«Nos hemos convertido en turistas intelectuales»: los expertos reivindican el pensamiento crítico frente a la IA
El director de Educación de la OCDE, Andreas Schleicher, y el experto en tecnología educativa Cristóbal Cobo advierten en el foro EducaIA de Santiago de Compostela de los riesgos de delegar el pensamiento en las máquinas y reivindican la lectura, el esfuerzo intelectual y el papel del profesorado como pilares del aprendizaje.
Cristóbal Cobo, durante su participación en el I Foro Europeo EducaIA. Para Cobo, "no todo lo que se puede automatizar se debe automatizar". © MIGUEL MUÑIZ
El descenso de los niveles de comprensión lectora en numerosos países ha encendido las alarmas sobre el futuro del aprendizaje y ha reabierto el debate sobre la influencia de las pantallas y la inteligencia artificial en las nuevas generaciones.
En el I Foro Europeo EducaIA, organizado por Siena Educación en Santiago de Compostela, dos expertos internacionales coincidieron en la necesidad de recuperar algunos de los pilares fundamentales de la educación: la lectura, el pensamiento crítico y el esfuerzo intelectual. Todo ello sin renunciar a las oportunidades de una tecnología que, según advirtieron, debe entenderse como una herramienta al servicio del aprendizaje y no como una solución capaz de sustituirlo.
Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias de la OCDE, subrayó que la irrupción de la inteligencia artificial hace todavía más necesario formar estudiantes con capacidad crítica. Y, para conseguirlo, considera imprescindible reforzar la lectura. «Sin ella no somos nada», afirmó, antes de expresar su preocupación por el retroceso de las competencias lectoras y sus consecuencias para los sistemas educativos.

En su intervención, celebrada tras la publicación de los resultados de PISA 2025, Schleicher puso de manifiesto una aparente contradicción: mientras la inteligencia artificial ofrece nuevas oportunidades para mejorar la enseñanza, el rendimiento educativo continúa deteriorándose en numerosos países. No podemos olvidar que, según este informe, la puntuación media en lectura descendió 28 puntos entre 2015 y 2025.
El responsable de Educación de la OCDE consideró especialmente significativo que algunos de los países con mayor desarrollo tecnológico hayan optado por limitar el uso de las pantallas en las aulas, al tiempo que refuerzan su apuesta por el talento, la excelencia educativa y el desarrollo de las capacidades del alumnado.
En este sentido, defendió el derecho de los estudiantes a aprender y destacó el papel decisivo de un profesorado capaz de fomentar la autonomía, el criterio propio y la independencia intelectual. Una tarea que considera especialmente relevante en un contexto marcado por la rápida expansión de la IA.
La lectura, clave también para utilizar mejor la IA
Para Schleicher, la lectura no solo constituye una competencia esencial para el aprendizaje, sino que también favorece un uso más eficaz de la inteligencia artificial. Quienes mantienen hábitos lectores sólidos desarrollan una mayor capacidad para comprender, relacionar e interpretar información. En particular, la lectura de obras extensas permite conectar personajes, historias e ideas, habilidades fundamentales para interactuar de manera crítica con los contenidos que ofrecen las nuevas tecnologías.
Sin embargo, los resultados educativos dibujan un panorama preocupante. «Los datos son demoledores, terribles», advirtió el representante de la OCDE, quien vinculó el retroceso del rendimiento lector con una pérdida de curiosidad y motivación por aprender.
Respecto a la posible influencia de las pantallas en esta situación, Schleicher apeló a la moderación y, sobre todo, a la finalidad de su uso. A su juicio, la tecnología puede contribuir positivamente al aprendizaje cuando responde a criterios pedagógicos, pero pierde buena parte de su potencial cuando se limita al entretenimiento y al consumo pasivo de contenidos.
En este contexto, defendió la necesidad de establecer límites de tiempo –situando como referencia un máximo de tres horas de uso– y de aprovechar las posibilidades creativas de las herramientas digitales. El objetivo, señaló, debe ser que los estudiantes pasen de consumir información a participar activamente en su elaboración.
Schleicher insistió también en que la educación es, ante todo, una experiencia social. La relación entre docentes y estudiantes, el respeto hacia el profesorado y la implicación de las familias son factores determinantes para el aprendizaje.
«El aprendizaje es algo social», recordó, antes de expresar su preocupación por el debilitamiento de estas relaciones. En su opinión, el uso de la inteligencia artificial puede agravar esta situación si termina desplazando las interacciones humanas que forman parte del proceso educativo.
«Errar es humano y es vital»
La segunda intervención corrió a cargo de Cristóbal Cobo, experto en políticas educativas y tecnología, quien partió de una reflexión que resume buena parte de su planteamiento: «Errar es humano y es vital».
Al igual que Schleicher, Cobo advirtió de los riesgos de utilizar la inteligencia artificial como sustituto del razonamiento. A su juicio, el verdadero peligro no reside en la tecnología, sino en renunciar al esfuerzo de pensar.
«El riesgo es pensar poco, pensar en automático. Apostar por una inteligencia humana superficial», afirmó.
Para el experto, la facilidad con la que estas herramientas proporcionan respuestas puede generar una falsa sensación de conocimiento y conducir a una relación superficial con el aprendizaje. Una situación que describió con una expresión especialmente gráfica: «Nos hemos convertido en turistas intelectuales».
Cobo cuestionó así una tendencia en la que parece valorarse cada vez más la rapidez de las respuestas frente a la profundidad de los razonamientos. En este escenario, advirtió de que el principal desafío no será disponer de inteligencia artificial, sino desarrollar las capacidades necesarias para utilizarla con criterio.
Para lograrlo, propuso crear lo que denominó «zonas cognitivas protegidas»: espacios y momentos reservados para el pensamiento autónomo, alejados de la respuesta inmediata que ofrecen las herramientas digitales.
Dedicar tiempo a reflexionar ante una página en blanco, debatir con quienes mantienen opiniones diferentes o leer un libro son, en su opinión, actividades esenciales para recuperar el valor de un aprendizaje que requiere concentración, esfuerzo y tiempo. En definitiva, reivindicó la necesidad de «pensar lento», una práctica cuyo valor considera cada vez menos reconocido.
Su propuesta pasa por devolver protagonismo a los libros y reducir la dependencia de las pantallas, sin rechazar por ello las posibilidades de la innovación tecnológica.
«No todo lo que se puede automatizar debe automatizarse», recordó Cobo, convencido de que el esfuerzo forma parte del desarrollo intelectual y de que la verdadera inteligencia consiste también en identificar qué problemas merece la pena resolver.
Las intervenciones de ambos expertos dejaron así una reflexión compartida: el reto educativo no consiste únicamente en incorporar la inteligencia artificial a las aulas, sino en conseguir que su utilización no debilite las capacidades humanas que hacen posible el aprendizaje. Leer, comprender, cuestionar, equivocarse y pensar por uno mismo siguen siendo competencias fundamentales, también en la era de la IA.




