"El Papa urge a centrar la Historia en la dignidad humana, y no en la ideología" (J. Barraycoa)
El 8 de junio de 2026, el Papa León XIV recordó ante el Parlamento español que «toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana», una dignidad que «precede a toda concesión del Estado». El Pontífice evocó cómo, hace quinientos años, la Escuela de Salamanca introdujo en la historia la pregunta por «el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder». Este hito del pensamiento hispano choca frontalmente con la visión que a menudo se imparte en las aulas sobre la Revolución Francesa como culmen absoluto de las libertades.
Para profundizar en este contraste y ofrecer herramientas a los profesores de Ciencias Sociales, dialogamos con Javier Barraycoa, profesor de Sociología en la Universitat Abat Oliba y autor de numerosos ensayos históricos. Barraycoa nos invita a desmitificar la Revolución Francesa, mostrando cómo su concepto de «voluntad general» derivó en el primer genocidio moderno en La Vendée y sentó las bases de los totalitarismos, advirtiendo del peligro de enseñar una historia donde la ideología pise la dignidad de la persona.
Sin duda. Lo que el Papa nos recuerda es fundamental: la dignidad humana pertenece a todo ser humano por el hecho de existir y no puede quedar subordinada a consensos mudables. La Revolución Francesa inauguró el contractualismo romántico heredero de Rousseau, donde la «voluntad general» se convierte en un nuevo absolutismo que, si la reduces a la mitad más uno, acaba deshaciendo a la otra mitad. En realidad, lo que trajo la Revolución Francesa fue cambiar el rey absoluto por el parlamento absoluto. El Estado moderno nace con la vocación de concentrar todo el poder político y cree que no puede permitirse que exista otro poder, como el poder espiritual de la Iglesia.
Esta es la visión que la Revolución Francesa nos ha legado, pero parte de la confusión de pensar que la Iglesia es un poder competidor: el Papa ha dejado claro que la misión de la Iglesia en este campo es defender esa dignidad de la persona humana sobre la que ningún poder tiene capacidad de decisión. Por eso León XIV ha dicho que la dignidad humana «precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables», recordando el discurso de Benedicto XVI ante el Parlamento alemán en 2011.
La Escuela de Salamanca limitó el poder basándose en la dignidad humana; la Revolución Francesa instauró un totalitarismo de la 'voluntad general' que aplasta a la mitad disidente
"Exacto, el lema que ha quedado para el recuerdo, «Libertad, Igualdad, Fraternidad», en versión original solía ser simplemente «Libertad o muerte». La Revolución no fue el levantamiento de la noche a la mañana de un pueblo oprimido, sino el proyecto de una burguesía ilustrada alimentada por filosofías que iban esencialmente contra la sociedad cristiana. Quien no aceptaba sus principios iba a ser exterminado. En su endiosamiento de la razón, llegaron a quitar a la Virgen María de Notre Dame para entronizar a una prostituta representando a la diosa Razón. Y para quebrar el tiempo cristiano, cambiaron el calendario, instauraron semanas de diez días y suprimieron totalmente la palabra «domingo».

Porque reconocer lo que pasó en La Vendée, supone romper el relato oficial de que la Revolución era obra del «pueblo» y que no podía implicar más que libertad. Fue un levantamiento inmensamente popular de campesinos que se negaron a servir a un ejército republicano regicida. Como respuesta, desde París se ordenó que la región se convirtiera en un «cementerio nacional» enviando las llamadas «columnas infernales». Allí se cometió el primer genocidio moderno, arrasándolo todo. A él me he referido en el libro en que lo relaciono con lo que también llamo «la primera cruzada moderna» (LibrosLibres).

Los campesinos de la Vendée fueron exterminados por negarse a servir a un Estado regicida y anticatólico: eran la prueba de que el Estado no era el pueblo
"Aplicaron formas de exterminio masivo y sistemático. El general Carrier inventó los ahogamientos masivos hundiendo barcazas llenas de prisioneros en el río Loira, al que bautizaron macabramente como «la bañera nacional». Llegaron a utilizar hornos para quemar a las víctimas —especialmente mujeres— y recuperar su grasa, e incluso desollaban los cadáveres para curtir la piel humana y convertirla en cuero para confeccionar pantalones. Frente a este horror, la gran salvaguarda de aquellos campesinos fue coserse en el pecho la imagen del Sagrado Corazón, convirtiendo su resistencia en la primera cruzada moderna.

Te lo quieren vender como un gran progreso, pero la primera Constitución de 1791 que abolió la esclavitud incluyó una disposición para que no se aplicara en las colonias, por lo que allí nunca se abolió. Y aún más grave para los trabajadores: la Ley Le Chapelier suprimió los gremios y prohibió la asociación obrera, una estructura profundamente cristiana del Antiguo Régimen para impedir que lo económico destruyera al hombre. ¡La Revolución Francesa estuvo prohibiendo la asociación obrera durante setenta años!
El problema de los revolucionarios fue intentar tratar al hombre con una lógica matemática, donde si la realidad no encaja con su «idea», se fuerza mediante el terror? —Ese es el problema del idealismo convertido en ideología. Partían del dogma de que el hombre es bueno por naturaleza. Como las cosas no les salían bien y la realidad les llevaba la contraria, decidieron que alguien estaba conspirando e inventaron la Ley de Sospechosos, destruyendo hasta la amistad al obligar a la gente a delatar a sus propios amigos. Llegaron a teorizar el terror como un instrumento político necesario para transformar la sociedad, acuñando la frase: «El terror os hará libres».
Cuando se fuerza la realidad para hacerla encajar con un dogma ideológico, se termina por afirmar que el terror os hará libres
"Es muy paradójico, porque los grandes tratados de la tolerancia del siglo XVII y de la Ilustración (como los de Locke o Mill) decían: «Vamos a tolerar a los que son como nosotros; a los demás (católicos, judíos…) ya no los toleramos». Es la intolerancia de los tolerantes. La modernidad se ha vuelto profundamente intolerante; como ya advirtió Tocqueville, hoy no te cortan la cabeza, pero te aplican la espiral del silencio y te «matan civilmente» si no encajas en su ideología. Frente a esto, la verdadera libertad, y así lo entiende el cristianismo, exige el derecho de buscar la verdad, y al mismo tiempo acepta el deber de comprender por qué el otro piensa diferente y se esfuerza por perdonar al pecador.
La verdadera libertad cristiana exige derechos, pero también comprende al diferente y perdona al pecador
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