Catherine L'Ecuyer: “Quien rechaza la excelencia porque la asocia con lo privado es un totalitario y un antiintelectual”
La investigadora defiende que la educación clasicorrealista, la propuesta que bautizó en 2021 como alternativa al péndulo entre mecanicismo y constructivismo, es «rotundamente elitista» en su aspiración a la excelencia en lo cultural e intelectual, pero no en lo económico, y la presenta como un verdadero ascensor social.
Catherine L'Ecuyer, doctora en Educación y Psicología por la Universidad de Navarra, autora de Educar en la realidad (2015) y directora del posgrado en educación clasicorrealista de la Fundación CLE.
Hace un mes, Catherine L’Ecuyer analizaba en MAGISTERIO el desplome de España en PISA 2025 y ponía nombre a uno de los fenómenos que, a su juicio, lo explican: la «rendición cognitiva», el espejismo del alumno que cree haber pensado cuando ha sido la máquina la que ha pensado por él.
Si aquella conversación fue un diagnóstico, esta busca la vía de solución. Volvemos a sentarnos con la doctora en Educación y Psicología, autora de Educar en el asombro, Educar en la realidad y Conversaciones con mi maestra y directora del Posgrado en Educación Clasicorrealista y Humanidades de la Fundación CLE, para conocer la alternativa que propone frente a la rendición cognitiva y a los malos resultados de PISA: la «educación clasicorrealista». Una propuesta que hunde sus raíces en Aristóteles y Tomás de Aquino y que, según ella, saca a la escuela del péndulo en el que lleva décadas atrapada: el mecanicismo de «la letra con sangre entra» y el constructivismo que inspira la LOMLOE.
Su premisa cabe en una frase: “la realidad existe, se puede conocer y tiene sentido”. A partir de ahí, L’Ecuyer describe cómo sería un aula de Primaria clasicorrealista, defiende el lugar de la memoria y de los clásicos y explica por qué un colegio así debería mantenerse lejos de la IA en las primeras etapas. Tampoco esquiva la acusación que más pesa sobre su propuesta, la de ser un modelo para unos pocos: la asume en lo cultural (desde la perspectiva de la igualdad de oportunidades, no de resultados), la rechaza en lo económico y pide que sea la escuela pública la que lo ofrezca a todos.
En nuestra última conversación se habló mucho de lo que no funciona en educación. Hoy nos gustaría hablar de lo que, para usted, sí funciona y de lo que propone. Pero para entender una alternativa hay que saber a qué responde. ¿Qué modelo domina hoy en las aulas?
–El constructivismo de la corriente romántico-idealista domina actualmente en el mundo occidental. La idea de esa corriente, que fundamenta por cierto la LOMLOE, y de la que hablaba a fondo en una entrevista con MAGISTERIO en 2019, es que el alumno construye su conocimiento a partir de su propia representación de la realidad. Es una idea que viene de Kant y también del naturalismo de Rousseau, para quien la semilla de la educación está en el niño y crece sola, sin la ayuda del educador.

Usted sostiene que la escuela lleva años oscilando entre ese constructivismo y su contrario, el mecanicismo. ¿Dónde ve cada uno en un aula española de hoy?
–El mecanicismo es «la letra con sangre entra», o «es verdad porque lo digo yo»: la jerarquía como fuente de conocimiento. Se resume en dos verbos: estimular e inculcar. Se bombardea con estímulos a un alumno pasivo, porque se parte de la premisa de que no tiene interés por aprender ni deseo interno, es decir, asombro.
A partir de 2010 se empezó a notar en España un desencanto con ese planteamiento, al que se atribuye, por cierto, el éxito editorial de Educar en el asombro. En ese libro desmonto el mecanicismo desde el punto de vista neurológico, educativo, filosófico…
El problema es que la educación, como contrapeso al mecanicismo, se echó en brazos del constructivismo. Y fuimos de mal en peor. La realidad no se inculca, pero tampoco se construye. ¡Se descubre!
La realidad no se inculca, pero tampoco se construye. ¡Se descubre!
"Frente a ambos modelos, usted propone la educación clasicorrealista, un término que acuñó en 2021 en Conversaciones con mi maestra. ¿En qué consiste?
–Mientras en la educación romántico-idealista el alumno construye la realidad, en la educación clasicorrealista el alumno la descubre. Su premisa es que la realidad existe, se puede conocer y tiene sentido. Sé que estas tres afirmaciones parecen de sentido común, pero es que las teorías modernas niegan que la realidad exista y que se pueda conocer, y hablan constantemente de construir el significado o de «resignificar».
Si mañana entro en un aula clasicorrealista de Primaria, ¿qué veo distinto?
–Veo alumnos capaces de concentrarse hasta tres horas sin interrupción. Hay silencio, aunque nadie lleva auriculares. No hacen falta policías en el aula. Hay una reducción considerable de niños con TDAH o dislexia; ya sabemos que el ambiente puede jugar un papel importante en estos trastornos.
Hay retórica en vez de debate. Hay buenas obras de literatura juvenil que forman parte del canon occidental, en lugar de libros vacíos de contenido. Hay pedagogía del relato para nutrir la imaginación moral del alumno. Se utiliza el método fonético, y no el global, para el aprendizaje de la lectoescritura; por eso también hay menos problemas de dislexia. No hay pantallas; por eso también hay menos problemas de TDAH. Hay luz natural en vez de bombillas de 6.000 K, y el ambiente es como el de un hogar.
No hay trabajo cooperativo ni por proyectos. Se enseña a leer, a escribir, a hablar, a contar, a cantar en un coro polifónico y a memorizar y recitar poemas. Los alumnos tienen interés por aprender y sienten placer al hacerlo. No es utópico: es el fruto lógico de la educación clasicorrealista. Aristóteles decía que el placer es «trabajo natural sin trabas».
Retórica, clásicos, poemas recitados… Suena a escuela de antes. ¿Qué papel tiene el profesor? ¿Es una vuelta a la clase magistral?
–En Educación Infantil la clase magistral no tiene sentido, porque el niño, antes de los seis años, no tiene capacidad de abstracción: aprende de las experiencias sensoriales y de las interacciones humanas. Lo que tiene sentido entonces es la educación de los sentidos, que no es lo mismo que la estimulación sensorial que se hace actualmente.
A partir de los seis años, lo que tiene sentido es una combinación de instrucción directa y aprendizaje por descubrimiento guiado. El descubrimiento puro que propone el constructivismo no tiene sentido: ¿cómo va a aprender el teorema de Pitágoras un alumno que no tiene conocimientos previos?
Hablaba antes de memorizar y recitar poemas. ¿Qué lugar ocupa la memoria? Durante años se ha considerado casi un vicio pedagógico.
–La memorización mecánica, sin un propósito inteligente, como pilar de la educación mecanicista, conductista y voluntarista, no tiene sentido. Sin embargo, hay aprendizajes que deben automatizarse: las tablas de multiplicar, para ganar agilidad en la abstracción de las operaciones complejas, o el reconocimiento de las letras o de las notas, para luego entender lo que se lee o disfrutar tocando un instrumento.
Por otro lado, no hay nada que aprendamos que no haya pasado por la memoria o que no haya dejado huella en ella. La educación constructivista le tiene manía a la memoria porque desprecia todo lo heredado de la tradición y de la cultura que nos precede.
La educación clasicorrealista habla de aprender de corazón (learn by heart). La memoria del corazón, a través de la memorización de la literatura y de los poemas, amuebla el espíritu y amplía el registro léxico del alumno. Le proporciona recursos para pensar y comunicarse mejor y con más sofisticación.
La educación clasicorrealista habla de aprender de corazón (learn by heart)
"Ese conocimiento propio choca con la idea de que ya no hace falta saber porque «todo está en internet». ¿Cómo debería relacionarse un colegio clasicorrealista con la IA?
–«La mejor preparación para el mundo online es el mundo offline» es la tesis que lancé en 2014 en Educar en la realidad. Saltarse la imprescindible etapa de la educación analógica porque «todo está en internet», o ahora en la IA, es un error del que nos arrepentiremos. Y me temo que aún no hemos tocado fondo. Un necio conectado a la IA sigue siendo un necio, pero con la sensación de no serlo. Sin conocimiento previo personal, y sin un criterio basado en ese conocimiento, es imposible interrogar a la IA con sentido.
Un necio conectado a la IA sigue siendo un necio, pero con la sensación de no serlo
"Hace unas décadas, cuando las calculadoras de bolsillo llegaron a las aulas, se discutía si permitirlas haría que los alumnos dejaran de aprender a calcular. Con el tiempo, se acabaron normalizando. ¿No es el debate sobre la IA una versión de aquel?
–La analogía de la calculadora es buena. Después de consolidar las bases del cálculo, al llegar a operaciones de más complejidad y abstracción, se permite al alumno usar calculadoras no científicas. Cuando alcanza un nivel experto en matemáticas, se le deja usar la científica. Por analogía, podemos preguntarnos: ¿qué le pasaría a la mente matemática en potencia de un joven aprendiz al que se introdujera en el cálculo básico con una calculadora científica?
No es lo mismo delegar tareas automáticas que el alumno podría ejecutar que delegar el pensamiento. Cuando hay «rendición cognitiva», el agente no es el alumno, el locus de control no es interno y el aprendizaje no es personal. Entramos de lleno en una versión moderna del mecanicismo, que convierte al aprendiz en un ser pasivo. ¡Es una marcha atrás hacia lo que más aborrecemos!
Usted exige evidencias a los métodos que critica. ¿Qué evidencia hay de que la educación clasicorrealista funciona mejor?
–Los estudios confirman que la adquisición de conocimientos no puede basarse exclusivamente en el descubrimiento puro, especialmente en un aprendiz joven. Son un torpedo en la línea de flotación del constructivismo y explican en gran parte los resultados de PISA, tanto los buenos como los malos.
Los estudios demuestran que el mejor sistema educativo es el que combina el aprendizaje por descubrimiento guiado y la instrucción directa. Eso es lo que hace la educación clasicorrealista. Si nos paramos a pensar, lejos de los mantras pedagógicos modernos, tiene todo el sentido: ¿cómo va a saber lo que tiene que aprender un alumno que aún no sabe nada del tema? La educación clasicorrealista parte del asombro y considera al niño protagonista de su aprendizaje, pero no en el sentido de «diseñador de su propio currículo».
Hay quien ve en esta corriente una propuesta elitista, para familias con tiempo, recursos y capital cultural. ¿Qué responde?
–Hay dos tipos de elitismo: el cultural e intelectual, y el económico.
Sí, la educación clasicorrealista es rotundamente elitista en el plano cultural e intelectual. Aspira a la excelencia sin complejos. Pero es una excelencia ofrecida a todos y, en ese sentido, es un verdadero ascensor social, al contrario que la tableta, que según los estudios no cierra la brecha sociocultural. Creo en la igualdad de oportunidades, no de resultados.
No, la educación clasicorrealista no es elitista en el plano económico, o por lo menos no debería serlo. Tengo una fundación que ofrece un posgrado en educación clasicorrealista y humanidades. En los tres años que llevamos, hemos concedido más de 100.000 euros en becas a quienes las han necesitado, entre las 175 personas que han pasado o están pasando por nuestros programas.
En cualquier caso, para evitar que este modelo sea un lujo en manos de unos pocos, tenemos que conseguir que la educación pública lo ofrezca o lo financie. Quien rechaza la excelencia porque la asocia con lo privado se está delatando: es un totalitario, como Robespierre, y un antiintelectual, como Rousseau.
Sí, la educación clasicorrealista es rotundamente elitista en el plano cultural e intelectual
"Pide que la escuela pública ofrezca este modelo. Pero bebe de Aristóteles y Tomás de Aquino, una tradición muy presente en la escuela católica. ¿Es una propuesta confesional? ¿Puede aplicarla un colegio público y laico?
–La educación clasicorrealista se inspira en la tradición griega, que no es confesional, y en la patrística, que sí lo es. Pero tengo que discrepar de la premisa de la pregunta. Creo que la gran mayoría de los colegios católicos de hoy están alejados de los planteamientos verdaderamente clásicos. Por un lado, como decía Maritain, muchos arrastran tics mecanicistas y voluntaristas. Por otro, muchos se han entregado en cuerpo y alma al constructivismo; pienso que para disfrazar su mecanicismo, y también por complejo y por el afán de que se les asocie al progreso y a la modernidad.
Ahora mismo hay en España miles de padres huérfanos de colegios para sus hijos. Ojalá hubiese recursos, públicos o privados, da igual, para montar un colegio clasicorrealista.
Mientras ese colegio no llega, usted forma a docentes a través de un posgrado. ¿Qué responde a quien diga que sus críticas al sistema también abren mercado a su propuesta?
–El posgrado lo ofrece una fundación sin ánimo de lucro. Lo hice así precisamente para evitar que los intereses comerciales acabaran condicionando el planteamiento. La Fundación CLE Catherine L’Ecuyer es una fundación humilde que depende cada año de las inscripciones y de las donaciones para su sostenibilidad. Cuando hay beneficios, se reinvierten en la fundación, porque no tenemos accionistas.
Soy plenamente consciente de las críticas de dirigentes de empresas educativas cuyos modelos de negocio se ven amenazados por el trasfondo de mi propuesta. Lo que hacemos es lo de siempre, pero hoy lo de siempre se ha vuelto revolucionario. De hecho, cada año hay candidatos que me cuentan que su colegio les prohíbe cursar el posgrado y se dan de baja con mucha pena. Otros lo hacen, pero no se lo dicen a sus jefes. En realidad, todas esas críticas son positivas, porque alimentan el interés por el posgrado: la gente lo cursa con la sensación épica de estar haciendo algo bueno de forma clandestina.
Dice que lo que hacen es «lo de siempre». Hoy se habla mucho de método socrático, de Trivium, de clásicos… ¿Qué se está vendiendo como educación clásica sin serlo?
–Lo terrible es la manipulación que se hace hoy de ella. Se deforma con eufemismos. Se usa «método socrático» para hablar de un diálogo consensuado en vez de la búsqueda de la verdad; se llama «libros clásicos» a los cómics de Batman; se habla de «cibersabiduría», de «virtudes cívicas» (ese concepto no existe en Aristóteles), de «término medio» para describir un compromiso entre dos errores, y del Trivium para describir propuestas vacías. Por eso decidí acuñar la expresión «educación clasicorrealista»: quiero dejar claras las raíces filosóficas realistas de mi propuesta y evitar malas interpretaciones y usurpaciones vacías del concepto.
Primero, tiene que formarse en un sitio serio y buscar un colegio que acoja su forma de entender la educación. Es muy difícil ir a contracorriente, y hay un peligro real de que los buenos maestros acaben quemándose o de que la profesión se convierta en el cajón de sastre de los alumnos que no tienen nivel para entrar en ninguna otra carrera exigente. ¿Queremos que sean esas personas las que formen a nuestros hijos? Esa es la razón por la que puse en marcha la Fundación CLE. No vale quejarse sin hacer nada. Si uno tiene ideas que considera valiosas para mejorar la educación, por pequeña que parezca su contribución, tiene que estar dispuesto a entregar su vida por ellas.
Si uno tiene ideas que considera valiosas para mejorar la educación, por pequeña que parezca su contribución, tiene que estar dispuesto a entregar su vida por ellas
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