Programas de conducta que favorecen el aprendizaje

Beatriz Gámez JareñoMartes, 11 de septiembre de 2018
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Normalmente, los problemas de actitud de algunos alumnos, cuando perduran en el tiempo, perjudican su proceso educativo.

¿Mejoran los programas conductuales las actitudes y los resultados de los alumnos? ¿Qué sabemos de la efectividad de estas intervenciones? ¿Cuáles funcionan mejor? Las respuestas a estas preguntas siguen siendo muy variadas dentro de la comunidad educativa. Además, se está investigando cómo poder avanzar hacia programas conductuales más efectivos y cómo evaluarlos. Los denominados programas conductuales o actitudinales (PCA) son planes cuyo propósito general es mejorar el clima de las relaciones y el aprendizaje e incrementar así las oportunidades educativas de los alumnos. Asimismo, tienen como objetivo principal prevenir o reconducir problemáticas conductuales que se manifiestan en el entorno escolar. Por estas razones, Ivàlua y la Fundació Jaume Bofill han creado una alianza para impulsar, en el mundo de la Educación catalana, el movimiento Qué funciona en Educación. Este proyecto tiene un objetivo claro: promover políticas y prácticas educativas basadas en la evidencia.
“Las conductas disruptivas, de indisciplina o incluso de agresividad distorsionan el funcionamiento óptimo de las clases y comprometen las condiciones de enseñanza y aprendizaje del alumnado. Asimismo, resulta evidente que las manifestaciones sostenidas de mala conducta representan un perjuicio importante para el progreso y las oportunidades educativas de los alumnos que las protagonizan. Un escenario distinto, y seguramente más preocupante, lo encontramos cuando la problemática conductual se manifiesta en forma de violencia física, verbal o psicológica”. Así lo explica el responsable de proyectos de la Fundació Jaume Bofill, Miquel Àngel Alegre, que además es experto en evaluación de políticas educativas y responsable de la publicación Qué funciona en Educación.

Funcionamiento PCA
El éxito de los PCA depende de cómo estos ajusten sus enfoques y actividades a las características de las problemáticas conductuales que se quieran afrontar. Convendría reforzar determinadas respuestas de tipo focalizado. En este caso, la apuesta debería ser por programas que trabajen de forma individual o en grupos reducidos .

Aparte de la estrategia focalizada, habría que promover estrategias de gestión del aula centradas en la definición de marcos normativos pactados, actividades de sensibilización y autocontrol, juegos cooperativos, mediación entre iguales, etc. Además, los programas antiacoso escolar de tipo universal pueden tener también un impacto positivo en la reducción de esta problemática en colegios e institutos. Sin embargo, no tienen el éxito garantizado.

Por un lado, las expulsiones de clase o del colegio perjudican el rendimiento académico de los alumnos e incrementan su probabilidad de abandono. Asimismo, habría que consolidar la apuesta por actuaciones universales, de carácter preventivo, dirigidas a trabajar aquellas competencias socioemocionales que pueden ser precursoras del buen o del mal comportamiento.

Por otro lado, el profesorado es una pieza clave en el desarrollo efectivo de los PCA, en todas sus modalidades y en todas y cada una de sus fases. Además, otros profesionales pueden contribuir de manera crucial al éxito de los programas.

Finalmente, Alegre insiste en la importancia que tiene el que estos programas sean evaluados para poder conocer qué margen de mejora e innovación queda por hacer.
 

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