Nerea Luis: "La inteligencia artificial personaliza el aprendizaje, pero no reemplaza el trato humano"
La inteligencia artificial está cada vez más presente en todos los ámbitos de la vida. Quien no utiliza una herramienta de IA para que le haga menús nutritivos para cuidarse durante la semana, lo usa para que le haga un informe sobre los resultados de un proyecto. La educación no podía ser menos, y muchos profesores han encontrado en la IA un potente recurso con el que aliviar algunas de sus cargas más pesadas para centrarse en atender de una forma más personal a sus alumnos.
No obstante, ¿hasta dónde puede (o debe) llegar el uso de la IA en las aulas? ¿Puede esta herramienta terminar sustituyendo la función del docente en el crecimiento y desarrollo de los alumnos? ¿Qué es lo más importante a la hora de aplicarla en clase? ¿Qué debemos tener en cuenta?
Para contestar estas preguntas, Nerea Luis, Doctora en Ciencias de la Computación y especialista con más de 10 años de experiencia en el uso de la IA, ha atendido a Magisterio en una entrevista disponible en las redes sociales de este medio.
¿Por qué hay que decirle que sí a la inteligencia artificial en la educación?
—Siempre he percibido la inteligencia artificial como una herramienta que puede ayudarnos a realizar una gestión del conocimiento y del aprendizaje muy interesante. Por eso he sido defensora de incorporar la IA, y, en general, las competencias tecnológicas, al mundo de la educación.
La cuestión que debemos plantearnos es en qué parte del proceso educativo queremos introducirla. Tiene sentido si sirve para que el alumno o el profesor profundicen en los contenidos, los personalicen y fomenten un aprendizaje a medio plazo. Si pensamos únicamente en sustituir al docente o en que el alumno haga todos sus deberes con la IA, entonces no. Bien enfocada, creo que será muy potente durante los próximos años.
Si pensamos únicamente en sustituir al docente o en que el alumno haga todos sus deberes con la IA, entonces la IA no tiene sentido
"¿Cuáles son sus principales beneficios para los docentes?
—Cuando hablamos de inteligencia artificial solemos referirnos a la IA generativa. Estas plataformas pueden ayudar especialmente en el trabajo con los materiales: buscar, recuperar, analizar, sintetizar o reutilizar información y contenidos que el profesor ya tiene.
También existe una vertiente más creativa. La IA permite preparar actividades lúdicas e interactivas, infografías, pósteres, esquemas o recursos mediante programación. Son puntos de partida perfectamente válidos para un profesor que todavía no haya trabajado con esta tecnología.
Si comprueba que le resulta útil, puede profundizar en otros usos, como obtener apoyo para ofrecer retroalimentación sobre los ejercicios. No me refiero a poner notas, sino a facilitar el proceso de acompañamiento. En ocasiones, el docente no dispone de tiempo para dar un feedback tan personalizado como le gustaría y la IA puede ayudarle a superar esa limitación de recursos.
Además, está la parte administrativa, quizá la más oculta del trabajo de los profesores. También se enfrentan a numerosos procesos burocráticos y ahí la inteligencia artificial podría facilitar y acelerar muchas tareas.
¿Qué riesgos entraña su uso?
—El principal riesgo es enfocarla hacia la sustitución. La inteligencia artificial siempre va a responder más rápido que una persona e incluso que un buscador tradicional. Podemos acostumbrarnos a esa inmediatez y conformarnos con el material que nos proporciona. Ese peligro existe tanto para los estudiantes como para los docentes.
En ocasiones, el docente no dispone de tiempo para dar un feedback tan personalizado como le gustaría y la IA puede ayudarle a superar esa limitación de recursos
"En el caso del profesorado, puede producirse cierta homogeneización en la forma de escribir, expresarse o idear actividades. En la literatura científica ya se ha observado que determinadas palabras se utilizan ahora con mayor frecuencia porque aparecen habitualmente en las respuestas generadas por estas herramientas. Si abusamos de la IA y hacemos demasiado copia y pega, podemos perder parte de nuestra personalidad.
¿En qué situaciones desaconsejarías utilizarla?
—La desaconsejo en el seguimiento directo del alumno. Debe existir un cara a cara con el profesor mediante tutorías y encuentros presenciales. La tecnología sí puede ayudar a registrar lo que se ha hablado y los acuerdos alcanzados. Si multiplicamos ese seguimiento por 25, 30 ó 35 alumnos, nos encontramos con una limitación física para retener toda la información. En ese caso, la IA puede facilitar una atención más personalizada, pero no debe asumir la relación con el estudiante.
También suelo desaconsejarla en la evaluación. Hay personas que están explorando la posibilidad de pedir a la inteligencia artificial que puntúe los trabajos y comparar después su nota con la del docente. Sin embargo, estas herramientas no están diseñadas para calificar siguiendo los mismos procesos lógicos que una persona ni para valorar toda la experiencia y el contexto de cada alumno. Funcionan mediante métodos matemáticos y probabilísticos. Sus puntuaciones pueden parecer razonables, pero todavía está por ver que respondan a un criterio pedagógico justificado.
Es peligroso utilizar la IA como si tuviera conciencia. En educación, pedirle que decida una nota sería para mí un semáforo rojo.
¿Puede frenar el desarrollo de capacidades como la creatividad o el pensamiento crítico?
—Todavía es pronto para ofrecer una respuesta definitiva. Ya se está investigando desde ámbitos que conectan la neurociencia, la tecnología y la educación, pero ha transcurrido muy poco tiempo. Hemos pasado por una fase de adopción, experimentación y también de abuso. Ahora necesitamos reposo para analizar dónde tiene sentido aplicar verdaderamente estas herramientas.
Me daría mucha pena que el discurso se polarizase entre usar o no usar la IA. No utilizarla me parece perjudicial si tenemos en cuenta la transformación que llegará durante la próxima década y su incorporación a los entornos laborales.
Debe existir un cara a cara con el profesor mediante tutorías y encuentros presenciales. La IA puede facilitar una atención más personalizada, pero no debe asumir la relación con el estudiante
"Quizá en las primeras etapas escolares no tenga sentido utilizarla porque los niños son muy pequeños, pero a partir del instituto será una herramienta presente en Internet, en los teléfonos y en la vida cotidiana. Negar su uso puede limitar al alumnado y provocar que solo experimente con ella en el ámbito doméstico, que muchas veces es menos seguro que un centro educativo.
¿Cómo puede integrarse sin abandonar la creatividad y el pensamiento crítico?
—Depende del propio programa docente. El profesor tendrá que establecer límites y definir qué ventajas aporta el uso de la tecnología. Durante los últimos años, el sistema educativo ha estado muy enfocado hacia la nota y a conseguir la máxima calificación posible. Ahora es necesario revisar los criterios de evaluación e incorporar el proceso seguido por el estudiante.
Por ejemplo, se puede pedir un trabajo que muestre toda la evolución creativa realizada con la IA: desde un primer esquema elaborado a mano hasta las propuestas generadas, las distintas iteraciones y la edición final. Así no solo se valora el resultado, sino también la ideación, la toma de decisiones y el uso responsable de la herramienta.
Eso permite enseñar otro tipo de competencias, como las digitales. Hay que saber reenfocar y adaptar las actividades. El problema es que los profesores no siempre tienen tiempo para hacerlo, pero debemos realizar ese esfuerzo porque, de lo contrario, los perjudicados serán los alumnos.
Negar el uso de la IA puede limitar al alumnado y provocar que solo experimente con ella en el ámbito doméstico, que muchas veces es menos seguro que un centro educativo
"¿La automatización de tareas puede liberar realmente tiempo al profesorado?
—La tecnología se ha presentado históricamente como una forma de liberarnos de determinados esfuerzos, pero nunca hemos trabajado menos. Es verdad que ahora lo hacemos en mejores condiciones, con otras máquinas y herramientas, pero en los últimos años se ha premiado mucho la productividad.
La reducción del trabajo no surgirá de manera automática. Cuando una herramienta libera tiempo, existe el riesgo de llenar ese espacio con nuevas tareas. No obstante, al trabajar con personas que empiezan a utilizar la IA sí se perciben más pausas durante la jornada. Tal vez no se produzca una reducción drástica, pero puede haber más tiempo para tomar un café con tranquilidad, comer o conciliar mejor.
Otro efecto que debemos abordar en educación es la sobredosis de información. Tener una máquina generando constantemente nuevos contenidos puede llegar a saturarnos. Nuestro cerebro tiene límites y, cuando delegamos tareas, también perdemos parte del control sobre el proceso. Por tanto, tendremos que aprender a trabajar junto a estas herramientas sin convertirlas en una fuente adicional de sobrecarga.
¿Qué herramientas recomendarías a los centros educativos?
—Más que escoger una herramienta concreta, recomendaría comenzar por las plataformas que el centro ya utiliza. Es más sencillo porque probablemente ya existen acuerdos con los proveedores y medidas de seguridad establecidas. Si el centro trabaja con una determinada suite educativa, puede valorar la incorporación de sus módulos de inteligencia artificial.
También se pueden aprovechar aplicaciones conocidas en el ámbito educativo que han integrado nuevas funciones de IA. Empezar por lo familiar siempre facilita la introducción de una tecnología nueva.
El profesor tendrá que establecer límites y definir qué ventajas aporta el uso de la tecnología. Hay que saber reenfocar y adaptar las actividades. El problema es que los profesores no siempre tienen tiempo para hacerlo
"Me preocupa que una herramienta se vuelva muy popular y que todo el mundo quiera utilizarla a través de cuentas personales gratuitas. Cuando hablamos de educación, debemos explicar cómo emplear la tecnología en un espacio seguro y con los datos protegidos. Ese debería ser el primer criterio. Después aparecerán nuevas aplicaciones, pero los centros tienen que habilitar cuentas y entornos seguros para estudiantes y docentes.
Además, todo cambia muy rápido. Cada tres o seis meses aparecen novedades y los competidores incorporan funciones similares. En lugar de confundir a los profesores con cuál es la mejor IA, conviene preguntarse qué herramientas tiene ya el centro y qué garantías ofrecen sus proveedores.
¿Hay asignaturas más adecuadas para introducir la inteligencia artificial?
—En las materias tecnológicas resulta más sencillo porque se puede trabajar tanto el funcionamiento de la IA como su uso. Sin embargo, debería plantearse como una competencia transversal.
Ya ocurrió con la programación y la robótica. Al tratarse de ámbitos nuevos, su incorporación ha dependido muchas veces del profesor que tuviera cada grupo. La inteligencia artificial también permite trabajar competencias relacionadas con la programación o la búsqueda de información en Internet.
A medida que avance hacia usos más programáticos y permita crear aplicaciones o minijuegos de manera sencilla, ofrecerá muchas más posibilidades al profesorado de distintas materias.
Cuando hablamos de educación, debemos explicar cómo emplear la tecnología en un espacio seguro y con los datos protegidos. Los centros tienen que habilitar cuentas y entornos seguros para estudiantes y docentes
"¿Puede contribuir a una educación más accesible y personalizada?
—Seguro. La facilidad para cambiar el tono y adaptar los contenidos no tiene comparación con otras herramientas. Ofrece una gran riqueza lingüística y permite traducir materiales a diferentes lenguas con un esfuerzo muy reducido. Después hay que revisarlos, por supuesto, pero puede favorecer el acceso a miles de contenidos.
También puede ayudar a personas con dislexia o permitir que los niños trabajen los materiales de otras maneras. No debemos quedarnos únicamente con la simplificación de los textos, sino pensar en cómo la IA puede fomentar la diversidad y ajustarse a las necesidades de cada estudiante.
¿Puede la inteligencia artificial reemplazar el contacto humano entre el profesor y el alumno?
—Lo veo difícil. Incluso si tuviéramos una máquina perfecta capaz de emular las emociones, la empatía y la gestión de la incertidumbre que se produce en una clase, seguiría resultando artificial. Infravaloramos la capacidad humana para adaptarnos con rapidez a las distintas situaciones del día a día.
Las personas necesitan ver a otras personas para sentirse plenas. Es posible que avancemos hacia escenarios más individualistas y que algunas personas se refugien en la IA para plantear dudas personales, pero también aprenderemos a dimensionar cuánto queremos utilizarla, como ha ocurrido con Internet y las redes sociales.
Con el tiempo han aparecido mayores controles de privacidad y de tiempo de uso. Otra cuestión es que sepamos configurarlos. A veces centramos la conversación en la tecnología como si fuera la culpable, cuando lo que nos falta es competencia digital y formación para utilizarla sin sobreexponernos.
La IA de dentro de cinco años seguramente se parecerá muy poco a las herramientas actuales. Tendrá más controles y opciones para personalizar las respuestas. También deberán avanzar la regulación, la gobernanza de la información y las garantías sobre el acceso al conocimiento.
Nos falta competencia digital y formación para utilizar la tecnología sin sobreexponernos
"¿Es necesaria una formación específica para utilizar la IA de forma crítica y responsable?
—Totalmente. Es una deuda que arrastramos desde que Internet llegó al conjunto de la sociedad. Durante años se ha repetido que las nuevas generaciones son nativas digitales porque han nacido con un teléfono o un ordenador. Ahora se dice lo mismo con la IA, pero debemos tener cuidado con esa idea.
Utilizamos la tecnología principalmente como consumidores y no siempre la concebimos como una herramienta de creación. Esta formación no puede delegarse únicamente en los responsables TIC de los centros. Los docentes necesitan espacios formativos que les permitan transmitir confianza, configurar correctamente las plataformas y resolver las dudas del alumnado.
La mayoría de las personas tenemos poca soltura para entrar en los menús de ajustes. Nos da miedo modificar algo o cometer un error. Aunque usamos el teléfono todos los días, no necesariamente sabemos configurarlo, entender cómo se guardan nuestros datos o controlar nuestra privacidad.
El gran reto educativo no consiste simplemente en introducir la IA en las aulas, sino en enseñar a utilizarla con criterio, responsabilidad y autonomía
"Con la inteligencia artificial ocurre lo mismo. Debemos saber cómo genera sus respuestas, qué aspectos podemos personalizar y si cuenta con modos seguros o temporales. Estos conocimientos marcarán la diferencia en su implantación.
Durante demasiado tiempo hemos asumido que la tecnología se aprende sobre la marcha. Eso entraña el riesgo de ampliar las brechas digitales y de limitar el acceso futuro a puestos de trabajo que exigirán estas competencias. El gran reto educativo no consiste simplemente en introducir la IA en las aulas, sino en enseñar a utilizarla con criterio, responsabilidad y autonomía.