José María Ortiz, rector de Universidad Nebrija: ""La forma más alta de vida humana no es la inteligencia, es el amor"

La conversación con José María Ortiz, rector de la Universidad Nebrija, arranca con naturalidad, distinguiéndole de cualquier IA y termina dibujando una idea nítida: la universidad no debe limitarse a gestionar conocimientos, sino a formar personas capaces de pensar, cuidar, amar y seguir adelante en un tiempo atravesado por la inteligencia artificial, la salud mental y la exigencia académica.
José Mª de MoyaMartes, 5 de mayo de 2026
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En tiempos de inteligencia artificial, pantallas, hiperconexión y malestar emocional, José María Ortiz propone volver a una pregunta esencial: qué significa educar a una persona. Rector de la Universidad Nebrija y con una trayectoria marcada por la reflexión sobre el corazón, el cuidado y la tecnología, Ortiz recorre en esta conversación algunos de los grandes dilemas de la educación actual.

Inteligencia artificial, pero con brújula

Ortiz defiende que la inteligencia artificial es una herramienta decisiva en este cambio de época, pero también una prótesis que no debe convertirse en sustituto de la responsabilidad humana. Su reflexión fue clara: la IA ayuda a resolver problemas con rapidez, pero la educación no puede reducirse a la eficiencia. Lo importante sigue siendo hacerse buenas preguntas, no solo encontrar respuestas inmediatas.

El rector insistió en que la universidad no puede ser un «parque jurásico«. Los estudiantes llegan con nuevas formas de aprender, de trabajar y de relacionarse con el mundo, y la institución debe acompañar ese movimiento sin renunciar a la reflexión crítica. Por eso, a su juicio, la IA abre preguntas sobre derechos, regulación, modelos de negocio y, sobre todo, sobre qué significa hoy formar a una persona íntegra.

Salud mental, atención y vínculos seguros

La entrevista también dejó espacio para una de las grandes preocupaciones del momento: la salud mental del alumnado. Ortiz recordó que los problemas de atención, motivación y recursos cognitivos se han intensificado, especialmente tras la pandemia, y que los centros educativos perciben ya estas dificultades mucho antes de lo que ocurría hace unos años. La conversación se volvió especialmente reveladora cuando vinculó el malestar emocional con la falta de apego seguro, la polarización y la desconfianza social.

Su diagnóstico fue tan sencillo como incómodo: nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, tan aislados. Desde esa perspectiva, la educación no puede conformarse con instruir; debe también ofrecer vínculos estables, referencias positivas y una comunidad que ayude a mirar mejor a los demás. El objetivo no es solo saber más, sino convivir mejor.

Exigencia frente a la falsa comodidad

Otro de los asuntos centrales fue la caída del nivel de exigencia. Ortiz sostuvo que durante años se ha extendido la idea de que a los jóvenes había que darles todo fácil y pronto, y eso ha reducido su capacidad de frustración. La universidad, explicó, debe ir a contracorriente: recuperar la disciplina, el esfuerzo y el sentido de la responsabilidad cotidiana.

Hubo incluso ejemplos concretos, como el de la biblioteca donde no cabe jugar al Mus o el de las normas básicas de convivencia que ya no siempre se dan por supuestas. Detrás de esa anécdota late una convicción: la educación no consiste en poner carteles para todo, sino en formar criterio, hábitos y sentido común. Y eso, en un tiempo de quejas permanentes, se ha vuelto casi revolucionario.

Nebrija, un proyecto humanista e innovador

Cuando habló de la Universidad Nebrija, Ortiz la definió como un proyecto familiar, innovador y con valores humanistas. La elección del nombre, recordó, no es casual: Nebrija remite al primer gran gramático de la lengua vernácula, símbolo de una innovación puesta al servicio de la cultura. Desde ahí, la universidad se presenta como una institución donde el proyecto educativo manda sobre el meramente empresarial.

El rector insistió en que el fin último es la búsqueda de la verdad y del bien, dos ideas clásicas que siguen dando sentido a la vida universitaria. Su propuesta se distancia tanto de una lógica puramente económica como de una visión burocrática de la enseñanza. En su relato, la universidad debe ser un espacio donde se aprende a pensar, a cuidar y a seguir creciendo.

La PAU y una vara de medir más homogénea

La entrevista cerró con una reflexión sobre la PAU, a la que Ortiz ve mejorable, aunque no injusta en términos absolutos, porque nada lo es del todo en la vida. A su juicio, lo importante es avanzar hacia una prueba lo más homogénea posible, con distritos similares y criterios comparables, para evitar desigualdades que hoy todavía aparecen entre territorios y centros.

Su metáfora fue precisa: la foto puede salir mejor o peor, pero si la vara de medir es la misma, el sistema gana en credibilidad. También aquí apareció una idea de fondo muy suya: la plenitud no consiste en llegar y quedarse quieto, sino en seguir intentándolo. Y quizá ahí esté la clave de toda la conversación: una universidad que no renuncia a la inteligencia, pero que coloca el amor, el cuidado y la exigencia en el centro de su misión.

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