A don Juanjo, mi profesor
La vida, como toda experiencia, es un conjunto de momentos. Algunos son buenos, positivos, y los atesoramos; otros resultan aparentemente indiferentes y hay unos cuantos que nos dañan. Acerca de estos últimos tendemos a obviarlos, a taparlos, como aquella piedra que nos hizo tropezar, pero a la que desdeñamos tan pronto conseguimos levantarnos. No obstante, hay heridas que nunca terminan de cicatrizar. Estas suelen ser consecuencia de algún trauma, de una fuerte experiencia que provoca en nuestro interior un batiburrillo de emociones negativas que, al principio, no somos capaces de comprender: miedo, desconcierto, desesperación, estrés, angustia, tristeza… Una de ellas me dejó una sensación de vacío la mañana que una noticia fatal llegó a mis oídos.
Don Juanjo era un hombre grande de cuerpo y mayor aún de corazón. Alto como una montaña y con una voz profunda, portaba una definida barba blanca. Fue mi profesor durante una buena parte de mis años académicos, en secundaria y bachillerato. Apenas llegué al instituto, me tomó como protegido. Siempre trató de ayudarme en el ámbito de los estudios y en el personal. No fueron pocas las veces que me escapé entre clase y clase para charlar con él sobre la vida, la música o el cine.
Tras graduarme me acerqué a su despacho. El sol de junio se colaba por las rendijas de la persiana, acariciando la estantería vacía en la que, durante años, había reposado su colección de DVDs. Nada más verme, se levantó del sillón y extendió sus brazos. «Hoy tú y yo hemos dejado de ser alumno y maestro», me dijo con una sonrisa mientras nos dábamos un abrazo. «A partir de ahora, somos amigos».
Aquella fue la última vez que lo vi, ya que después de las vacaciones de verano se marchó para dirigir otro colegio, lejos de Sevilla. Pocos meses después falleció de manera repentina. La noticia rompió algo dentro de mí. No estaba preparado para asimilar que mi amigo y maestro acababa de morir. Mis sentimientos se colapsaron en una violenta vorágine.
Al día siguiente se celebró su funeral. Una vez subieron en féretro al coche fúnebre, hablé con varios de mis antiguos profesores. «Ahora nos protege desde el Cielo; nunca lo olvides», me dijo el director del centro con un cariño fraternal, pues don Juanjo fue, ante todo, un hombre de Dios, en el empeño de ayudar a todo aquel con el que se cruzaba, ejerciendo el las atenciones de un buen padre. Por eso, lo llevaré siempre en el corazón.
Reconozco que la herida sigue abierta, y que sangra cada vez que escucho a Billy Joel o a Frank Sinatra, cada vez que me siento a ver de nuevo “Ciudadano Kane” o “Matrix”. ¡Qué afortunado soy por haberlo conocido y haberme nutrido de su cariño, amabilidad y conocimientos! Aunque ya no esté a mi lado, confío en que volveremos a debatir acerca de todo lo que le apasionaba. Es decir, todo aquello que me sigue apasionando.

Ángel Murcia, ganador XXI edición www.excelencialiteraria.com
