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Sabrina y Steven Gunnell: "El Sagrado Corazón sigue transformando vidas hoy"

Dialogamos con los directores del docu-drama "Sagrado Corazón" sobre el poder pedagógico de los testimonios y los milagros cotidianos.
Santiago MataMiércoles, 16 de septiembre de 2026
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Sabrina y Steven J. Gunnell (foto Bosco Films).

Steven Gunnell conoció el éxito en los años 90 con la conocida ‘boy band’ francesa Alliage. Sin embargo, tras rozar la cima de la fama y la riqueza, cayó en una profunda depresión. Siguiendo el consejo de su madre, experimentó una conmovedora reconexión interior con Dios. De aquel rescate personal nació su vocación audiovisual junto a su esposa, Sabrina Gunnell, con quien ha dirigido nueve documentales de inspiración católica.

Su obra más reciente, Sagrado Corazón, puede verse en los cines españoles desde el 11 de septiembre. Nació tras un providencial encuentro en el santuario de Notre-Dame du Laus y la inquietud por conmemorar el 350º aniversario de las apariciones de Jesús a santa Margarita María Alacoque en Paray-le-Monial. Pese a sufrir la censura en Francia —donde las empresas públicas de transporte prohibieron sus carteles en el metro y estaciones alegando «neutralidad» y «carácter confesional»—, la película desencadenó un fenómeno del boca a boca. El largometraje ha superado el millón de espectadores en el mundo, cosechando récords de asistencia en Francia, Estados Unidos, México e Italia, y provocando testimonios de conversiones. La conversación es larga y emotiva, hasta el punto de poder decir que ellos también nos abren los secretos de su corazón.

¿Puede un documental sobre el Sagrado Corazón y sobre una religiosa del siglo XVII captar la atención de una generación del siglo XXI hiperconectada y distraída?

Steven: Creo que es la primera vez que nos plantean esta pregunta desde que hacemos promoción, desde hace un año y medio. ¡Increíble! Es un verdadero misterio. La única respuesta que podría darles ahora mismo es esta: Dios seduce. Jesús seduce a aquellos que ama, a quienes vienen a buscarlo. No estamos hablando de hechizo ni de hipnosis, sino de seducción.
Es como en los salmos. Hay uno que dice: «Tú me has seducido, Señor, y me he dejado cautivar», expresando que Dios nos amó primero. Creo que basta con poner a Jesús en medio, como digo habitualmente, en medio de la sala. Jesús atrae hacia sí y uno se siente bien en su presencia. Y esto puede suceder en una película que cuenta una historia ocurrida hace 350 años, acompañada por testimonios contemporáneos de personas que cuentan cómo han experimentado ese amor en sus propias vidas. Son historias que impresionan y que incluso conmueven profundamente.
Es también muy emocionante comprobar, un año después de su estreno en Francia, que la película ha dado la vuelta al mundo. Hoy está en España, al mismo tiempo que en Brasil, México y otros países. Y es impresionante ver a tantos jóvenes acudir al cine para verla y regresar una segunda e incluso una tercera vez, para descubrir lo que no habían visto o escuchado la primera vez. Esto demuestra que el ser humano es profundamente espiritual; que está hecho para las cosas que perduran en el tiempo, para contemplar y para maravillarse. Y basta con hablar de todo esto en nuestras películas, con los medios que tenemos, con nuestros pequeños medios. Nos habría gustado hacer algo más grande, desarrollar más la película, hacerla más larga. Pero hemos hecho lo que podíamos con lo que teníamos, y lo hemos hecho con amor. Nos atrevemos a creer y esperamos que ese amor se perciba en la película. Y, por lo que estamos viendo, parece que está funcionando.

Sabrina: Llevamos quince años haciendo películas juntos. Sacré-Cœur es nuestro noveno largometraje documental y el primero que se estrena en salas de cine. Cada película, pero especialmente esta, es una prolongación de nuestros dos corazones y de nuestras dos almas. Hacemos las películas que nos habría gustado ver cuando éramos adolescentes y que entonces no existían. Nuestros hijos y nosotros mismos tenemos problemas de atención, así que conocemos bien esta cuestión. Es verdad que las pantallas pueden ser un problema en nuestra sociedad. Pero, al mismo tiempo, también son una apertura: gracias a las redes sociales podemos ver lo que ocurre en otros países. En definitiva, todo va mucho más deprisa.

No sé de qué manera hablará nuestra película a cada persona. Cada uno podrá decirlo después de verla, evidentemente. Pero, en cualquier caso, Margarita María es una santa que considero muy moderna: muy moderna para su época y muy moderna incluso para nosotros, como mujer que no se dejó doblegar y que llevó su vocación hasta el final. Su familia quería que se casara. En aquella época, las mujeres debían casarse jóvenes. Había todo un proceso establecido. Ella tenía, por decirlo así, un lado rebelde y muy moderno. Y es verdad que el mensaje principal que Cristo dirige a esta religiosa es muy actual para nuestro mundo de hoy. Por eso creo que los jóvenes pueden sentirse identificados. En la película tenemos también testimonios de personas relativamente jóvenes. Está Zoé, que formaba parte de la Liga 1 de fútbol femenino. Eso puede hablar especialmente a muchos jóvenes que están muy vinculados al deporte y a la acción, y que además están muy conectados.

Sabrina y Steven (Foto Bosco Films).
Sabrina y Steven (Foto Bosco Films).
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El ser humano es profundamente espiritual; que está hecho para las cosas que perduran en el tiempo, para contemplar y para maravillarse

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En el tráiler de la película se escucha que este amor sin límites no depende de lo que hayamos hecho en el pasado. ¿Puede esto ayudar a los jóvenes que sufren o que se sienten perdidos?

Sabrina: Espero que así sea. En cualquier caso, esta película es un mensaje de amor para cualquiera. Vivimos en una sociedad que tiende a considerar que, si no somos productivos, somos una carga. Al menos eso es lo que la sociedad transmite a las personas. Lo vemos en Francia, donde se acaba de aprobar una ley de eutanasia. Se aprueban muchas leyes de muerte. Y Cristo es todo lo contrario. Somos amados por lo que somos, desde el momento en que tenemos un corazón que late para amar. Ese es realmente el mensaje. Espero que sea una fuente inmensa de esperanza para los jóvenes y también para los menos jóvenes. Todos tenemos nuestra pequeña piedra que aportar al edificio de nuestra sociedad, a las personas que nos rodean. Y lo que la sociedad puede presentar como una carga puede ser, en realidad, una riqueza, porque lleva a las personas que están alrededor a superarse a sí mismas. El sufrimiento no tiene sentido si no está orientado hacia un bien mayor. Y es verdad que Cristo nos muestra el camino. El amor supremo consiste en haber dado su vida por nosotros en la cruz.

Steven: Jesús dice: «Nadie me quita la vida; soy yo quien la da». El amor de Cristo es un don gratuito de Dios, revelado en el Sagrado Corazón de Jesús. Podemos contemplarlo a través de los ojos de Margarita María y, por supuesto, de otros santos a lo largo de los siglos y en otras regiones del mundo. No está solo Margarita María, pero ella es la heredera. Es la heredera según Jesús, y ahí tuvieron lugar esas largas apariciones a lo largo de dieciocho meses. En este mensaje vemos cómo Cristo revela el amor del Padre: es libre y gratuito, y por tanto accesible a todos. No es una cuestión de competición ni de méritos. No importa que alguien peque mucho o que sea muy virtuoso: ambos reciben el mismo amor de Dios. No hay ninguna variación.

Sabrina: Cada uno tiene su propio camino de santidad. Estamos llamados al cielo. Cada uno tiene su camino, su propio Evangelio que escribir con el Señor para llegar hasta allí. Espero que esta película sea una fuente de esperanza. En todo caso, los comentarios que recibimos de otros países donde se ha proyectado son que las personas se sienten interpeladas, alcanzadas por ella. Y yo diría: si conseguimos eso, ya está, hemos ganado. Espero, por tanto, que también los jóvenes españoles tengan la oportunidad de verla y que sea para ellos una fuente de consuelo.

Steven: Quizá, para terminar y ser totalmente precisos desde el punto de vista teológico, cuando digo que Dios es igual a sí mismo, que Dios es constante, pero que al mismo tiempo está en movimiento… Él es el amor absoluto. No hay variación en Él para nadie. Lo único que puede variar somos nosotros, el recipiente y la dilatación de nuestros corazones: la manera en que acogemos, en mayor o menor medida, ese amor de Dios. Podemos cerrarnos y ser completamente herméticos, o abrirnos por completo y acogerlo. Y como es algo difícil, nunca terminamos de acogerlo.

¿Cómo presentar las vidas de los santos para que no parezcan personajes de ficción?

Sabrina: Hay que hablar de ellos con pasión. Es verdad que cuando leemos las vidas de los santos no todo es perfecto ni sencillo. Algunos tuvieron vidas muy desordenadas antes de su conversión. Y creo que no es tanto una cuestión de la época como una cuestión de cómo se habla de ellos. Creo que cada uno puede reconocerse en esas vidas y comprender que ser santo no significa ser perfecto.

Nuestra jefa de decoración tuvo precisamente una reflexión durante el rodaje de Sacré-Cœur. Nosotros éramos los únicos creyentes del rodaje y ella nos decía: «Entonces, ¿ser santo no es ser perfecto?». Y yo le respondía que no. El mundo nos hace creer que la santidad significa ser perfecto. Cuando alguien dice: «Ah, quieres la santidad», pensamos que significa ser perfecto. Pero, en realidad, es dar un pequeño «sí» cada día al Señor. Es decir, como Margarita María: «Señor, haz mi corazón semejante al tuyo».

Steven: Basta con leer su biografía, igual que leemos la biografía de un Franco, de un Bonaparte, de un César o de cualquier personaje histórico célebre. Incluso con los personajes de ficción vemos que, cuando leemos la vida de alguien que realmente existió —un guerrero, un emperador, un religioso, un sacerdote católico o cualquier otra persona—, su biografía nos permite crear un vínculo con él. Nos permite descubrirlos y redescubrirlos, y ver la vida ordinaria que llevaron y aquello extraordinario que vivieron interiormente. Eso hace accesible para mí ese estado de gracia en el que vivieron. Y al final uno puede decirse: si él vivió esto, a su medida y a su manera, según su propia historia, yo también puedo vivir una historia particular con Cristo.

Sabrina: La Iglesia canoniza santos muy modernos. Lo hemos visto recientemente con san Carlo Acutis, que puede hablar a los jóvenes precisamente porque habla de las pantallas, etc. Próximamente será beatificado un joven que quizá llegue a ser canonizado, un santo brasileño que quería ser sacerdote y que era surfista: Guido Schäffer. Tenemos modelos. Y creo que tenemos esta suerte y esta gracia. Desde hace quince años, haciendo películas, hemos podido entrevistar a testigos maravillosos y muchas veces nos decimos: en realidad, estamos conociendo a los santos del mañana. Eso es evidente. Y eso es lo que hay que decir a los jóvenes: estamos hechos para la santidad. Seguramente se cruzan todos los días con personas que, esperamos, se acercarán cada día un poco más al Señor.

Sabrina y Steven (foto Bosco Films).
Sabrina y Steven (foto Bosco Films).
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Estamos conociendo a los santos del mañana. Y eso es lo que hay que decir a los jóvenes: estamos hechos para la santidad

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¿Desde el punto de vista educativo, es esencial mostrar una Iglesia honesta respecto a sus propias heridas, pero que ofrezca un camino de redención?

Sabrina: Por supuesto. Siempre vemos la ejemplaridad de la Iglesia. Hace daño cuando escuchamos que tal o cual sacerdote ha cometido una falta. Justo antes de comenzar la película se había publicado en Francia el documento de la CIASE, que recogía los resultados de una investigación independiente solicitada por la Iglesia francesa para mostrar todos esos escándalos de abusos, tanto psicológicos como sexuales. Es verdad que aquello hizo mucho daño, pero fue sano poder sacarlo a la luz. Es algo que, por otra parte, no hacen ni la Educación Nacional ni otras instituciones en Francia.

Pero es verdad que olvidamos siempre la segunda parte de aquella frase del Señor cuando dice: «He aquí este corazón que ha amado tanto a los hombres y que no recibe más que ingratitud, y mi corazón está tanto más herido por aquellos que me están consagrados». Se lo dice a Margarita María en el siglo XVII. Cuando leí esa frase pensé: «Pero no ha cambiado nada; sigue siendo igual». Y, en efecto, podemos comprenderlo. Siempre somos heridos más profundamente por las personas que están cerca de nosotros. De las personas que están lejos, nos importa menos saber si nos quieren o no. Pero cuando alguien cercano nos hiere, es mucho más doloroso. Por eso creo que es importante. No hay que ocultarlo. Hay que decir la verdad.

Steven: La verdad hace libres. En Francia hay una expresión que dice: «Donde hay hombre, hay corrupción» (se atribuye a S. Francisco de Sales). Es una manera de revelar la parte pequeña, mezquina, limitada del ser humano.

Sabrina: Pero hay que rezar, hay que rezar para tener santos sacerdotes. Porque creo que también existe toda una generación, quizá en Francia, vinculada a Mayo del 68, etc., que fue ordenada y quizá no debería haberlo sido, y que hizo mucho daño. Porque, claramente, los sacerdotes que cometieron abusos, por ejemplo con niños, nunca deberían haber sido sacerdotes. Hay fallos y es bueno sacarlos a la luz para que no vuelvan a producirse y para que pueda haber de nuevo un nuevo impulso. Y eso solo puede ser bueno para la Iglesia.

El tráiler termina con un grito del corazón: «Si existes, quiero que cambies mi vida». ¿El Sagrado Corazón ha transformado sus propias vidas?

Steven: Los dos somos conversos desde el principio. Yo tengo 52 años. Pasé los primeros 25 años de mi vida sin Jesús, sin la Iglesia, sin la fe cristiana, hasta que se produjo aquel cambio, alrededor del año 2000, en el sur de Francia, en una capilla. Mi conversión es fruto de la oración de mi madre. Ella me condujo a encontrarme con el sacerdote que ella misma había conocido, etc. Es demasiado largo de contar. Y Sabrina tuvo también una conversión, aunque de otra manera. Un día se encontró en Paray-le-Monial. Tenía unos 25 años. Descubrió aquel lugar del que le habían hablado, donde Jesús se habría aparecido, y quedó maravillada al ver una Iglesia joven, viva y llena de cantos. Se marchó con muchos libros para aprender y rezó para encontrar a un cristiano con quien formar una familia cristiana.

Y ahí llegué yo. Llevamos unos veinte años casados. Los primeros cuatro o cinco años de nuestro matrimonio fueron muy difíciles, realmente muy difíciles. No lo comprendimos. No lo vimos venir. Pero hoy, con la perspectiva que da el tiempo, personalmente pienso que fue un tiempo de preparación, un tiempo de formación. El Cantar de los Cantares dice: «La llevaré al desierto, la seduciré». Nos llevó, nos puso en el desierto durante cinco años. Fue muy duro. Y después, poco a poco, todo comenzó con un sketch en las redes sociales. Estábamos delante de la cámara y pasamos a colocarnos detrás de ella. Empezamos a poner de relieve cosas hermosas, historias hermosas, hasta que hicimos nuestras primeras películas con mensajes cristianos. Y así nos convertimos oficialmente en misioneros hace quince años.

Hemos vivido todo esto, hemos crecido en esta nueva fe, etc. Y fue al ver y producir esta película, Sacré-Cœur, cuando nos dimos cuenta de hasta qué punto el Sagrado Corazón estaba presente en nuestras vidas desde siempre. Estaba delante de nosotros, pero teníamos como escamas en los ojos y no lo veíamos. Veíamos a Jesús, pero no veíamos ese corazón abierto. Es el salmo 33: «Los que miran hacia él resplandecerán». Por eso hay que pasar tiempo delante del Santísimo Sacramento, pasar tiempo en las iglesias para contemplar interiormente la presencia de Dios y resplandecer con su presencia. Y, tarde o temprano, algo se abre y Él se revela.

Así que sí, ha habido una especie de proceso lento de transformación a lo largo de estos últimos años. Ahora todavía estamos, desde hace un año, desde el estreno de la película en Francia, un poco en plena efervescencia. Es como estar en una barca, con el oleaje, con muchos desplazamientos y muchos viajes. Venimos de Brasil, vamos a Eslovenia en octubre, estamos en España, hemos estrenado la película. Así que todavía no nos damos demasiada cuenta de lo que está pasando, pero nos dejamos maravillar.

Sabrina: Sí, sí. Somos los primeros reconvertidos. Somos los primeros espectadores de nuestras películas, los primeros que quedamos tocados por ellas. Esperamos que también toquen a los demás. Y es verdad que al principio nos impresionaba mucho lanzarnos a esta aventura pensando: «El Sagrado Corazón es algo tan inmenso…». En la película no hablamos de todos los que tienen devoción al Sagrado Corazón. Sí, falta Charles de Foucauld, faltan muchas cosas, la Guardia de Honor, las promesas. Pero nos dirigimos también a personas que no tienen fe, así que no podíamos ponerlo todo. Era impresionante porque el Sagrado Corazón es el corazón de la fe y había que decidir hacia dónde íbamos. Partimos del origen, es decir, de la Última Cena, con san Juan que escucha latir ese Corazón, pasando, por supuesto, por las apariciones a Margarita María, que es la heredera de este Sagrado Corazón, hasta llegar a los testigos modernos de hoy.

Sabrina y Steven (foto Bosco Films).
Sabrina y Steven (foto Bosco Films).
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Hay que pasar tiempo en las iglesias para contemplar interiormente la presencia de Dios y resplandecer con su presencia. Y, tarde o temprano, algo se abre y Él se revela.

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Su película ha sido objeto de censuras y ha provocado numerosos testimonios de conversión. ¿Esta hostilidad puede despertar el espíritu crítico y el interés de los jóvenes, atraídos por aquello que va contracorriente?

Steven: San Jerónimo decía que quien ignora la historia la reescribe. Y, de hecho, con esta película ocurrió exactamente algo parecido a lo que sucedió hace 2.000 años con Jesús. Hay lugares donde fue boicoteado, donde fue rechazado, donde no quisieron recibirlo. Hay regiones, pueblos y lugares donde el Señor no pudo ir para realizar milagros, curaciones y llevar la buena noticia de la redención, de la salvación y del amor. Y por eso hizo aquello que Él mismo nos invita a hacer cuando no somos acogidos: dar media vuelta, sacudir el polvo de nuestras sandalias y marcharnos. Y, una vez más, 2.000 años después, tienes un pequeño documental de 850.000 euros, que no parece gran cosa, realizado con un equipo pequeño y rápidamente, en unos pocos meses. Ha sido un milagro industrial que todo el mundo del cine no comprendió y que nadie vio venir.

Eso provocó celos, crisis y tensiones y, de alguna manera, fue para nosotros una forma —no lo hicimos expresamente, ellos mismos lo hicieron— de revelar una determinada mentalidad que existe en Francia. En el metro, los aeropuertos y las estaciones encuentras películas y carteles de todo tipo: adulterio, erotismo, violencia, satanismo, películas sobre el mundo musulmán, sobre el mundo judío… incluso con determinadas representaciones del Dalai Lama. ¿De Jesús? No. Fue extraordinario verlo.

Sabrina: Jesús utiliza realmente todo y, de ello, Dios siempre puede sacar un bien. Es cierto que fue un arma de doble filo. Por un lado, nos hizo mucho daño, porque hubo regiones enteras que no quisieron proyectar la película y cines que se escribían entre ellos para no proyectarla. Eso obligó a algunas personas a recorrer 200 o 300 kilómetros para verla. Fue completamente increíble. Pero, por otro lado, esas polémicas permitieron que personas que quizá nunca habrían oído hablar de la película sintieran curiosidad y fueran a verla. Cada uno podía encontrar algo. Los creyentes encontraban, por supuesto, aquello que buscaban. Quienes estaban alejados de la fe podían verse tocados a través de una figura como Georges Desvallières, que fue un pintor extraordinario. Otros podían descubrir una parte de la historia de Francia que desconocían, porque muchos no relacionan la basílica de Montmartre con aquellas apariciones en el corazón de Borgoña.

Así que les permitimos establecer ese vínculo y comprender un poco mejor esa parte de la historia de Francia. Hay un poco para todos los gustos. Y es verdad que estas polémicas fueron, en este sentido, un arma de doble filo, pero permitieron también que más personas descubrieran la película y, sobre todo, mostraron que los cristianos siguen presentes en Francia. Fueron, por así decirlo, casi por un cierto «militantismo del amor».

¿Con esta devoción y también con su película, puesto que las personas ya no van a la Iglesia, es el propio Jesús quien viene a buscarlas al cine?

Steven: Es un poco eso. Es una de las promesas del Sagrado Corazón: «Bendeciré y llevaré la paz a los hogares y a las familias». Es decir, lo que Dios da, no lo retira. Y allí donde una familia ha sido consagrada al Sagrado Corazón de Jesús —una pareja, un niño, un hogar—, aunque haya ocurrido hace siglos, incluso hace 200, 500 o 600 años, el Señor vuelve a buscar a las personas que le fueron consagradas, tarde o temprano, aunque haya habido un período de distanciamiento. Puede haber crisis, revoluciones, pandemias… mil razones pueden existir. Nosotros tenemos fe y hacemos películas cristianas, pero no sé cómo reaccionaría mañana si perdiera un hijo en circunstancias dramáticas. Lo digo con toda sencillez. Pero el Señor permanece fiel. Y esa es la belleza y lo que toca el corazón de mi fe, de nuestra fe: la paciencia y la fidelidad de Jesús. Para mí, esto es objeto de contemplación.

Sabrina: Es verdad que este Sagrado Corazón es algo muy hermoso. Del mismo modo que san Juan apoyó su cabeza sobre el corazón de Jesús, esta consagración es realmente para todos, incluso para los no bautizados. A menudo es, además, el primer paso antes de iniciar quizá un camino hacia el bautismo. Y eso es lo que hemos visto después de la película: personas de otras religiones que han querido consagrarse, avanzar con Cristo y que finalmente han llegado al bautismo. Es un primer paso muy hermoso y verdaderamente abierto a todos.

Steven: Es Cristo quien convierte y quien conduce de nuevo a su Iglesia. Por eso hay muchos testimonios de personas que dicen: «Entré en una iglesia y no sé qué pasó. Vi una cosa redonda sobre un altar» —hablamos del Santísimo Sacramento, de la Eucaristía expuesta— «y no sé qué me pasó. Me encontré de rodillas, me sentí atraído y rompí a llorar». Vemos que es Jesús quien atrae y que utiliza a su Iglesia para después enseñar, construir, sostener, levantar y fortalecer mediante sus dogmas, sus enseñanzas, sus Evangelios, su teología, las biografías de los santos, etc. Es extraordinario. Lo vemos muchísimo en Francia. No sé cómo será aquí en España, pero en Francia es considerable lo que está sucediendo con la conversión de musulmanes que se vuelven hacia Jesús. Cuando escuchas sus testimonios, la mayoría son de este tipo: «Estaba durmiendo y vi a Jesús», «Iba en coche y escuché a Jesús». No han visto la Iglesia. No han escuchado a la Iglesia. No es la Iglesia la que se les ha manifestado. Es Cristo. Y, partiendo de Cristo, Él atrae y así reúne y fortalece dentro de esta Iglesia sobre la que Él ha edificado.

Sabrina: Sí. Es hermoso ver cómo todos los conversos están completamente encendidos. Y nuestra película es quizá una manera de provocar ese pequeño fuego interior.

Steven: Por eso la consagración es, evidentemente, posible para todos los no bautizados. Como decía Sabrina, primero somos atraídos por Cristo, que nos cautiva. Todo comienza con una devoción, con una consagración, y después llega la Iglesia: el bautismo, la confirmación, la Eucaristía, el sacramento de la reconciliación, etc.

Póster de la Película "Sagrado Corazón"
Póster de la Película «Sagrado Corazón»
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La consagración es posible para los no bautizados: somos atraídos por Cristo, que nos cautiva. Después llega la Iglesia

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Llos obispos de Estados Unidos acaban de consagrar el país al Sagrado Corazón. Y he oído que su película podría ser como un regalo semejante al de la Estatua de la Libertad, que fue un regalo con motivo del aniversario de la independencia.

Sabrina: Ah, no sé si nuestra película es un regalo. Para nosotros sí ha sido un regalo enorme. Pero ha sido un regalo saber que la película se estrenó allí precisamente en el momento de la consagración del país. Se estrenó allí en junio y fue muy emocionante. También fue muy emocionante ver a cardenales y obispos implicarse tanto en la promoción de nuestra película, porque en Francia no tuvimos cardenales ni obispos que hablaran de ella. Por eso fue muy emocionante ver que animaban al pueblo estadounidense a ir a verla.

En la película vemos testimonios de soldados, músicos, personas enfermas... ¿Es fundamental relacionar la fe con las experiencias de las personas?

Steven: Mateo, Marcos, Juan, Lucas y Pablo, con sus epístolas; Pedro, Judas Tadeo y Santiago escribieron sus Evangelios y sus cartas. Transmitieron la herencia de su experiencia, aquello que habían visto. Es san Juan quien dice: «Lo que hemos visto, lo que hemos oído…». Nosotros, 2.000 años después, cuando somos testigos, somos simplemente discípulos indignos, pero discípulos al fin y al cabo, que contamos nuestro Evangelio con el Señor. Contar nuestra conversión es, de alguna manera, escribir nuestro propio Evangelio. Un testigo despierta a otro testigo. En mi caso, fue el Señor quien me llamó en mi conversión, hace 25 años. ¿Por qué? Porque primero recibí un testimonio: el de mi madre, que se había convertido. Ella estaba desesperada y buscaba un exorcista porque pensaba que estaba poseída. Encontró a un sacerdote que le dijo: «Usted no necesita un exorcismo. Confiésese primero; ya será bastante». Y aquella mujer quedó completamente transformada durante el sacramento de la reconciliación, se dio la vuelta por completo, como una crêpe. Cuando me enteré de aquello, me impresionó y me conmovió. Yo mismo vi su cambio. Eso es lo que transmitimos: un vínculo constante, que es ese amor que se libera y se propaga a través de la palabra y del testimonio. Eso es lo que da sentido. Es lo que da relieve. Como dice Jesús: «Vosotros sois la sal de la tierra». No sois la harina ni el chocolate del pastel. Sois esa pequeña pizca que marca la diferencia.

Sabrina: Es verdad que somos la religión de la Encarnación. Dios se hizo hombre. Dios tuvo un corazón. Estamos ante algo muy concreto. Y creo que es importante apoyarse en personas que podemos ver con nuestros propios ojos. Santo Tomás necesitaba ver para creer. Y creo que nuestro mundo actual necesita recibir testimonios de experiencias reales, ver y comprender qué ocurrió en la experiencia de determinadas personas para poder creer y quizá también vivirlo. Por eso, para responder a su pregunta, creo que estos testigos contemporáneos tienen una importancia fundamental.

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Nuestro mundo necesita recibir testimonios de experiencias reales, ver y comprender qué ocurrió para poder creer

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