Aníbal J. Bogliaccini: "La gran falla de la educación actual es la fragmentación entre quienes la sostienen"
Aníbal J. Bogliaccini en un momento de la conversación con Diego Francesch, redactor jefe de MAGISTERIO.
Durante décadas, Aníbal Bogliaccini ha recorrido escuelas de Estados Unidos, Uruguay, China, Croacia, España y otros países. Esa experiencia, acumulada entre aulas de élite, centros alternativos y proyectos internacionales, le ha llevado a una conclusión nítida: la educación mundial arrastra un fallo estructural que no se resuelve con más presión académica, sino con más vínculo humano.
Bogliaccini no habla desde la teoría, sino desde una trayectoria larga como profesor, psicólogo, orientador y responsable de apoyo socioemocional en centros muy distintos entre sí. Su libro La escuela silenciosa parte precisamente de ahí: de la observación de un malestar que no siempre hace ruido, pero que se instala en la vida escolar a través del miedo, el silencio, la violencia invisible y la desconexión entre quienes forman parte del sistema.
Con el paso del tiempo, este profesor descubrió que «las escuelas dejaron de ser espacios integrados y se fueron convirtiendo en lugares fragmentados, donde padres, alumnos, docentes y administradores se miran con recelo, se reparten culpas y apenas dialogan». Según su lectura, «nadie quiere dañar al estudiante, pero el resultado final termina perjudicándolo».
Una de las ideas centrales de Bogliaccini es que «la educación actual funciona como un mosaico roto. Cada pieza actúa por su lado, pero el conjunto no termina de encajar. El profesor culpa a la familia, la familia al centro, el centro a la administración y el alumno queda atrapado en medio, aprendiendo incluso a reproducir esa dinámica de culpabilización». Para el autor, ese divorcio entre agentes educativos se ha agravado en las últimas décadas, en paralelo al avance tecnológico y al crecimiento de los centros masificados. En su análisis, la tecnología no es la causa única, pero sí ha acelerado el aislamiento, la comparación permanente y la exposición al conflicto. Todo ello, sostiene, alimenta fenómenos como el acoso escolar y otras formas de violencia más sutiles.
¿Qué está fallando de verdad en la escuela?, se pregunta. «La relación humana. Para él, si la educación requiere ser profunda, necesita una comunidad real, no una simple suma de departamentos o protocolos».
Frente al modelo que prioriza primero el rendimiento académico y deja lo socioemocional como un añadido, Bogliaccini propone exactamente lo contrario: empezar por la persona. Su tesis es clara: «primero hay que proteger al estudiante, dotar de herramientas a las familias y acompañar a los docentes; después, sí, construir sobre esa base una exigencia académica sólida». Sin embargo, el autor no renuncia a la excelencia. De hecho, defiende que puede haber «rigor, altas expectativas y formación exigente». Pero insiste en que todo eso debe ir apoyado por un «ecosistema sano». Si no, «la presión académica termina generando sufrimiento, ansiedad y desconexión».
En su experiencia, muchos centros intentan resolver los problemas con más recursos de apoyo cuando ya han estallado. Él propone prevención. No esperar a que llegue la crisis, sino entender qué la produce. Y la respuesta, insiste, suele estar en la «soledad, la desintegración de los vínculos y la falta de escucha».
Uno de los aportes más concretos de La escuela silenciosa al debate educativo actual es la reivindicación de la comunicación no violenta de Marshall Rosenberg. Bogliaccini la presenta no como una moda pedagógica, sino como una «herramienta práctica para recuperar el diálogo entre los distintos actores de la escuela». Su planteamiento es sencillo y al mismo tiempo ambicioso: «observar sin juzgar, identificar lo que se siente, reconocer las necesidades propias y formular peticiones claras, sabiendo que la otra persona puede decir que no». Desde esa lógica, «la empatía deja de ser un sacrificio unilateral y se convierte en una relación más honesta».
Para él, «nadie puede ser empático con los demás si antes no se ha escuchado a sí mismo». Por eso insiste en que «padres, alumnos, docentes y equipos directivos aprendan a expresar qué necesitan y qué observan, sin convertir cada discrepancia en una guerra».
Las ideas del libro no se quedan en la crítica. Bogliaccini las está llevando a un proyecto educativo propio en Madrid: un colegio híbrido, presencial y online, pensado para adolescentes de 14 a 18 años y con un número reducido de estudiantes, alrededor de ochenta. Su modelo combina momentos colectivos de inicio del día, trabajo académico personalizado mediante plataforma digital, seminarios interdisciplinares, tutorías al estilo universitario y talleres artísticos y experimentales. Todo ello con una premisa: que el alumnado no quede perdido en una estructura inmensa e impersonal.
La dimensión reducida no es una cuestión elitista, sino funcional. A su juicio, solo en grupos pequeños puede construirse una relación educativa real. Si el centro crece demasiado, vuelve la fragmentación. Y si vuelve la fragmentación, reaparecen el aislamiento, la ansiedad y el conflicto.
La tesis de Bogliaccini conecta con una preocupación cada vez más presente en la educación internacional: el aumento de los problemas de salud mental, el estrés académico, la desconexión emocional y la sensación de que la escuela no siempre entiende al alumnado real que tiene delante. Su propuesta, en ese contexto, resulta incómoda pero sugerente. Porque no señala solo a los estudiantes ni solo a las familias ni solo a los docentes. Señala al modelo. A la forma en que se han roto los puentes entre unos y otros. Y plantea una pregunta de fondo: ¿puede educarse bien cuando la comunidad educativa ya no actúa como comunidad?
La respuesta que ofrece en La escuela silenciosa es un no rotundo. Pero también una invitación: volver a construir relaciones, recuperar el sentido de pertenencia y recordar que la educación empieza mucho antes de la nota final.


