Luis Fernando López Martínez, psicólogo: “He visto niños volver en septiembre más cansados que cuando empezó el verano”

El psicólogo y psicoterapeuta advierte de que el verdadero problema de este verano no es cuánta tarea escolar se manda, sino que muchos niños no llegan a desconectar del todo, y explica por qué el descanso, tanto como el aprendizaje, es una necesidad del desarrollo infantil que no debería tener que “ganarse”.
Alba BartoloméJueves, 27 de agosto de 2026
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Para el experto, "las actividades más valiosas suelen ser aquellas que entran por la puerta de la vida cotidiana y no necesariamente por la del cuaderno". © ADOBE STOCK

Entre la sobreexposición a pantallas, las agendas de campamentos que empiezan a parecerse a un calendario escolar y el término «burnout infantil» cada vez más presente en redes y foros de crianza, cada vez más familias se preguntan si sus hijos están realmente descansando en verano o si, simplemente, han cambiado de rutina sin cambiar de ritmo.

Para intentar responder a esta pregunta hemos hablado con el Dr. Luis Fernando López Martínez, psicólogo, psicoterapeuta y profesor universitario, que lleva años observando en consulta un patrón que le preocupa: niños que regresan en septiembre más cansados que cuando terminaron el curso en junio. Su diagnóstico va más allá del clásico cuaderno de vacaciones: el verdadero problema, sostiene, no es cuánta tarea escolar se manda, sino que muchos niños “no llegan a desconectar del todo”.

¿Qué significa realmente que un niño «no desconecte» en verano?
–Descansar no significa únicamente dormir más horas; significa también liberarse temporalmente de la tensión que supone estar sometido de manera constante a objetivos, correcciones y evaluaciones. Cuando trasladamos las exigencias del curso a los meses en los que deberían disminuir, privamos al niño de uno de los pocos periodos del año en los que puede dejar de sentirse obligado a estudiar. En consulta he visto a niños regresar en septiembre más cansados que cuando terminaron las clases en junio. Es un contrasentido que deberíamos afrontar con seriedad. A ello se suma la fricción familiar, que no es una cuestión menor. El verano puede convertirse en un pulso cotidiano entre la persona adulta que persigue al niño para que termine el cuaderno de deberes y el niño que trata de evitarlo.

¿Qué genera esta dinámica?
Tensión, deteriora la convivencia y desgasta el vínculo familiar por una tarea cuyo efecto sobre el rendimiento académico, especialmente en las primeras etapas educativas, suele ser limitado. Existe, además, la interiorización de que ningún esfuerzo es suficiente y de que ni siquiera las vacaciones quedan a salvo de la obligación. Cuando un niño aprende a los ocho años que siempre debería estar haciendo algo productivo, no necesariamente estamos formando a un buen estudiante. Podemos estar sembrando una idea mucho más difícil de corregir en el futuro, en la que el descanso no es una necesidad legítima, sino una recompensa que debe ganarse.

¿Por qué es importante respetar el descanso durante el verano?
–El verano no constituye un paréntesis vacío que los adultos debamos apresurarnos a llenar. Es un periodo con una función específica en el desarrollo infantil. El cerebro necesita tiempos sin una agenda predeterminada para consolidar los aprendizajes adquiridos, pero también para realizar algo que durante el curso apenas encuentra espacio: explorar libremente, sin instrucciones constantes y sin que nadie evalúe el resultado. Cuando ese tiempo se ocupa por completo con tareas escolares, quizá se obtenga algún beneficio en términos de repaso, pero también se renuncia a otros aprendizajes esenciales que no aparecen reflejados en ningún boletín: la autonomía, la creatividad, la curiosidad, la capacidad de iniciativa y la regulación del propio tiempo. El tiempo libre no es lo contrario del aprendizaje. En muchas ocasiones, es precisamente la condición necesaria para que lo aprendido pueda asentarse, integrarse y adquirir verdadero significado.

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El tiempo libre no es lo contrario del aprendizaje

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Muchos padres se inquietan en cuanto ven a su hijo aburrido o sin nada programado. ¿Por qué el juego libre es, en realidad, parte de ese descanso que el niño necesita?
–El juego libre desempeña un papel esencial en el desarrollo infantil, aunque con frecuencia su valor se interprete de manera inadecuada. Aquel juego que no está dirigido por una persona adulta ni orientado hacia un resultado concreto constituye el espacio en el que el niño ensaya el mundo: negocia reglas, afronta la frustración, inventa, toma decisiones, se equivoca sin consecuencias relevantes y aprende tanto a relacionarse con los demás como a estar consigo mismo. El juego libre no es la recompensa que llega después de haber cumplido con «lo importante». Es, en sí mismo, una actividad fundamental para el desarrollo.

¿Ocurre lo mismo con el aburrimiento?
–Sí, de hecho el aburrimiento puede convertirse en el punto de partida de numerosos procesos valiosos. Un niño que se aburre se ve obligado a preguntarse qué desea hacer con su tiempo, y esa pregunta constituye uno de los primeros ejercicios de creatividad, iniciativa y autonomía. Winnicott se refirió a la capacidad de estar a solas como una conquista del desarrollo, no como un problema que deba resolverse. Cuando cada espacio libre de la agenda se ocupa con una tarea programada o con una pantalla, privamos al niño de ese vacío fértil en el que puede escucharse, imaginar, explorar y crear. El aburrimiento, cuando está adecuadamente acompañado y sostenido, no es tiempo perdido. Es el espacio en el que el niño aprende a habitar su mundo interior y comienza a construirse desde dentro.

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Un niño que se aburre se ve obligado a preguntarse qué desea hacer con su tiempo

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¿Qué relación hay entre no tener nunca un momento del año completamente libre de obligaciones y perder, con el tiempo, las ganas de aprender?
–Afecta, y sus consecuencias a largo plazo pueden ser más relevantes de lo que parece. La motivación para aprender es delicada y se alimenta de una experiencia esencial, en la que el aprendizaje sea percibido, al menos en algunas ocasiones, como algo que se desea hacer y no únicamente como una obligación impuesta desde fuera. Cuando las exigencias escolares ocupan también el verano, transmitimos un mensaje donde el trabajo académico nunca termina y no existe ningún territorio verdaderamente libre de obligaciones. La psicología de la motivación lleva décadas señalando que una presión externa constante puede debilitar la motivación intrínseca, es decir, aquella que impulsa a aprender por interés, curiosidad o satisfacción personal. Esta es, precisamente, la motivación que deberá sostener el aprendizaje a medida que el niño crezca y disminuyan la vigilancia y el control de los adultos.

Dejando el descanso un momento a un lado: ¿hay evidencia real de que mantener alguna actividad académica en verano evite que el niño «pierda» lo aprendido, o es más bien una tranquilidad que buscamos los adultos?
–En este punto conviene ser rigurosos, porque la percepción social parece avanzar muy por delante de la evidencia disponible. La investigación sobre los deberes escolares resulta bastante consistente en una cuestión: durante la Educación Primaria, la relación entre la cantidad de tareas realizadas y el rendimiento académico es muy reducida o prácticamente inexistente. Uno de los trabajos de referencia continúa siendo el de Harris Cooper, quien, tras revisar décadas de investigación, concluyó que los posibles beneficios académicos de los deberes aumentan con la edad y son escasos en las primeras etapas educativas. Trasladado al periodo estival, el debate no debería formularse únicamente en términos de «deberes sí» o «deberes no», sino a partir de una pregunta más precisa: ¿qué tipo de actividad permite mantener y reforzar verdaderamente una habilidad? Lo que preserva el hábito lector no es necesariamente completar una ficha de comprensión, sino leer con frecuencia, interés y sentido. Del mismo modo, lo que contribuye a mantener el cálculo no es repetir mecánicamente páginas de operaciones, sino utilizar los números para resolver situaciones cotidianas que resulten relevantes para el niño.

Por tanto, la idea de que rellenar cuadernos durante el verano evita, por sí mismo, la pérdida de lo aprendido parece responder más a la necesidad adulta de sentir que el tiempo está académicamente aprovechado que a una realidad sólidamente demostrada sobre el aprendizaje infantil.

¿Vive el verano, y el descanso, de la misma forma un niño con muchos recursos en casa que uno con pocos estímulos o poco acompañamiento fuera del colegio?
–Un niño que crece en una familia con suficientes recursos educativos y culturales puede pasar julio y agosto inmerso en un entorno que enseña sin necesidad de recurrir a cuadernos: conversaciones estimulantes, libros disponibles, campamentos, viajes, actividades culturales o, sencillamente, una persona adulta con tiempo para escuchar sus preguntas y ayudarle a encontrar respuestas. Ese niño continúa aprendiendo, aunque nadie le haya asignado tareas escolares. En cambio, un niño cuyo verano transcurre sin esas oportunidades de estimulación, acompañamiento o acceso a recursos puede experimentar un retroceso mayor. En algunos casos, las tareas escolares constituyen uno de los pocos apoyos disponibles para mantener cierta continuidad en el aprendizaje. Aquí aparece una paradoja donde los deberes de verano suelen funcionar mejor precisamente en los hogares donde resultan menos necesarios, porque cuentan con tiempo, recursos y acompañamiento para realizarlos. Sin embargo, pueden fracasar allí donde serían más importantes, ya que entregar una ficha no compensa por sí solo la ausencia de orientación, disponibilidad adulta u oportunidades educativas. La desigualdad no surge durante el verano, pero el verano puede amplificarla.

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La desigualdad no surge durante el verano, pero el verano puede amplificarla

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¿Cómo se puede mantener algo de aprendizaje en verano sin renunciar al descanso, es decir, sin recrear el formato y la presión del curso escolar?
–Existe una diferencia esencial entre consolidar los aprendizajes y trasladar al verano la carga escolar, aunque ambas prácticas puedan parecer similares desde fuera. Consolidar de manera saludable significa mantener activas determinadas habilidades dentro de la vida cotidiana del niño, sin que este las perciba necesariamente como una tarea. Cocinar juntos permite trabajar las medidas y las fracciones; leer en familia fortalece la competencia lectora; calcular el cambio durante una compra ejercita el razonamiento matemático; y escribir una postal de las vacaciones favorece la expresión escrita. En estos casos, el aprendizaje se integra en una experiencia que tiene sentido para el niño y, precisamente por ello, no se vive como una carga. Trasladar la carga escolar al verano es algo diferente: consiste en reproducir durante las vacaciones el formato propio del curso (las fichas, los horarios, las correcciones y la obligación) como si julio y agosto fueran una versión abreviada del calendario académico. La primera opción respeta el ritmo del niño y aprovecha una de las grandes oportunidades de las vacaciones: disponer de tiempo para aprender con calma, mediante la experiencia y la participación directa. La segunda corre el riesgo de confundir la cantidad de tareas realizadas con la calidad del aprendizaje alcanzado.

Sin caer en el cuaderno tradicional, ¿qué actividades cotidianas permiten mantener la lectura o el cálculo sin robarle al niño su tiempo de descanso?
–Las actividades más valiosas suelen ser aquellas que entran por la puerta de la vida cotidiana y no necesariamente por la del cuaderno. Para favorecer la lectura, resulta fundamental que el niño pueda elegir qué desea leer: un cómic, un libro sobre dinosaurios, una revista o incluso las instrucciones de un juego. Un momento de lectura compartida antes de dormir puede contribuir al desarrollo de la comprensión lectora de una manera más natural, significativa y afectivamente positiva que una ficha convencional. Para ejercitar el cálculo, la cocina y la compra ofrecen innumerables oportunidades: pesar ingredientes, duplicar las cantidades de una receta, repartir porciones, comparar precios o administrar el presupuesto destinado a un pequeño capricho. La escritura también surge con mayor facilidad cuando existe un motivo auténtico para escribir: enviar una postal a los abuelos, elaborar un diario de viaje, preparar la lista de lo necesario para ir a la playa o anotar las reglas de un juego inventado. Un breve periodo diario dedicado a una actividad elegida, significativa y agradable puede resultar más provechoso (y generar mucho menos desgaste) que una hora de cuadernillo vivida como una imposición.

¿Qué papel deberían jugar los padres para proteger ese descanso: imponer alguna rutina o retirarse por completo y dejar que el niño decida?
–Ni una cosa ni la otra. El debate queda mal planteado cuando se presenta como una elección entre dos extremos: el adulto que impone varias horas diarias de cuaderno y aquel que se desentiende por completo y deja todo al azar. La función de las familias no consiste en imponer el estudio, pero tampoco en retirarse de cualquier responsabilidad educativa. Su papel es acompañar y ofrecer un marco seguro, estable y flexible. Un verano también se cuida estableciendo un encuadre amable que oriente sin invadir. Esto implica mantener unas rutinas mínimas y adaptables, no reproducir un horario escolar; facilitar que haya libros y otros materiales al alcance; reservar espacios sin pantallas; compartir tiempo de calidad; y proteger activamente el juego libre y el descanso frente a la tentación adulta de llenar cada momento con una actividad programada. La autonomía infantil no se desarrolla en el vacío. El niño necesita una persona adulta que construya un entorno rico en posibilidades, establezca algunos límites razonables y, después, sepa retirarse lo suficiente como para permitirle elegir, explorar y tomar la iniciativa. Durante el verano, los padres no necesitan convertirse en profesores de sus hijos. Necesitan volver a ser, sencillamente, sus padres: estar disponibles, acompañar y ofrecer seguridad sin transformar las vacaciones en una prolongación del aula.

¿Hay países que protejan mejor el descanso infantil en verano que otros? ¿Qué se puede aprender de esas diferencias?
–Existen diferencias internacionales muy reveladoras. Finlandia suele citarse como ejemplo, y no sin motivo: su sistema educativo se ha caracterizado tradicionalmente por una carga moderada de deberes, amplios periodos vacacionales y una presencia limitada de tareas estivales, al tiempo que ha obtenido resultados académicos destacados en numerosas evaluaciones internacionales. En el extremo contrario suelen situarse algunos sistemas educativos asiáticos, caracterizados por una elevada exigencia académica y por cargas de trabajo considerables. Muchos de ellos alcanzan resultados excelentes, pero también han comenzado a revisar el impacto que esa presión puede tener sobre el bienestar y la salud mental de niños y adolescentes. La enseñanza más relevante es que no existe una relación directa y automática entre la cantidad de deberes y la calidad del aprendizaje. Los sistemas que protegen el descanso, el bienestar y el tiempo propio de la infancia no obtienen necesariamente peores resultados; en muchos casos, demuestran que es posible combinar una elevada calidad educativa con un mayor respeto por las necesidades del desarrollo infantil.

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Es posible combinar una elevada calidad educativa con un mayor respeto por la necesidades del desarrollo infantil

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Si tuviera que dar una recomendación final a las familias que dudan entre llenar el verano de actividades académicas o dejarlo completamente libre, pensando sobre todo en el descanso del niño, ¿cuál sería?
–Antes de preguntarse «¿deberes sí o no?», convendría que las familias se plantearan una cuestión más importante: «¿Qué necesita mi hijo en este verano concreto?». Un niño que ha terminado el curso agotado necesita, ante todo, descansar, recuperar energía y reencontrarse con las ganas de aprender. En ese caso, el cuaderno probablemente resulte innecesario. En cambio, un niño que presenta una dificultad específica o que dispone de pocas oportunidades de estimulación en su entorno puede requerir algún tipo de apoyo. Pero debería tratarse de un acompañamiento intencionado, adaptado y significativo, no de una acumulación de fichas destinada simplemente a mantenerlo ocupado.

Para terminar, el verano es…
–Un periodo de desarrollo con valor propio: un tiempo cuyos aprendizajes quizá no aparezcan reflejados en los boletines, pero que sostienen muchos de los procesos fundamentales del crecimiento.

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