Medir el estrés a los 4 años para prevenir futuras dificultades
A los 4 y 5 años, los niños ya no reaccionan necesariamente ante los mismos estímulos que los bebés, pero tampoco disponen de la capacidad de razonamiento necesaria para interpretar las situaciones complejas utilizadas con escolares y adolescentes.
El estrés no es un fenómeno exclusivo de la edad adulta. También puede aparecer durante la infancia y, cuando alcanza una intensidad elevada o se mantiene en el tiempo, aumentar la vulnerabilidad psicológica infantil. Detectarlo en las primeras etapas resulta, por tanto, esencial para comprender determinados problemas de conducta y reforzar la prevención en salud mental.
Investigadores del proyecto Gestastress-Childstress de la Universidad de Granada, vinculados al Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento, han validado una tarea de laboratorio diseñada para analizar la respuesta al estrés en niños de 4 y 5 años. El trabajo cubre un vacío relevante en la investigación. Existen métodos para estudiar el estrés en bebés mediante situaciones como la separación de sus progenitores y protocolos aplicables desde los siete años basados en la evaluación social. Sin embargo, la edad preescolar presentaba dificultades específicas.
A los 4 y 5 años, los niños ya no reaccionan necesariamente ante los mismos estímulos que los bebés, pero tampoco disponen de la capacidad de razonamiento necesaria para interpretar las situaciones complejas utilizadas con escolares y adolescentes. Los científicos necesitaban, por ello, una prueba adaptada a su momento evolutivo y capaz de provocar una respuesta medible sin generar un malestar duradero.
La herramienta validada se basa en el protocolo Stress Reactivity Task for Preschoolers. Consiste en un juego de clasificación en el que los participantes deben relacionar imanes de colores con distintos animales antes de que termine el tiempo marcado por un semáforo. La actividad se presenta como una prueba sencilla que otros niños de menor edad pueden completar. De este modo se introduce un componente de evaluación social. Sin embargo, durante los primeros intentos el tiempo disponible resulta insuficiente, por lo que los participantes no pueden terminar la tarea y experimentan frustración ante la imposibilidad de alcanzar el objetivo.
Después de varios intentos fallidos, el investigador explica que el semáforo está averiado y lo sustituye por otro que funciona correctamente. Con el nuevo dispositivo, los niños completan el juego dentro del plazo y reciben un juguete como premio. El procedimiento permite observar la respuesta al estrés y concluir la experiencia de una forma positiva para los participantes. Esta recuperación final ocupa un lugar importante dentro del protocolo. Los menores no abandonan la prueba con una sensación de fracaso, sino que terminan satisfechos al comprobar que pueden resolverla. La tarea combina así la obtención de datos científicos con el necesario cuidado emocional de los niños.
Para estudiar en profundidad la reacción fisiológica, el equipo recoge seis muestras de saliva antes y después de la actividad. A través de ellas analiza el cortisol, conocido como la hormona del estrés, y la alfa-amilasa, una enzima relacionada con la actividad del sistema nervioso simpático. Los resultados muestran un aumento de los biomarcadores del estrés después de realizar la tarea. Esta variación confirma que el protocolo consigue generar una respuesta fisiológica identificable en niños de cuatro y cinco años y permite estudiar cómo se relaciona con otros factores de su desarrollo.
Entre las variables que podrán analizarse se encuentran el neurodesarrollo infantil, los problemas de conducta, las respuestas emocionales y los estilos educativos parentales. Esta información puede ayudar a comprender por qué algunos menores reaccionan con mayor intensidad ante situaciones frustrantes o en las que sienten que están siendo evaluados.
La validación española del protocolo abre nuevas posibilidades para investigar un periodo decisivo del desarrollo. Contar con herramientas ajustadas a estas edades puede favorecer la detección temprana de respuestas de estrés especialmente intensas y orientar futuras actuaciones con familias, docentes y profesionales de la salud. El estudio también puede contribuir a conocer mejor la relación entre las experiencias tempranas, la conducta y el bienestar psicológico posterior. El objetivo no consiste únicamente en observar una reacción puntual, sino en avanzar hacia estrategias preventivas frente a dificultades que podrían manifestarse durante la adolescencia o la vida adulta.
Los resultados han sido recogidos en la revista Psychoneuroendocrinology. El artículo científico analiza la validación del protocolo y explora, además, la posible influencia del sexo, las respuestas emocionales y el llanto en la reactividad de los participantes. Para los investigadores, disponer de un procedimiento específico para preescolares permitirá profundizar en una realidad todavía poco estudiada. La salud mental infantil comienza a construirse desde los primeros años, y conocer cómo responden los niños al estrés puede resultar decisivo para acompañarlos mejor tanto en casa como en la escuela.
