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Cómo Francia cuida —y España no— la estética en la evangelización

Reflexiones pedagógicas sobre el contraste entre el recurso al arte en los viajes de León XIV a España y Francia.

Santiago MataViernes, 2 de octubre de 2026
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Los viajes del Papa León XIV a España (junio de 2026) y a Francia (septiembre de 2026) dan pie para un experimento comparativo. Aunque ambas naciones compartimos tanto las raíces históricas de la fe como la secularización, el recurso a los símbolos artísticos, a la historia, y la apelación a la belleza en todas sus formas fue muy diferente en la organización de un viaje para el que, en muchos sentidos, los españoles partíamos con ventaja (para empezar, aquí estuvo seis días y allí cuatro). El caso es que la organización francesa supo desplegar la via pulchritudinis (el camino de la belleza) para evangelizar en recintos laicos, mientras que la organización en España descuidó notablemente las formas artísticas del misterio sacro. Más que una queja, el análisis de lo sucedido puede servir de recurso para hacerlo mejor… cuando haya ocasión.

Menos piedad popular y más dramatismo

En Francia, donde la práctica religiosa habitual es inferior al 5% y rige un modelo de laicidad estatal estricto, la Iglesia no podía confiar en la inercia de la costumbre: tenía que ponerse las pilas. La adscripción católica ha dejado de ser una herencia sociocultural pasiva para convertirse en una elección personal y consciente, como evidencia el dato de que en la Pascua de 2026 se bautizaron 21.386 adultos. La organización gala recurrió al camino de la belleza como principal herramienta pedagógica para atraer al  público. Por ello, desplegó una audaz dramaturgia en escenarios neutros o cívicos —como estadios, plazas republicanas y la sede de la UNESCO—, recurriendo a la polifonía de alto nivel, la escenografía de impacto y a un relato histórico épico hasta extremos casi provocadores.

España, por el contrario, acogió al Pontífice como si no fuera necesario recurrir a la riqueza patrimonial o artística, casi dando por supuesto que la devoción popular satisfaría cualquier expectativa (como así fue). Las celebraciones ocuparon recintos sacros y cívicos de tradición viva: la Sagrada Familia de Barcelona, la Abadía de Montserrat, la Catedral de la Almudena o la Plaza de Cibeles en Madrid y de hecho todo el Paseo de la Castellana (vigilia y Misa de Corpus Christi). Confiando en que el arte eclesial y la arquitectura ya «habitaban» los espacios, la organización española evitó construir un escenario cultural elaborado. Mientras la «patria de la laicidad» cuidó minuciosamente la estética como vehículo de misión, la Iglesia en España prefirió un perfil bajo, en ocasiones mediocre, descuidando el recurso a los símbolos que ayudaran a comprender y vivir mejor los sacramentos. Y, por lo que se refiere a la historia, el contraste llega a ser ofensivo.

Historia: la épica mitificadora en contraste con el olvido

El contraste en el tratamiento de la historia es una de las diferencias más acusadas entre ambas visitas papales. En la vigilia juvenil celebrada en el Stade de France ante 80.000 jóvenes, la organización francesa presentó un imponente «fresco de los santos» concebido por el director escénico Jean-Baptiste Darantière. Mediante diez cuadros alegóricos interpretados por un centenar de actores, jinetes y figurantes, la escenografía proyectó sin complejos la memoria espiritual de la nación: desde el desembarco legendario de santa María Magdalena y san Lázaro en la Provenza, la irrupción victoriosa de santa Juana de Arco al galope, hasta santa Teresa de Lisieux y san Carlos de Foucauld repartiendo rosas en bicicleta. Esta propuesta al estilo Puy du Fou, desató un vibrante debate entre quienes aplaudieron la audacia de conmover mediante la emoción estética y quienes criticaron una supuesta «espectacularización» de la fe.

En España, en cambio, nadie se propuso contar la historia de nuestra fe y de nuestros santos… y el Papa tuvo que hacerlo. A pesar de contar con un bagaje hagiográfico y cultural en todos los sentidos superior al de Francia, la organización no mostró el más mínimo orgullo por la vivencia de la fe. Tuvo que ser el propio León XIV quien, en sus intervenciones institucionales en el Palacio Real o en el Congreso de los Diputados, ejerciera de suplente cultural recordando la importancia de la vivencia de la fe transmitida por el mismo Apóstol Santiago o la genialidad del pensamiento ético-jurídico de la Escuela de Salamanca: por comparación, los franceses, que no pueden enorgullecerse de haber sido evangelizados por un apóstol, recurrieron descaradamente a una leyenda como la de que fueran allí Santa María Magdalena y San Lázaro, haciéndolos entrar en barca en el Stade de France: con ese nivel de rigor, los españoles podrían haber esgrimido la presencia no solo de Santiago, sino también la de San Pablo y hasta de San Pedro.

Esta falta de audacia simbólica en España se hizo evidente también en el uso de las reliquias y la orfebrería. Para propiciar el momento cumbre en el estadio parisino, los organizadores franceses trasladaron la Sagrada Túnica de Argenteuil (venerada como la túnica de la Pasión) junto a 60 reliquias mayores, logrando que 80.000 jóvenes guardaran un silencio sobrecogedor durante minutos. En España, donde el acto con los jóvenes en Madrid incluyó un rato mucho más largo de Adoración Eucarística —teológicamente muy superior a la veneración de reliquias—, se desaprovechó la oportunidad de arropar el Santísimo Sacramento con obras de arte de primer orden. Bastaba con haber recurrido a la grandiosa Custodia de Arfe de Toledo, que ya presidió la Adoración en la JMJ de Madrid 2011: ¿Temieron repetir estéticas por «miedo al triunfalismo» o fue sencillamente mediocridad y falta de ambición artística?

Un nuevo contraste, aunque hasta cierto punto improvisado en la parte francesa, se produjo respecto a las confesiones en lugares públicos. Durante las horas previas a la gran Misa en la Plaza de la Concordia, los Campos Elíseos se convirtieron en un improvisado y masivo «confesionario a cielo abierto». Decenas de sacerdotes se sentaron a lo largo de la acera de la avenida más famosa del mundo para administrar el sacramento de la reconciliación a filas ininterrumpidas de jóvenes. Las imágenes de estas confesiones a pie de calle se hicieron virales en redes sociales —alcanzando más de 300.000 visualizaciones en el perfil del reportero Paul Larrouturou—, impactando al público por su frescura y naturalidad.

El viaje apostólico del papa León XIV a España en junio de 2026, a diferencia de la JMJ de 2011 con sus numerosos confesonarios instalados en el Parque del Retiro, no contó con la presencia de confesionarios en espacios públicos durante sus actos centrales. La organización, encabezada por la Archidiócesis de Madrid, optó por habilitar «centros de escucha» o zonas de diálogo con consejeros pastorales, una fórmula de acompañamiento no sacramental. Esta decisión, justificada oficialmente por razones logísticas y por la naturaleza distinta del evento respecto a una JMJ, fue interpretada por diversos sectores como una oportunidad perdida para visibilizar el sacramento de la reconciliación en la vía pública, poniendo de relieve, una vez más, cierta reticencia institucional a desplegar signos de fe explícitos y rotundos en el espacio urbano.

La belleza de la música como expresión de la fe

En Francia, la música no funcionó como un mero acompañamiento de fondo, sino como un motor de la oración. Mientras las vísperas en la restaurada Catedral de Notre-Dame hacían vibrar el templo mediante la polifonía y el órgano sinfónico, en el Stade de France se dieron cita los 2.500 jóvenes coristas de Ecclesia Cantic. La interpretación del Ave Maria de Vavilov/Caccini por la solista Monroe junto a la Maîtrise de Reims alcanzó cuotas de elevada finura lírica.

Sin embargo, el clímax emocional no tuvo lugar en un gran estadio, sino en el Accueil Notre-Dame de Lourdes, donde la pequeña Eva Molenmaker, de tan solo 13 años y vestida de pastora conforme al papel que desempeña en un musical sobre Santa Bernardette, interpretó a capela la plegaria Quand tu t’en iras ante el Pontífice y los enfermos, en un instante de despojada belleza que conmovió a la asamblea.

 

En España, la dimensión musical sufrió interferencias organizativas. En la Sagrada Familia de Barcelona, un proyecto coral preparado para la ocasión fue lamentablemente suprimido por tensiones políticas locales. En otros actos culturales —como el encuentro con el mundo de la cultura en el Movistar Arena—, la organización prefirió recurrir al arte profano, como el flamenco de la bailaora Sara Baras. Aunque de indudable valor plástico, este recurso al folclore evidenció una incapacidad para programar música sacra contemporánea de alta calidad o polifonía clásica, mostrando cierta prevención a ofrecer un lenguaje litúrgico o sacro explícito en la esfera pública. Los cánticos con que se preparó la llegada de León XIV al Stade de France y los que se cantaron en presencia del Papa arrollan, sea quien sea el que los compare, a la actuación del grupo del musical Godspell que intervino en presencia de León XIV en la Plaza de Lima: las imágenes evidencian que los jóvenes presentes no conectaron con esa estética difícil de calificar y que desde luego para nada invitaba a rezar. La buena intención no basta, es lo mejor que puede decirse de ese espectáculo.

Adoración y misterio: el envoltorio no lo es todo

En ambos países, los templos eran insuficientes para los grandes actos. En Francia, la Iglesia no dudó en «sacralizar» espacios profanos o laicos como el Stade de France, la Plaza de la Concordia o la sede de la UNESCO. En estos recintos desapegados de tradición religiosa, la organización francesa logró generar instantes de denso recogimiento. España disfrutó de la ventaja de celebrar sus actos en templos vivos y plazas de resonancia histórica (Cibeles, la Castellana, la Catedral de la Almudena, Montserrat). Teológicamente, la organización española alcanzó el punto más alto de ambos viajes al situar la Adoración Eucarística en el centro de la vigilia juvenil en Madrid, mientras que los franceses se conformaron con venerar reliquias. Sin embargo, la verdad teológica no excusa el descuido formal. Mientras los franceses supieron arropar una devoción secundaria (una reliquia) con un despliegue estético memorable, España ofreció el misterio supremo de la fe (la Eucaristía) enmarcado en una escenografía anodina, desaprovechando el inmenso tesoro de su orfebrería y arte sacro. Y eso que, evidentemente, puestos a competir en reliquias, si los españoles hubieran querido emplearse a fondo, hubieran podido proponer al Papa venerar el Santo Sudario de Oviedo, el Cáliz de la Última Cena (grial) de Valencia, y hasta el Mantel de Coria, mientras que los franceses lo dieron todo y, además de llevar la Túnica al Estadio, llevaron al Papa a venerar la Corona de Espinas en Notre Dame.

Más vale exagerar que quedarse cortos

El viaje de León XIV a Francia desencadenó cierta controversia entre la intelectualidad gala. Mientras el académico Jean-Marie Rouart (de la Académie Française) censuró la puesta en escena del Stade de France calificándola de «caricaturesca» y denunciando una supuesta «rendición del catolicismo ante la mercadotecnia del espectáculo», pensadores como Philippe de Villiers (que, no en vano, es el fundador de Puy du Fou) defendieron que, en una sociedad desacralizada, la emoción estética y la narrativa épica son vehículos indispensables para volver a conmover el corazón de los jóvenes: algo que se habría logrado desde el primer minuto, cuando las campanas en toda Francia sonaron para dar la bienvenida al Papa (en España se hizo en Madrid… y en la comarca de la Vega Baja de Alicante).

El modelo francés muestra que la belleza no es un adorno superfluo, sino un camino misionero. España, que posee una fe arraigada y el mayor patrimonio de arte sacro de la cristiandad, y además es la cuna del mayor número de santos (los franceses se enorgullecieron abiertamente -y de nuevo sin poder probarlo- de ser segundos también en esto) no necesita importar modas ni recelar de su pasado; necesita perder el complejo de inferioridad cultural, superar el «miedo a repetir» o a ser tildada de triunfalista y cuidar con audacia la dirección artística de sus actos eclesiales, para facilitar que la fe vuelva a interpelar con fuerza a la sociedad del siglo XXI.

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