Fátima García Doval: “Debemos dejar de pensar que la tecnología es tóxica, pero hay que darles alternativas a los adolescentes para que las pantallas no sean su único espacio social”
Fátima García Doval lleva años analizando el discurso que la sociedad utiliza para referirse a los adolescentes, a cómo les afectan las pantallas y cómo repercute ello en su reputación como generación.
Su decisión de dar a entender a la población que no es la herramienta, en este caso, el móvil, sino cómo la usamos, la causante de los problemas de los que se quejan muchos adultos en relación a las nuevas generaciones, le llevó, de la mano de José César Perales, a escribir el libro Ni frágiles ni idiotas. Cómo la mala ciencia ha construido el estereotipo adolescente, a través del cual los autores se niegan a aceptar que la tecnología sea la explicación principal o única de los problemas de salud mental y emocional que padecen muchos adolescentes.
¿Por qué es necesario un libro cómo éste?
–Tanto José Perales como yo nos dimos cuenta de que se repiten con mucha asiduidad mensajes muy apocalípticos sobre la adolescencia actual, desde una atalaya como muy elevada, incluso en ocasiones hasta académica, que puede resultar muy peligrosa. Estamos dando alas a la idea de la profecía autocumplida, o del efecto Pigmalión: nuestros adolescentes no están tan mal como creemos, aunque tampoco tan bien como deberían estar… pero no están tan mal. Ellos son nuestros hijos e hijas, nuestro alumnado, y se miran en nuestro espejo. Les estamos transmitiendo una imagen grotesca de ellos, sin valores, abúlicos, zafios… al final no les dejamos otra alternativa que esa idea que les transmitimos sobre sí mismos. Y todo ello les está haciendo daño. Hablar de ellos de esa manera no es neutral. Nada lo es. Lo tenemos muy claro con los más pequeños, con los niños y niñas, pero no con los adolescentes.
Por otra parte, esas ideas demoledoras sobre nuestros jóvenes, que se repiten mucho, acaban calando. Vemos lo que esperamos ver. Y esto alimenta el círculo de la profecía autocumplida.
Esas ideas demoledoras sobre nuestros jóvenes, que se repiten mucho, acaban calando
"Quizás tengamos tendencia a olvidar que todos fuimos adolescentes en algún momento…
–Efectivamente. Todos, en algún momento, nos sentimos esos jóvenes sin futuro. Hay una canción que se titula “Yo crecí en los 80 y sobreviví”, pues como nosotros lo hicimos, ellos lo harán. Sí es cierto que en aquel entonces se tomaba la adolescencia con más naturalidad por parte de nuestros mayores y no había esa preocupación excesiva. El grado de atención a la infancia y a la adolescencia se ha multiplicado de un modo exacerbado en los últimos años. La atención que se espera de una familia hacia sus hijos no es la que se tenía hace 20 o 30 años. Y esto, que en principio es bueno en sí, puede llegar a no serlo. No olvidemos que en la adolescencia es el momento en el que uno forja su carácter, descubre quién es, experimenta. Y el adolescente debe tener esa autonomía necesaria para poder meter la pata.
La equivocación como aprendizaje.
–Es que necesariamente se tienen que equivocar. No hay manera de aprender lo que es la libertad sin ejercerla. Pero, por otro lado, somos nosotros, los adultos, los que también nos sentimos asustados ante algo nuevo: una tecnología que va muy rápido y nos ha pasado por encima como un tren de mercancías. El miedo protector, que es necesario y adaptativo, está bien, pero lo hemos transformado en pánico, y eso es malo para nosotros, para ellos y para la sociedad en general, ya que nos lleva a tomar decisiones mucho más peligrosas que aquello que pretendíamos evitar. Decidir desde el pánico nunca es una buena idea.
Decidir desde el pánico nunca es una buena idea
"En los últimos tiempos se han comenzado a tomar medidas para reducir el impacto de las pantallas: prohibir los móviles en el aula, incrementar la edad recomendada para comenzar a manejar pantallas… la sociedad quiere evitar que la tecnología frene el desarrollo de las capacidades de nuestros hijos.
–Lo que no ejerces no se desarrolla. Lo que dicen los estudios y que recogemos en el libro es sobre todo que, si tú sustituye actividades que son educativas y que te permiten desarrollar habilidades por otras que no, pues no se desarrollan. No es tanto que el mero hecho de tener una pantalla impida el desarrollo del cerebro, lo que sí lo hace es utilizar esa pantalla para detraer tiempo de calidad de tu vida, aunque sea para aburrirte, para salir a jugar, o para tener autonomía. Decía Tonucci que había cosas que no dejaba hacer a su nieto mientras le estaba mirando. Reflexionando sobre ello argumentó que quizás debería dejar de mirarlo para que pudiera hacer esas cosas y así que pudiera enfrentarse a su realidad y a la vida. La pantalla no es de por sí tóxica, no se mete sola en tu cerebro. Se mete si permites que sustituya a otras actividades que, en principio, podrían parecer no educativas, pero que sí tienen su valor y que a veces reprimimos por sobreprotección.
Entonces, podemos decir que la pantalla no es el enemigo.
–La pantalla no debe robarnos lo que es valioso. Debemos aprender a hacer con la tecnología cosas que nos aporten valor. A veces le damos la pantalla al bebé o al niño “para que nos deje tranquilos”. No nos damos cuenta de que el pequeño lo que está haciendo es buscarnos para aprender a desarrollar atención compartida, que sabemos que es esencial para el desarrollo del lenguaje; buscar interacciones visuales y manipulativas como del protolenguaje para ir aprendiendo… y lo que le damos es una pantalla, no lo que es que es esencial para desarrollarse. A mayores, siempre hay que analizar el contenido. Pero, ojo con esto, tampoco es baladí el contenido que estén viendo los niños: Tenemos que darles buenas alternativas a los niños para que no se queden “pasmados”, viendo mensajes que, a veces, incluso son pasivo-agresivos, soeces o simplemente inadecuados.
Vale. Digamos entonces que la pantalla no es tóxica de por sí… pero es adictiva.
–El problema es la definición de la palabra “adicción”. No deberíamos utilizar esta palabra cuando hablamos del uso de pantallas, porque no reúne los patrones psicológicos que requiere una adicción como tal. La tecnología no es una droga en sí misma. Hay un estudio ampliamente citado en el que se coge una escala de adicción comportamental muy utilizada en el ámbito del uso de las nuevas tecnologías y se cambia por “estar con amigos”. Simplemente resulta que el 60% de los jóvenes es “adicto” a estar con amigos. En este estudio se le pregunta a los chavales cosas como: “¿Te cuesta dejar de estar con amigos (te cuesta dejar de estar con el móvil) para hacer otras cosas que debes hacer?”, y ¿qué adolescente dice que no le cuesta dejar de estar con sus amigos?; “¿has tenido alguna discusión con tus padres por el tiempo que pasas con tus amigos (por el tiempo que pasas con el móvil)?”, etc… Y si contestas que sí a más de tres preguntas, eres adicto. Por tanto, los adolescentes también son adictos a estar con sus amigos. El problema no es la actividad en sí misma, sino el daño que esa actividad nos pueda causar por lo que haces o lo que dejas de hacer. Claro que un dispositivo puede causarnos daño, pero la clave es saber por qué lo causa, cuándo lo causa, qué puedo hacer para que no lo cause… La tecnología también aporta beneficios, y lo que tenemos que hacer es descubrir cómo los causa y maximizarlos.
Pero hay estudios que hablan de la reducción de la capacidad de la concentración en los menores a causa del uso de las pantallas y los videojuegos…
–Seamos honestos. Los adultos también abusamos de la tecnología. Es como cuando decimos que nuestros hijos no leen, y nosotros no les hemos leído ni un libro. Si nosotros no les damos alternativas a nuestros jóvenes para entretenerlos y nos conformamos con la dopamina que generan las redes sociales, sentados todos juntos en un sillón, pero sin hablarnos ni mirarnos, no estamos generando espacios comunitarios, ni ocio o deporte compartido. Este será el motivo por el que buscarán ese encuentro con los demás en algo que tienen en la palma de la mano: la tecnología. Nuestros jóvenes son listos, no se van a complicar la vida si tienen algo cerca que se la facilita.
Debemos dejar de pensar que la tecnología es tóxica, porque ha venido para quedarse y puede enriquecer nuestra vida, pero hay que darle alternativas a los adolescentes para que las pantallas no sean su único ocio ni su único espacio social
¿La generación Alpha, la que ya es completamente digital, va a vivir peor o mejor que las anteriores?
–Ni mejor ni peor. Vivirá su tiempo como nos ha tocado a todos. ¿Vivimos nosotros peor que nuestros abuelos? Para algunas cosas sí, pero para otras no. Cada uno vive el tiempo que le ha tocado, lo importante son las herramientas que nosotros, los adultos, les damos para vivir esa época. Si les enseñamos a tener pensamiento crítico, si son capaces de aprender a ejercer la libertad de forma consciente como una ciudadanía activa y responsable, serán capaces de cambiar muchas cosas. Lo que no podemos empeñarnos nosotros es en que el mundo siga siendo el nuestro. Tenemos que asumir que ya estamos de salida. Y esto nos cuesta muchísimo. Seguimos queriendo tener el mundo que teníamos hace 25 años y ese ya ha desaparecido y no va a regresar.
Precisamente el buen uso de la tecnología es lo que pretenden desde Accegal, el proyecto sin ánimo de lucro que nace de la colaboración entre el Centro de Educación Especial Manuel López Navalón y el Grupo de Tecnologías de la Información de la UVigo y en el que usted participa.
–Sí. Nosotros comenzamos, de manera voluntaria, desarrollando soluciones de accesibilidad mediante dispositivos móviles y actualmente estamos centrados en la comunicación aumentativa y alternativa, desarrollando aplicaciones para personas con dificultades de comunicación. Uno de nuestros principios es que dichas aplicaciones sean gratuitas y accesibles, funcionando incluso en dispositivos económicos.
Desde mis primeros años como profesora en un centro de educación especial, el Manuel López Navalón en Santiago de Compostela, lo que notaba era que algunos de mis alumnos tenían mucha más posibilidad de comunicación a través de la tecnología de lo que les permitían los dispositivos habituales. Tres años antes de que naciera Accegal, que lo hizo en 2011, ya comenzamos a elaborar tableros digitales basados en ordenadores portátiles, y, posteriormente, los trasladamos a los primeros móviles inteligentes. No los hacíamos pensando en que estaba dirigido a alguien, por ejemplo, con TEA, sino a todo aquel que fuera capaz de escribir o de entender pictogramas. Luego fueron los propios usuarios quienes nos empezaron a pedir mejoras. Y así hemos llegado a tener más de 100.000 usuarios alrededor de todo el mundo. Y esto lo hemos conseguido porque creemos que la tecnología puede aportar mucho y que cambia la vida de mucha gente. Para hacerlo hemos tenido que sacarle tiempo a nuestro sueño y a nuestras familias, pero lo vemos recompensado cuando hay niños del espectro autista que logran, a través del uso de esta tecnología, iniciarse antes en el lenguaje oral. Es muy satisfactorio.
Y atención: esos niños y niñas van a todas partes con su comunicador y no hay nada que esté empobreciendo su discurso, porque, repito, no es el dispositivo, es el uso que haces de él, para qué te sirve y qué tienes en la cabeza como objetivo vital.


