Montse Lapastora: "El amor es fundamental en la adopción, pero no lo cura todo"
La psicóloga Montse Lapastora, especialista en adopción y autora de La crianza adoptiva, conversa en La charleta educativa con José María de Moya sobre la huella del abandono, los errores más frecuentes de las familias y la respuesta que necesitan estos niños tanto en casa como en la escuela.
Detrás de toda adopción existe una historia de separación. Esa experiencia, incluso cuando sucede durante los primeros días de vida, puede dejar una huella que influya posteriormente en la autoestima, el aprendizaje o la manera de relacionarse. Así lo explica Montse Lapastora, psicóloga con más de tres décadas de experiencia en este ámbito, quien advierte de que el afecto resulta imprescindible, pero debe ir acompañado de comprensión, formación y estrategias específicas.
¿Detrás de una adopción siempre hay un abandono?
—Siempre hay una separación. Ese bebé lleva meses escuchando la voz de su madre, reconociendo sonidos, olores y sensaciones. Cuando todo eso desaparece, sufre una pérdida importante. No lo recordará de manera consciente, pero su cerebro sí puede conservar esa experiencia en la memoria implícita. Además, la mayoría de los niños no son adoptados a las 24 horas: algunos han pasado hambre, negligencia, maltrato o han estado antes en diferentes instituciones y familias de acogida.
¿Es lo que se conoce como la «herida primaria»?
—Sí. Es un concepto que alude a la huella provocada por la separación inicial. Después puede manifestarse mediante determinadas emociones, sensaciones o comportamientos. En la adolescencia, cuando se desarrolla con más fuerza la identidad, esa herida puede hacerse más evidente.
¿Por qué afirmas que el amor no lo cura todo?
—Porque es un error pensar que basta con querer mucho a un niño para reparar todo el daño. El amor es absolutamente fundamental, pero la familia también necesita entender de dónde proceden ciertas conductas y aprender estrategias diferentes. En la adopción siempre partimos de un abandono y de la existencia de dos familias. Eso debe estar presente desde el principio.
En la adopción siempre partimos de un abandono y de la existencia de dos familias. Eso debe estar presente desde el principio
"¿Cuándo hay que contarle a un niño que es adoptado?
—Desde siempre. No se trata de sentarlo un día para darle la noticia, sino de incorporar la adopción al vocabulario familiar con naturalidad. Se puede enseñar una fotografía del momento en que fueron a recogerlo y contarle su historia de acuerdo con su edad. Después irá haciendo preguntas cada vez más elaboradas.
Lo importante es transmitirle que tiene permiso para preguntar y que sus padres no se sienten amenazados por la familia biológica. Los niños son muy perceptivos y, si notan incomodidad, pueden callarse para no hacer daño. Ocultarles la adopción resulta terrible, porque solemos esconder aquello que consideramos feo, sucio o prohibido. El niño puede interpretar que hay algo malo en él.
¿Qué distingue a unos padres reparadores de unos padres retraumatizadores?
—Los padres reparadores intentan comprender qué hay detrás de la conducta. Si tratan a su hijo como si su historia no existiera, no están viendo realmente al niño. Además, los adultos deben revisar sus propias experiencias para separar lo que les pertenece a ellos de lo que procede del trauma de su hijo.
Eso no significa educar sin límites. Significa no actuar desde el autoritarismo ni tomarse cada conducta como una ofensa personal. Si un adolescente llega tarde, quizá haya que recordarle muchas veces el acuerdo. Mi máxima es «repetir, repetir y repetir». Se puede decir que algo no nos gusta sin convertirlo en una batalla.
¿En qué consiste la crianza conectiva que propones?
—Consiste en mirar al niño, tratar de identificar qué le ocurre, devolvérselo con palabras y validar su emoción. Si llega enfadado del colegio y tira la mochila, primero puedo decirle: «Veo que vienes muy enfadado y entiendo que te sientas así». Cuando se haya calmado, hablaremos de cómo expresar ese malestar sin hacer daño. Primero hay que conectar y después corregir.
¿Cuáles son las principales dificultades asociadas al abandono?
—En términos generales, encontramos tres grandes áreas: la autoestima, el aprendizaje y las relaciones sociales. Un niño puede pensar: «Si me abandonaron, algo malo debe de haber en mí». También puede necesitar más tiempo y repetición para integrar aprendizajes o para extraer consecuencias de la experiencia.
En el ámbito social, algunos tienen dificultades para iniciar y mantener amistades. Más adelante pueden establecer relaciones de pareja muy dependientes, como si esa persona llenara de repente todo lo que les faltó. No ocurre en todos los casos ni con la misma intensidad. Hay adoptados que llevan una vida plenamente funcional, pero las familias deben conocer los posibles riesgos.
¿El sistema educativo comprende estas necesidades?
—Todavía no lo suficiente. Son alumnos que muchas veces presentan una apariencia de normalidad, pero determinadas funciones no han madurado al mismo ritmo. Un día pueden resolver una operación y al siguiente quedarse bloqueados. El profesor puede interpretar que no quieren esforzarse, cuando en realidad no pueden en ese momento.
Muchos llegan a consulta con un diagnóstico de TDAH o de trastorno negativista desafiante, aunque en algunos casos sus síntomas están relacionados con el trauma y las dificultades de apego. Por eso es tan importante realizar una buena valoración. Un alumno bloqueado quizá necesite cercanía, calma y seguridad, no otra reprimenda.
¿Debe conocer el profesor que el alumno es adoptado?
—Los profesionales recomendamos a las familias que lo comuniquen, aunque no están obligadas. Hay profesores que reciben información, leen, se forman y ponen toda su atención; otros consideran que tienen demasiados alumnos para ofrecer una respuesta distinta. Sin embargo, a veces los cambios necesarios son sencillos: sentarlo cerca, anticiparle lo que va a ocurrir o ayudarlo a calmarse.
¿Funciona con estos niños el modelo de premio y castigo?
—Con frecuencia no, porque puede reforzar la idea de «no valgo», «no sirvo» o «no me quieren». Un «no» puede ser interpretado como rechazo. En lugar de decir «no saldrás hasta que recojas», podemos plantearlo en positivo: «Claro que puedes ir cuando terminemos de recoger, como habíamos acordado». El límite sigue ahí, pero cambia la forma de comunicarlo.
¿Cuál es uno de los errores más frecuentes de las familias adoptivas?
—Negar las diferencias y pretender que el hijo responda a las expectativas que habían construido. Hay padres que imaginaban unos estudios, unas aficiones o una relación familiar determinada. Cuando la realidad no coincide, pueden vivirlo como un fracaso. Es necesario mirar al hijo que tienen, no al que habían imaginado.
Los padres también se equivocan, pero pedir perdón puede ser reparador. Decir «antes estaba fuera de mí y no te he hablado bien» ofrece un modelo de vida. Lo dañino es mantener continuamente que el adulto siempre tiene razón.
¿Por qué la adolescencia puede ser especialmente complicada?
—Porque se unen la reedición de experiencias anteriores y la construcción de la identidad. Todos los adolescentes se preguntan quiénes son y adónde van, pero el adoptado añade otras preguntas: «¿De dónde vengo?», «¿Por qué me ocurrió esto?» o «¿Mi madre biológica se acordará de mí?». A menudo siente que le faltan piezas de su propio puzle.
¿Qué debe hacerse si quiere buscar a su familia biológica?
—Acompañarlo, siempre que sea un deseo suyo y se valore adecuadamente el momento. No conviene empujarlo porque los padres crean que buscar los orígenes es necesariamente bueno. Cada persona tiene su ritmo. También es recomendable contar con mediación profesional para contactar previamente con la familia biológica y preparar lo que pueda encontrarse.
La búsqueda puede ser reparadora, pero también supone una gran sacudida emocional. El objetivo no es encontrar un final perfecto, sino ayudar a la persona adoptada a integrar su historia. Necesita saber que sus padres estarán a su lado, tanto si decide buscar como si prefiere no hacerlo.



