EducaIA reivindica el pensamiento crítico y la curiosidad frente a los desafíos de la inteligencia artificial
El pensamiento crítico, la curiosidad y el papel de las familias centraron la tercera mesa de debate del I Foro Europeo EducaIA, dedicada a analizar la relación entre la inteligencia artificial, las políticas educativas y la sociedad. Los expertos coincidieron en la necesidad de evitar una dependencia excesiva de la tecnología, reforzar las capacidades humanas y exigir una mayor responsabilidad a las grandes empresas tecnológicas.
Tercera mesa de debate del I Foro Europeo EducaIA, con Cristóbal Cobo, Diego Francesch, Paloma J. Velasco y Sara Carreira. © MIGUEL MUÑIZ
¿Es realmente inteligente la inteligencia artificial? Esta fue la pregunta con la que arrancó la tercera mesa de debate del I Foro Europeo EducaIA, centrada en los retos que plantea la irrupción de esta tecnología en la educación y en la necesidad de encontrar un equilibrio entre la innovación tecnológica y el desarrollo de las capacidades humanas.
El encuentro, moderado por Diego Francesch, redactor jefe del periódico MAGISTERIO, reunió a expertos de distintos ámbitos para reflexionar sobre la responsabilidad de las administraciones, las grandes empresas tecnológicas, los centros educativos y las familias. La importancia de estimular la curiosidad, fomentar el pensamiento crítico y revisar los modelos pedagógicos fueron algunas de las principales cuestiones abordadas.
Cristóbal Cobo advirtió de que una mayor presencia de tecnología en las aulas no garantiza, por sí sola, una mejor preparación de las nuevas generaciones. En su intervención cuestionó la idea de que el desarrollo tecnológico se traduzca necesariamente en una mejora de las capacidades cognitivas y aludió a estudios sobre la evolución del coeficiente intelectual. En este sentido, defendió la necesidad de encontrar un equilibrio que permita aprovechar las ventajas del entorno digital sin depender exclusivamente de él.
Desde el ámbito universitario, Paloma J. Velasco, decana de la Facultad de Ciencias Jurídicas, Educación y Humanidades de la Universidad Europea de Madrid, destacó que la incorporación de las nuevas tecnologías está transformando el papel del profesorado, que debe apostar cada vez más por estimular la curiosidad del alumnado en lugar de limitarse a transmitir conocimientos.
A su juicio, los sistemas educativos han priorizado durante demasiado tiempo el rendimiento académico frente a la capacidad de hacerse preguntas. Por ello, defendió la necesidad de recuperar aquellas cuestiones que invitan a reflexionar y que no siempre encuentran una respuesta satisfactoria en la inteligencia artificial. Velasco recordó, además, que estas herramientas tienen limitaciones y pueden ofrecer una representación insuficiente de determinados conocimientos, especialmente los vinculados a culturas y lenguas minoritarias.
La decana también puso en duda que la inteligencia artificial pueda sustituir los estímulos que favorecen la motivación y la curiosidad. Frente a una dependencia excesiva de las herramientas digitales, reivindicó el valor de las conversaciones familiares, los encuentros con amigos y los debates entre compañeros como espacios fundamentales para el aprendizaje.
En esta línea, apostó por plantear al alumnado situaciones que generen conflictos cognitivos, despierten preguntas y les obliguen a reflexionar. «Pensar. Esa es la clave. Debemos lograr que nuestros alumnos vuelvan a pensar», subrayó.
La implicación de las familias fue otra de las cuestiones centrales del debate. Sara Carreira, responsable de Estrategia Educativa de la Corporación Voz de Galicia, advirtió de que cualquier estrategia para afrontar los desafíos de la digitalización quedará incompleta si no incorpora también al entorno familiar.
En su opinión, no basta con formar al profesorado y al alumnado o introducir cambios pedagógicos si las familias permanecen al margen. Carreira defendió la necesidad de que asuman un papel activo en la educación digital de sus hijos, en lugar de trasladar toda la responsabilidad a las administraciones y a los centros educativos. Una implicación que considera imprescindible para prevenir los posibles efectos negativos del uso de las nuevas tecnologías entre los jóvenes.
Por su parte, Cristóbal Cobo retomó el debate sobre la regulación y rechazó que la respuesta a los riesgos tecnológicos se base exclusivamente en las prohibiciones. A su juicio, un mayor conocimiento social de la inteligencia artificial permitirá avanzar hacia una mayor madurez institucional y adoptar decisiones más fundamentadas sobre las edades y las condiciones en las que deben utilizarse estas herramientas.
En este contexto, también puso el foco en la responsabilidad de las grandes empresas tecnológicas, a las que reclamó un compromiso real con la ciudadanía y el cumplimiento de las normas de los países en los que operan. Cobo defendió que las compañías que no respeten las exigencias legales y los derechos de los ciudadanos deberían afrontar consecuencias, aunque reconoció las dificultades que entraña llevar estas medidas a la práctica.
El debate dejó así una reflexión compartida: el verdadero desafío educativo no consiste únicamente en incorporar la inteligencia artificial a las aulas, sino en garantizar que su utilización contribuya al aprendizaje sin desplazar capacidades esenciales como la curiosidad, el pensamiento crítico y las relaciones humanas. Un objetivo que exige la implicación conjunta de las instituciones, el profesorado, las familias y las empresas tecnológicas.



