Los profesores también necesitamos motivos para enseñar

Durante años hemos hablado mucho de la motivación del alumnado. De cómo conseguir que preste atención, participe, encuentre sentido a lo que aprende o se implique más en las actividades. Pero hablamos bastante menos de otra motivación que también importa: la del profesorado.
Juan FerreteLunes, 7 de septiembre de 2026
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"Este curso estamos intentando experimentar con otra posibilidad en el instituto donde trabajo, en el IES San Pascual de Dolores (Alicante). Vamos a introducir el tejido en diferentes niveles y espacios educativos, implicando progresivamente a alumnado, profesorado y familias", señala el autor.

No me refiero necesariamente a dejar de querer enseñar. Muchos docentes seguimos disfrutando profundamente de nuestra profesión. Me refiero a algo más cotidiano: preparar actividades que terminan cuando el alumno las entrega, corregir trabajos que desaparecen después de una calificación o repetir durante años procesos que, aunque tienen valor educativo, a veces pueden alejarnos de la sensación de que aquello que hacemos tiene una consecuencia real más allá del aula.

Este curso estamos intentando experimentar con otra posibilidad en el instituto donde trabajo, en el IES San Pascual de Dolores (Alicante). Vamos a introducir el tejido en diferentes niveles y espacios educativos, implicando progresivamente a alumnado, profesorado y familias. Habrá profesores que tendrán que aprender desde cero, incluso estudiantes que enseñarán a otros compañeros y compañeras. Una parte de lo que hagamos se incorporará a proyectos colectivos en los que participan escuelas, familias y comunidades de distintos lugares.

Y esa experiencia me está haciendo pensar que el propósito no solamente puede modificar la forma en la que aprende un alumno. También puede cambiar la manera en la que un profesor vive aquello que enseña.

Soy profesor de Tecnología y, como cualquier docente, he escuchado muchas veces una pregunta muy razonable: «¿Y esto para qué sirve?». Podemos explicar que determinados conocimientos serán útiles en el futuro, que forman parte de su formación o que les permitirán desarrollar ciertas competencias. Pero existe una diferencia importante entre explicar para qué podría servir algo algún día y poder mostrar para qué va a servir ahora.

Lo he comprobado con algo tan sencillo como aprender a hacer una cadeneta de crochet. La técnica es la misma, pero la experiencia cambia si el alumno sabe que esa cadeneta no terminará guardada en una mochila, sino que se unirá a las realizadas por niños y jóvenes de otros lugares para formar parte de una instalación colectiva. En ese momento ya no aprende únicamente porque el profesor ha decidido realizar una actividad. Aprende porque necesita adquirir una habilidad para poder participar.

Pero hay otra parte que me interesa especialmente: quien enseña también empieza a percibir la actividad de otra manera. Ya no estoy enseñando simplemente una técnica. Estoy permitiendo que otra persona pueda contribuir a algo.

En educación hablamos continuamente de cómo motivar al alumnado, pero damos por supuesto que el profesor debe llegar motivado de casa. Y la realidad es mucho más compleja

Quizá ahí haya una cuestión sobre la que merece la pena detenerse. En educación hablamos continuamente de cómo motivar al alumnado, pero damos por supuesto que el profesor debe llegar motivado de casa. Y la realidad es mucho más compleja. Hay burocracia, reuniones, evaluaciones, conflictos, cansancio, cambios normativos y una enorme cantidad de tareas que forman parte del trabajo docente. La motivación profesional tampoco es un recurso infinito. También necesita alimentarse.

Por eso creo que determinados proyectos pueden ayudarnos a recuperar algo que a veces se pierde en nuestro día a día: la sensación de que lo que ocurre en el aula puede tener continuidad fuera de ella.

No hace falta organizar grandes iniciativas. Una investigación sobre el barrio que se comparta con sus vecinos, un objeto construido en Tecnología que resuelva una pequeña necesidad del centro o un proyecto en el que los estudiantes entrevisten a personas mayores para conservar sus historias.

En todos esos casos existe algo en común: lo aprendido sale del aula.

Y eso introduce una diferencia importante entre realizar una tarea y realizar una contribución. Una tarea se termina, se entrega, se almacena y se destruye. Una contribución llega a alguien. El contenido que se aprende puede ser exactamente el mismo, pero cambia su destino.

También cambia nuestro papel como docentes. No tenemos que ser siempre quienes sabemos todo o quienes controlamos cada paso. En el proyecto que estamos comenzando habrá profesores que aprenderán a tejer junto a sus alumnos. Un estudiante podrá ayudar a un compañero o incluso enseñar al profesor. Una madre o una abuela podrán aportar un conocimiento que normalmente no ocupa espacio dentro de la escuela. El esquema tradicional de quién enseña y quién aprende se vuelve más flexible. El profesor o profesora se convierte en el director de orquesta para que el propósito se cumpla.

No pretendo presentar el aprendizaje con propósito como una nueva metodología milagrosa. No sustituye al estudio, a la práctica, a la evaluación ni al esfuerzo. Tampoco consigue que todos los alumnos estén motivados ni elimina el cansancio del profesorado. Simplemente introduce una pregunta que puede resultar útil antes de diseñar una actividad: «¿Para qué estamos haciendo esto?».

Y quizá convenga formularla en las dos direcciones.

¿Qué razón tendrá el alumno para querer aprenderlo?

Pero también: ¿qué razón tengo yo para querer enseñarlo?

Durante los últimos meses he recibido fotografías de niños de otros países participando en actividades que nacieron a miles de kilómetros de distancia. He visto cómo una idea que comenzó en un aula terminaba involucrando a familias, asociaciones, docentes y comunidades muy diferentes. No desaparecen por ello los problemas cotidianos de la enseñanza. Pero sí aparece algo que considero valioso: la sensación de que aquello que hacemos puede continuar cuando termina la clase y construir algo que previamente no existía.

Después de muchos años enseñando, cada vez pienso más que los docentes también necesitamos esa sensación. Necesitamos comprobar que algunas de las cosas que hacemos salen del aula, llegan a alguien, generan una respuesta, un cambio o dejan una pequeña huella.

Porque quizá no necesitemos estar permanentemente motivados.

Pero sí necesitamos, de vez en cuando, recordar por qué merece la pena enseñar.

Juan Ferrete es profesor de Tecnología y creador de proyectos educativos y culturales.

www.juanferrete.es

@juanferrete

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