensión oral y la disposición a hablar, pero no sustituyen por sí solas un proceso de aprendizaje continuado.
La gramática también es fundamental, y no se trata de elegir entre gramática y conversación, sino de conectar ambas. Una inmersión puede actuar como un acelerador porque obliga a utilizar lo aprendido en situaciones reales y da al estudiante una razón inmediata para expresarse. Sin embargo, sus efectos serán mucho más duraderos si existe preparación previa y continuidad después del verano.
¿Qué tienen las academias e inmersiones de verano que no ofrece la clase tradicional: conversación real, contacto con hablantes nativos, contexto emocional?
–Su principal fortaleza es que convierten el idioma en una experiencia. El estudiante no utiliza la lengua solamente para completar un ejercicio, sino para orientarse, conocer a alguien, resolver una necesidad o participar en una actividad. Forma parte de su día a día. Esa dimensión práctica y emocional hace que el aprendizaje resulte más significativo y natural.
Pero esas experiencias no las limitaría a academias o inmersiones. Una buena clase, con un profesor particular adecuado, también puede crear ese tipo de situaciones reales que ayudan al alumno. Lo importante es que exista una conversación auténtica, pasar de conocer las reglas a utilizarlas con otra persona.
¿Cuánto influye la ansiedad o la vergüenza (ese 21% que la señala como barrera en el aprendizaje) y cómo se trabaja eso en un campamento o estancia frente a un aula de 25 alumnos?
–Como reflejan los datos, influye muchísimo porque aprender un idioma implica exponerse. Hay que pronunciar sonidos que no dominamos, construir frases con rapidez y aceptar que vamos a cometer errores delante de otras personas. Cuando la persona teme ser juzgada, puede conocer la respuesta y, aun así, no atreverse a utilizarla.
Estar en un campamento te obliga a enfrentarte a ese tipo de miedos para tumbar esas barreras. Te expone a situaciones reales, informales, espontáneas. Y esa naturalización te ayuda a mejorar y a adaptarse de manera casi inconsciente a esa vía de comunicación.
En una clase de 25 alumnos, dependiendo de cómo se organice, puede hacer que no todas las personas tengan el acompañamiento que necesitan. Por eso son tan valiosos los grupos reducidos o las clases particulares, porque tienes que enfrentarte sí o sí a la situación y, además, puedes generar un entorno de mayor confianza que luego te ayude a desenvolverte en entornos con más gente.
Cuando la persona teme ser juzgada, puede conocer la respuesta y, aun así, no atreverse a utilizarla
"Según los datos, el 45% no aprende un idioma por falta de tiempo, ¿tiene sentido concentrar el aprendizaje en periodos intensivos como el verano en vez de diluirlo todo el año?
–Lo primero es hacerle saber a la gente que siempre hay tiempo para aprender. Y que siguiendo los métodos correctos es posible aprender otras lenguas sin importar la edad o el dominio previo de ellas. Una hora semanal con un profesor particular, por ejemplo, puede darte unas bases muy valiosas.
La intensidad y la continuidad cumplen funciones diferentes. Un programa de verano puede dar un impulso importante, mientras que el contacto frecuente durante el resto del año es lo que ayuda a consolidar y mantener lo aprendido. Si después de una inmersión el idioma desaparece completamente de la vida del estudiante, parte de ese avance se irá perdiendo.
Si nos centramos en que el problema es el tiempo, la tecnología permite hoy acceder a profesores y materiales con mayor flexibilidad y sin afectar a la calidad de la lección.
La tecnología permite hoy acceder a profesores y materiales con mayor flexibilidad
"¿Qué buscan realmente las familias españolas al enviar a sus hijos a estudiar inglés en verano: nivel académico, experiencia vital o ventaja competitiva futura?
–Probablemente buscan las tres cosas, aunque el peso de cada una depende de la familia y de la edad del estudiante. Existe una expectativa académica evidente, pero muchas familias también quieren que sus hijos ganen autonomía, conozcan otras culturas y pierdan el miedo a desenvolverse fuera de su entorno habitual.
A largo plazo, los idiomas se perciben además como una ventaja educativa y profesional. Pero creo que el beneficio más inmediato y transformador suele ser la confianza. Un joven que descubre que puede pedir ayuda, hacer amigos o resolver una situación en otra lengua empieza a relacionarse con el idioma de otra manera.
¿A qué edad es más recomendable empezar una inmersión lingüística: primaria, secundaria o ya en la adolescencia?
–No existe una edad universalmente perfecta, porque la efectividad depende de la madurez, la autonomía, la experiencia previa y la disposición emocional de cada estudiante. Empezar pronto permite familiarizarse con los sonidos y vivir el idioma con naturalidad, especialmente cuando el aprendizaje se plantea mediante juegos, interacción y experiencias positivas.
En secundaria y durante la adolescencia aparecen otras ventajas. Los jóvenes tienen más capacidad para reflexionar sobre lo que aprenden, establecer vínculos sociales de manera autónoma y conectar el idioma con intereses propios, como la música, los viajes o sus aspiraciones académicas.
Más que buscar la edad teóricamente más rentable, conviene preguntarse si la experiencia es adecuada para ese estudiante. Una inmersión demasiado exigente o vivida como una imposición puede generar rechazo. La mejor edad es aquella en la que existe suficiente seguridad para disfrutar de la experiencia y suficiente motivación para participar. La retención dependerá después, sobre todo, de que el contacto con el idioma continúe.
Una inmersión demasiado exigente o vivida como una imposición puede generar rechazo
"¿Compensa el coste económico de un verano de inmersión frente a otras alternativas más baratas, como apps, intercambios o clases particulares online?
–Puede compensar, pero no es la única vía eficaz ni necesariamente la mejor para todas las familias. Una inmersión aporta intensidad, autonomía y una experiencia cultural difícil de reproducir por completo desde casa. Su valor, por tanto, va más allá del aprendizaje estrictamente lingüístico.
Sin embargo, el precio no garantiza el resultado. Para que la inversión tenga sentido deben existir interacción real, acompañamiento de calidad, objetivos adecuados y oportunidades suficientes para utilizar el idioma. También es importante que haya continuidad al regresar.
Las aplicaciones pueden ser útiles para crear hábitos y practicar contenidos concretos; los intercambios aportan contacto social, y las clases particulares online permiten personalizar el aprendizaje y conversar con regularidad sin desplazarse. Además, gracias a la tecnología, se puede hacer con personas nativas. No son alternativas excluyentes. Una familia puede construir una experiencia muy efectiva combinando recursos más accesibles.
¿Puede una IA conversacional o una app sustituir la práctica real con un profesor humano, o el “factor humano” que menciona Preply sigue siendo insustituible?
–Las nuevas tecnologías son un buen aliado para el aprendizaje. La IA puede hacer que el aprendizaje sea más accesible, flexible y personalizado. Pero lo que nos dicen los datos es que no pueden sustituir a un profesor particular, no pueden sustituir la capacidad de aprendizaje que se desarrolla en una conversación entre dos personas. De hecho, el segundo Estudio de Eficiencia de Preply y LeanLab Education, reflejó que hay más del doble de probabilidades de alcanzar tus objetivos de aprendizaje en 12 semanas si trabajas con un profesor particular que si lo haces únicamente con aplicaciones de autoaprendizaje.
Aprender un idioma no consiste únicamente en producir frases programadas. También implica interpretar intenciones, reaccionar ante lo inesperado, comprender matices culturales y construir confianza en una conversación real. Un profesor percibe cuándo el estudiante está bloqueado, adapta la dificultad, identifica patrones de error y sabe cuándo corregir y cuándo dejar que la comunicación fluya. El objetivo es utilizar la IA para reforzar esa relación, no para eliminarla.
¿Qué debería ocurrir para que el alumnado aprenda realmente a usar un idioma, y no solo a aprobar un examen?
–Lo más importante es establecer un sistema donde se aprenda a utilizar una lengua extranjera en la vida real, no a responder ejercicios repetitivos donde el alumno se sirve solo de su memoria. Hoy en día hay una generación expuesta a contenidos internacionales que les interesan, hay redes sociales que les permiten conversar con personas de diferentes puntos del mundo… Son una generación con muchas posibilidades y hay que darles las herramientas para que desarrollen de manera correcta el aprendizaje de idiomas.
Para desarrollar competencia oral se necesita tiempo de conversación, feedback y oportunidades para utilizar la lengua con un propósito real. Eso resulta difícil cuando los grupos son grandes o la presión curricular y evaluativa favorece contenidos más fáciles de examinar por escrito.
Dentro de diez años, ¿seguirá España a la cola de Europa en inglés, o el cambio de hábitos de la Generación Z empezará a notarse también en las estadísticas de nivel real?
–Soy optimista y los datos permiten serlo. España ha avanzado en los últimos años, aunque todavía va a la zaga de gran parte de Europa. Un cambio así no se produce de manera inmediata, sino alargada en el tiempo y de forma paulatina.
La mayor exposición a contenidos internacionales, los viajes, la movilidad académica y la normalización de las conversaciones online crean condiciones mucho más favorables que hace unas décadas. Los datos de nuestro estudio sugieren que las generaciones jóvenes sienten que conservan mejor los idiomas aprendidos, y esa es una señal positiva.
España ha avanzado en los últimos años, aunque todavía va a la zaga de gran parte de Europa
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