Mi grupo de alumnas

María López Martínez
Ganadora de la XXII edición www.excelencialiteraria.com
5 de noviembre de 2026
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Algunas me llaman profe; otras, acostumbradas a la educación inglesa, «miss»; muchas de ellas, María, y aquellas que no se acuerdan de mi nombre me plantean sus dudas directamente.

Cada tarde, cuando empieza nuestra clase, no todas entran con una sonrisa y con ganas de superarse. Todo lo contrario: hay lágrimas por no querer separarse de sus madres. Es decir, los comienzos no son siempre de color de rosa, pero, tal y como dice mi madre, «no es cómo se empieza, sino cómo se acaba», y todas salen por la puerta deseando volver.

A veces que pienso que dedicar dos horas, tres días a la semana, a ejercitar el cuerpo de una niña que apenas supera el metro de altura es demasiado, pero las veo divertirse, disfrutar y hacer lo que más les gusta. Entonces me doy cuenta de que estaba equivocada. Aquí aprenden, entre otras muchas cosas, a controlar su cuerpo, a trabajar en equipo, a ganar equilibrio, a coordinarse… Aunque yo soy la que más aprendo, pues cada una de mis alumnas es un mundo distinto. Explicar cómo hacer un movimiento determinado a una de ellas no es lo mismo que explicárselo a otra. Además, enseñar no consiste en repetir, sino en encontrar el método para llegar a cada una de esas niñas. Algunas aprenden jugando, otras son más serias y a algunas les bastan unas palabras clave que les ayuden a recordar el baile.

Cuando viene una niña nueva al club, empieza su andadura con mi compañera y conmigo. Como son muchas, ella y yo nos las repartimos a partes iguales. He de confesar que suelo quedarme con las más pequeñas, a las que hay que explicarles todo sin dar nada por sentado. Y eso es lo que más me gusta: acompañarlas en sus primeros pasos y ver cómo, poco a poco, van creciendo y descubriendo todo lo que son capaces de hacer. Eso sí, nunca me privan de la narración de sus aventuras en el recreo del colegio, ni de compartir conmigo su ilusión ante la lista de regalos que le envían a Papá Noel antes de Navidad, o su emoción al levantar la almohada y descubrir la sorpresa que el Ratoncito Pérez les ha dejado. Son momentos que me hacen conectar con la niña que fui.

Pero la razón por el que todo este esfuerzo merece la pena no está en los resultados, mejores o peores, que cada alumna pueda conseguir en una competición, sino la satisfacción cuando una madre se me acerca para decirme: «Mi hija está encantada. Se lo pasa genial y después, cuando llegamos a casa, no para de hablar del entrenamiento. ¡Se pasa todo el día con la pierna arriba mientras ve la tele!».

Al salir del polideportivo hacia mi casa, doy gracias a cada una de mis alumnas por enseñarme a ser mejor persona. En mi interior también agradezco la suerte que tengo de poder enseñar el deporte que más me gusta: la gimnasia rítmica.

María López Martínez, ganadora de la XXII edición www.excelencialiteraria.com

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