Marta Perlado: "La universidad debe dotar de criterio y de sentido ante el exceso de información"
La Universidad Nebrija ha inaugurado este miércoles 14 de octubre el curso académico 2026-2027 con una lección de Marta Perlado sobre las transformaciones de la comunicación y las artes, el impacto de la inteligencia artificial y la responsabilidad de formar a jóvenes capaces de crear sentido.
La Universidad Nebrija ha celebrado este miércoles 14 de octubre su acto solemne de Apertura del curso académico 2026-2027. La ceremonia, desarrollada desde las 11:30 horas en el Salón de Grados del Campus de la Politécnica y Ciencias Sociales en Madrid-Princesa, ha reunido a autoridades, representantes institucionales, profesores, estudiantes y miembros de la comunidad universitaria.
El rector de la Universidad Nebrija, José María Ortiz, ha situado el inicio del curso ante la incertidumbre del futuro y una realidad cambiante. La institución, ha señalado, no puede saber con precisión cómo será dentro de diez o quince años, qué profesiones habrán surgido, qué tecnologías se utilizarán o qué conocimientos considerados hoy imprescindibles habrán dejado de serlo.

Ante ese horizonte, Ortiz ha propuesto desarrollar una inteligencia positiva, entendida no como un optimismo ingenuo, sino como la capacidad de descubrir posibilidades aún invisibles. La universidad está acostumbrada a detectar riesgos, carencias y problemas, ha explicado, pero también debe aprender a reconocer el talento que todavía no se ha desarrollado, aquello que un estudiante puede llegar a aprender, lo que un profesor puede enseñar y lo que un investigador puede descubrir.
El rector ha defendido además la necesidad de explotar y explorar simultáneamente: consolidar aquello que la institución ya sabe hacer y, al mismo tiempo, adentrarse en territorios desconocidos. Esa tensión obliga a la universidad a ser eficiente y creativa, especializada e interdisciplinar, flexible, tecnológica y profundamente humana, preservando la tradición sin renunciar a cuestionarla.
La inteligencia artificial concentra buena parte de esas contradicciones. Ortiz ha afirmado que la universidad deberá enseñar a trabajar con ella mientras continúa aprendiendo a utilizarla. Cuando las máquinas sean capaces de ofrecer respuestas cada vez mejores, ha advertido, los docentes tendrán que enseñar a formular mejores preguntas; cuando la información sea prácticamente ilimitada, deberán formar criterio y creatividad; y cuando los algoritmos intervengan en decisiones complejas, será imprescindible educar el juicio ético de quienes los utilizan.

Esta reflexión prolonga algunas de las ideas que el rector ya había compartido en una entrevista con Magisterio sobre la misión humana de la universidad. En su discurso de apertura, Ortiz ha insistido en que la estrategia universitaria no debe limitarse a anticipar el futuro, sino que debe intentar crearlo, impulsando oportunidades y preparando a los estudiantes para participar activamente en la construcción de la sociedad que desean encontrar.
La lección inaugural ha corrido a cargo de la profesora Marta Perlado Lamo de Espinosa, decana de la Facultad de Comunicación y Artes. Su intervención ha partido de una mirada personal a los treinta años transcurridos desde sus primeras clases en Nebrija, en 1995, para recorrer la profunda transformación tecnológica experimentada por la información, la comunicación, las relaciones personales y la creación artística.

En aquel momento, ha recordado, los teléfonos móviles todavía no formaban parte de la vida cotidiana, Google no existía, tampoco las redes sociales y la inteligencia artificial permanecía en el territorio de la ciencia ficción. Sin embargo, profesores y estudiantes compartían ya una misma necesidad: comprender el mundo, encontrar un lugar en él y aprender a crear y comunicar.
Para Perlado, esas capacidades nunca han consistido únicamente en producir obras o transmitir mensajes. Son formas profundamente humanas de interpretar la realidad, darle forma y compartirla con los demás. Por eso, comprender los cambios vividos durante estas décadas exige mirar más allá de las herramientas y preguntarse cómo se han transformado nuestra forma de pensar, nuestra convivencia y nuestra relación con el tiempo.
Uno de los primeros grandes cambios analizados por la decana ha sido el paso del acceso al exceso. Internet y los buscadores facilitaron la localización de contenidos que antes exigían largas búsquedas, pero esa abundancia ha creado un problema diferente: la dificultad para orientarse entre una cantidad de información que desborda la capacidad humana.
Perlado ha recurrido a la imagen de una biblioteca en la que conviven lo verdadero y lo falso, lo comprensible y lo absurdo. En ese escenario, el reto ya no consiste únicamente en encontrar información, sino en determinar qué merece atención, qué fuentes resultan fiables y qué contenidos ayudan realmente a comprender la realidad.
También ha cambiado quién puede tomar la palabra. Durante buena parte del siglo XX, llegar a grandes audiencias exigía atravesar los filtros de la televisión, la radio o la prensa. Las plataformas digitales y las redes sociales han abierto nuevas vías para que personas, marcas y creadores alcancen una visibilidad masiva sin recorrer los caminos tradicionales del reconocimiento.
El caso de Palomo Spain, impulsado desde un pequeño municipio cordobés y proyectado internacionalmente después de que Beyoncé luciera una de sus creaciones, le ha servido para explicar la alteración de la relación entre visibilidad y autoridad. Si antes la autoridad solía preceder al reconocimiento público, ahora la influencia digital puede aparecer primero y construir después una nueva legitimidad.
La decana ha dedicado otra parte de su conferencia a una paradoja de la vida contemporánea: nunca habían existido tantas posibilidades para comunicarse y, sin embargo, hablamos menos y compartimos menos conversaciones presenciales. Podemos permanecer permanentemente conectados y, al mismo tiempo, dejar de encontrarnos con las personas que verdaderamente nos importan.
Muchas conversaciones cotidianas han desaparecido con la digitalización. Ya no necesitamos preguntar una dirección porque utilizamos el GPS, hablar con un dependiente porque compramos por internet o acudir al banco porque realizamos las gestiones desde una aplicación. Esos intercambios podían parecer menores, pero formaban parte del tiempo compartido y de nuestra relación habitual con los demás.
La mensajería instantánea también ha modificado el modo de convivir. Una llamada obliga a dos personas a coincidir, mientras que una conversación escrita permite responder en cualquier momento. Esa comodidad ha aportado libertad, pero también ha debilitado ciertas experiencias de presencia. Como resumió Perlado a partir de distintos ejemplos publicitarios y artísticos, estar comunicados y compartir verdaderamente un espacio no son experiencias equivalentes.
La relación con el tiempo ha vivido una transformación similar. Hace tres décadas, esperar formaba parte de la experiencia cotidiana y universitaria. Hoy, la velocidad permanente alcanza las noticias, los mensajes, las películas, los pódcast y el aprendizaje. Tratamos de acelerarlo todo para ahorrar minutos, aunque esa búsqueda de rapidez convive con una creciente falta de tiempo.
Esta aceleración se relaciona directamente con la economía de la atención. Plataformas, medios, marcas y creadores compiten por un recurso limitado frente a una oferta de estímulos prácticamente infinita. Perlado ha recordado el éxito de contenidos aparentemente triviales para mostrar hasta qué punto la curiosidad puede convertirse en un negocio y la distracción, en una presencia constante.
La transformación también alcanza a las artes. Las disciplinas que antes ocupaban territorios claramente delimitados se cruzan ahora en unas fronteras creativas cada vez más permeables. La literatura puede convertirse en sonido, el sonido en imagen y la imagen en materia, generando lenguajes híbridos que ya no encajan fácilmente en una única categoría.
Perlado ha mencionado obras y proyectos vinculados a la propia Universidad Nebrija para mostrar cómo las artes escénicas, el audiovisual, la palabra, el diseño y el arte textil pueden dialogar entre sí. En estas creaciones, la pregunta sobre la disciplina concreta pierde importancia frente a aquello que surge cuando diferentes formas de expresión se encuentran.
La publicidad ofrece otro ejemplo de esa evolución. La campaña en la que Lola Flores reaparecía en pantalla décadas después de su fallecimiento mostró las posibilidades de la recreación digital y de la inteligencia artificial. Sin embargo, Perlado ha subrayado que la tecnología actuaba como herramienta al servicio de una idea humana: reivindicar el acento, la identidad y las raíces culturales.
La inteligencia artificial generativa ha llevado ese proceso más lejos al producir textos, imágenes, voces y sonidos a partir de indicaciones. Con ella aparece una incertidumbre decisiva: si podemos generar representaciones de hechos que nunca ocurrieron, resulta más difícil establecer qué es real. Durante la dana de Valencia, ha recordado, una imagen falsa fue aceptada como auténtica mientras una fotografía verdadera llegó a ser señalada como artificial.
La consecuencia no es solo que podamos creer contenidos inventados, sino que empecemos a desconfiar de aquello que sí ha sucedido. A esto se suma la selección algorítmica: las plataformas ofrecen contenidos distintos según los intereses y comportamientos de cada usuario. El problema, ha advertido, ya no es solo que interpretemos de forma diferente los acontecimientos, sino que quizá ni siquiera estemos observando la misma realidad. Ahí comienza una enorme responsabilidad universitaria.
Ante estos cambios, Perlado ha evitado ofrecer respuestas definitivas, pero ha identificado algunas capacidades que la universidad debe fortalecer. La primera es el criterio propio, especialmente necesario en la comunicación y las artes, donde seleccionar, interpretar y representar la realidad condiciona la forma en que otras personas llegan a conocerla. Formar criterio significa aprender a reconocer qué merece nuestra atención y por qué.
Ese aprendizaje no puede reducirse a una explicación teórica. Los estudiantes deben ejercerlo cuando elaboran una información, deciden cómo contar una historia, participan en una emisión radiofónica o desarrollan una propuesta creativa. El desafío para el profesor consiste en acompañar ese proceso sin imponer su propia mirada y ayudando al alumno a fundamentar sus decisiones.
La segunda capacidad es la responsabilidad. Una creación o un mensaje no terminan cuando se hacen públicos, sino que entran en la experiencia de otras personas. Ponerse delante de un micrófono, publicar una noticia o lanzar una campaña implica reconocer que las palabras y las imágenes pueden producir consecuencias reales más allá de quien las crea.
La tercera capacidad es la reflexión. Una primera idea no tiene por qué ser la definitiva y puede mejorar al contrastarla, probarla o revisarla. La inteligencia artificial permite obtener resultados en segundos, pero llegar antes a una respuesta no significa que el proceso creativo haya dejado de ser necesario. La educación debe reservar tiempo de reflexión y enseñar cuándo la rapidez aporta valor y cuándo empobrece el trabajo.
En este contexto, Perlado ha señalado que entre los jóvenes empieza a aparecer una demanda de mayor serenidad y una cierta añoranza de la calma anterior al algoritmo. Algunos estudiantes regresan a las aulas no solo para obtener un título o mejorar su empleabilidad, sino por el deseo de pensar y aprender de otra manera, sin someter cada experiencia a la productividad inmediata.
La parte final de la lección ha convergido en una tarea: crear sentido. Las herramientas serán cada vez más avanzadas y podrán seleccionar y generar contenidos que hasta hace poco solo producían las personas. Pero ninguna tecnología puede sustituir por completo la decisión humana acerca de qué merece la pena crear, qué queremos expresar y qué deseamos compartir con los demás.
Para Perlado, la universidad tendrá que adaptar sus disciplinas, incorporar nuevos lenguajes y revisar sus formas de enseñar. No siempre acertará ni podrá anticipar todas las transformaciones, pero deberá aprender mientras avanza y aceptar el error como parte del proceso. La rapidez de los cambios no elimina la necesidad de detenerse, pensar, contrastar y volver sobre aquello que todavía no está terminado.
La decana ha cerrado su intervención con una imagen del equipo de la Facultad de Comunicación y Artes, formado por docentes y personal de administración y servicios. Después de tres décadas de transformaciones, ha afirmado, la facultad continúa siendo esencialmente un lugar de personas, sostenido por el compromiso y generosidad de quienes enseñan, investigan, gestionan y acompañan a los estudiantes.
Las herramientas, los lenguajes y las profesiones han cambiado desde 1995, y seguirán haciéndolo con una intensidad difícil de prever. Sin embargo, Perlado ha defendido que la capacidad de adaptación forma parte de la identidad universitaria y que esa evolución solo tendrá sentido si consigue transformar también a quienes pasan por las aulas.
La lección inaugural ha dialogado así con el mensaje del rector. La Universidad Nebrija inicia el curso sin un mapa preciso de lo que ocurrirá durante la próxima década, pero, en palabras de Ortiz, con una brújula de valores basada en la exigencia, el compromiso y la generosidad. Frente a la incertidumbre, ambos discursos han coincidido en una misma tarea: formar personas capaces de pensar, relacionarse, crear oportunidades y hacer de la universidad el lugar donde el futuro sucede.
