Deberes que necesitan al alumno
La inteligencia artificial nos obliga a desplazar la mirada desde lo que se entrega hacia lo que el alumno tiene que vivir intelectualmente para poder entregarlo.. ADOBE STOCK
Cada tarde se repite una escena que hasta hace poco parecía completamente normal. Un profesor propone una tarea para casa. El alumno copia el enunciado, guarda los libros y, horas después, intenta resolverla. Durante décadas dimos por supuesto que entre la pregunta y la respuesta había un recorrido: leer, recordar, probar, equivocarse, volver atrás y, finalmente, construir una solución.
Hoy ese recorrido ya no puede darse por supuesto.
Una inteligencia artificial puede redactar un comentario de texto, resolver muchos problemas, resumir un capítulo, proponer argumentos o preparar una presentación en pocos segundos. Ante esta realidad, la reacción educativa más inmediata ha sido preguntarnos cómo impedir que el alumnado utilice estas herramientas para hacer los deberes. Quizá la pregunta sea otra.
No se trata de declarar la guerra a los deberes
El debate sobre los deberes es anterior a la inteligencia artificial. Durante años hemos discutido sobre su cantidad, su utilidad, la desigualdad que pueden generar o el tiempo que ocupan fuera de la escuela. La IA introduce ahora una cuestión diferente: la autoría ya no puede deducirse simplemente del producto que recibimos.
Pero sería un error concluir que, como una máquina puede resolver determinadas actividades, debemos eliminar cualquier trabajo fuera del aula. Hay aprendizajes que necesitan práctica, repetición, memoria, lectura, cálculo y esfuerzo individual. Aprender una lengua, dominar procedimientos matemáticos, adquirir vocabulario científico o mejorar la escritura exige ejercitar capacidades que nadie puede desarrollar por nosotros.
La cuestión, por tanto, no es deberes sí o deberes no. Es bastante más exigente: para qué mandamos cada tarea.
Propongo una pregunta sencilla antes de enviar una actividad para casa. Podríamos llamarla la prueba de ausencia:
Si quitáramos al alumno de esta tarea y lo sustituyéramos por una inteligencia artificial, ¿cambiaría sustancialmente el resultado?
Si la respuesta es no, quizá convenga revisar la actividad.
No porque utilizar inteligencia artificial sea necesariamente hacer trampas, ni porque todo ejercicio que una máquina pueda resolver carezca de valor. Un alumno puede necesitar practicar precisamente algo que una IA hace mejor y más rápido. El valor educativo no reside siempre en la originalidad del producto. A veces reside en el entrenamiento que ocurre mientras se llega a él.
La prueba resulta especialmente útil cuando la finalidad declarada de la tarea es comprender, interpretar, relacionar, argumentar o tomar decisiones. Si buscamos esas capacidades y, sin embargo, podemos eliminar completamente al estudiante sin alterar el resultado final, existe una contradicción que merece nuestra atención.
Durante mucho tiempo hemos diseñado actividades pensando sobre todo en lo que debía entregarse: diez ejercicios resueltos, un resumen, una redacción, una presentación, una ficha completa. La inteligencia artificial nos obliga a desplazar la mirada desde lo que se entrega hacia lo que el alumno tiene que vivir intelectualmente para poder entregarlo.
Una tarea valiosa puede pedir al estudiante que observe algo de su entorno, que compare una respuesta de la IA con lo explicado en clase, que defienda por qué ha descartado una opción, que incorpore una duda que tuvo mientras trabajaba, que documente un error y explique cómo lo corrigió, que converse con alguien y contraste esa conversación con una fuente, o que relacione un concepto con una experiencia concreta.
No son actividades imposibles para una inteligencia artificial. Ese no debería ser nuestro objetivo. Son actividades en las que la inteligencia artificial, por sí sola, no basta.
Quizá debamos empezar a pensar en tareas habitables: actividades en las que haya espacio para que aparezca el alumno. Su mirada, sus decisiones, sus preguntas, sus errores y sus conexiones. Una tarea que deja alguna huella de quien la ha realizado.
La existencia de la IA también permite ordenar mejor algo que antes mezclábamos con demasiada facilidad.
Hay tareas que conviene realizar sin inteligencia artificial. No por nostalgia tecnológica, sino porque queremos ejercitar directamente una capacidad. Si el objetivo es que un alumno aprenda a formular, calcular, escribir un párrafo, recordar determinados conocimientos o desarrollar fluidez en un procedimiento, delegarlo eliminaría precisamente el entrenamiento que buscamos.
Hay otras tareas en las que tiene sentido utilizar inteligencia artificial. Comparar respuestas, detectar errores, pedir explicaciones alternativas, cuestionar argumentos, mejorar un borrador propio o analizar las limitaciones de una solución pueden convertir la herramienta en parte del aprendizaje.
Y quizá exista un tercer grupo que nos resulte más incómodo reconocer: tareas que deberíamos dejar de mandar. Actividades mecánicas, repetitivas o descontextualizadas que ocupaban tiempo sin que tuviéramos demasiado claro qué aprendizaje justificaba ese tiempo. Si una máquina las resuelve en segundos y nosotros mismos tenemos dificultades para explicar qué pierde el alumno al no hacerlas, quizá la IA no haya destruido una buena tarea. Quizá simplemente haya revelado su debilidad.
Esta discusión contiene además una cuestión que pocas veces aparece cuando hablamos de innovación: el tiempo. Cada tarea escolar compite con otras tareas, con la lectura, con el descanso, con la familia, con los amigos y con la posibilidad de no hacer nada durante un rato.
Mandar deberes es, en cierta medida, decidir sobre una parte del tiempo de otra persona. Esa decisión debería tener una justificación pedagógica suficientemente importante.
La facilidad con la que la IA produce respuestas puede servirnos para recuperar esa exigencia. No deberíamos aumentar la cantidad de actividades para compensar la existencia de ChatGPT ni convertir cada tarea en un sofisticado sistema de vigilancia. Tal vez necesitemos menos encargos, pero más difíciles de delegar porque estén mejor conectados con lo que sucede en el aula y con quien aprende.
Intentar construir deberes que ninguna inteligencia artificial pueda resolver probablemente nos conduciría a una carrera interminable. Las herramientas cambiarán. Lo que hoy parece imposible mañana puede convertirse en una función incorporada a cualquier dispositivo.
Necesita algo mucho más estable: saber qué capacidades quiere desarrollar y diseñar experiencias que obliguen al alumno a ponerlas en juego. A veces eso requerirá trabajar sin IA. Otras veces significará trabajar con ella. Y en determinadas ocasiones significará reconocer que una actividad que llevábamos años proponiendo ya no merece ocupar el tiempo de nuestros estudiantes.
La pregunta más interesante, entonces, no será «¿ha utilizado inteligencia artificial?», sino «¿qué ha tenido que hacer él para aprender esto?».
Quizá dentro de unos años descubramos que ChatGPT no acabó con los deberes. Simplemente nos obligó a distinguir entre los que ayudaban a aprender y los que solo servían para entregar algo al día siguiente.
Y puede que esa sea una buena noticia para la educación.
Juan Enciso Pizarro es profesor de Física en la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) y divulgador educativo.
