Javier Scher advierte sobre la IA "Puede acelerar la educación o llevarla al caos"

Javier Scher, vicepresidente de Tecnología y responsable de Educación en Globant, sostiene en La Charleta Educativa que la inteligencia artificial puede impulsar la enseñanza, pero solo si los centros ordenan antes sus datos, su arquitectura digital y su modelo pedagógico.
José Mª de MoyaMartes, 26 de mayo de 2026
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Javier Scher llega a La Charleta Educativa con una advertencia serena y más técnica que catastrofista: la inteligencia artificial puede convertirse en una oportunidad enorme para la educación, pero también en un acelerador de problemas si se monta sobre estructuras débiles. Vicepresidente de Tecnología y responsable del área de Educación en Globant, el directivo mira la escuela desde la lógica de los sistemas, aunque deja claro desde el inicio que su preocupación no es la herramienta, sino el sentido educativo de su uso.

La entrevista parte de una pregunta incómoda: ¿puede la IA llevar a un colapso? Scher responde que, para incorporarla bien, hay que tener en cuenta varios factores, porque si no se hace así se entra en una aceleración hacia un caos. Su tesis atraviesa toda la conversación: no basta con sumar copilotos, chatbots o aplicaciones de moda; antes hay que revisar datos, arquitectura tecnológica y modelo operativo.

Poner la casa en orden

El primer riesgo está en levantar IA sobre datos dispersos. Scher denuncia que muchas organizaciones siguen trabajando con aplicaciones y datos en silos, sin interoperabilidad suficiente, y que en educación eso se traduce en información del alumno repartida entre sistemas distintos: expedientes, situación administrativa, datos familiares y seguimiento docente. Montar inteligencia artificial sobre una arquitectura fragmentada, insiste, «no va a funcionar».

De ahí que su prioridad sea fundacional: ordenar antes de acelerar. Scher acepta la fórmula del entrevistador y la convierte en consigna: primero hay que «poner la casa en orden». El diagnóstico conecta con otras reflexiones del propio periódico, como «inteligencia artificial o cómo mantener el control del aprendizaje», una idea que ya situaba el foco en la necesidad de guiar la tecnología y no dejarse arrastrar por ella.

Ese desorden tecnológico convive, además, con un estado emocional reconocible en muchos claustros. Scher habla de ansiedad, parálisis y miedo ante una velocidad de cambio que no da tregua. La distancia no es solo técnica: también es generacional y pedagógica. Los alumnos ya usan la IA para tareas y estudio, mientras parte del profesorado sigue intentando entenderla o busca la forma de integrarla sin perder rigor.

La IA no puede ser un atajo

El momento más nítido de la conversación llega cuando se plantea el dilema entre ayuda y atajo. Scher lo formula sin rodeos: en la empresa se pide usar IA para ganar eficiencia, pero en la escuela el objetivo no puede ser resolver antes de tiempo aquello que el estudiante debe aprender. «El proceso de aprendizaje», señala, «no es buscar el atajo». Si la herramienta sustituye la reflexión, la educación pierde su núcleo.

Por eso defiende que la IA actúe como copilot del aprendizaje, con la fricción necesaria para pensar, razonar y equivocarse. «El esfuerzo tiene que estar», resume. Desde esa mirada, la evaluación también debe cambiar: si antes medía memoria, ahora debe proteger habilidades humanas como el pensamiento crítico, la colaboración, la validación de fuentes y la capacidad de dar contexto a la información.

La conversación se vuelve todavía más concreta cuando Scher habla como padre. Dice que sus hijos le preguntan si pueden usar IA para tareas o redacciones, y su respuesta es que aún no es el momento de saltarse ese proceso. En la infancia, sostiene, toca desarrollar creatividad e imaginación antes de delegar en la máquina. No propone prohibiciones absolutas, sino guardarraíles que orienten el uso sin sustituir el aprendizaje.

De hecho, ante la disyuntiva entre un colegio que prohíbe todo y otro que abre la puerta sin límites, Scher se inclina por una escuela que use tecnología con criterio. Los «no rotundos», advierte, pueden empujar a los alumnos a buscar lo prohibido fuera del aula. Prefiere una comunidad educativa que acompañe, compense y explique riesgos, porque la educación digital no se resuelve con un cierre, sino con criterio compartido.

En el tramo final, el directivo insiste en que el docente seguirá siendo una figura fundamental, pero con un papel más humanístico y menos centrado en transmitir contenidos. La IA puede ayudar en corrección, programación o planificación, pero solo si la institución rediseña procesos y automatiza lo que no aporta valor. Su conclusión es una advertencia útil para escuelas, familias y empresas: la tecnología puede ampliar capacidades, sí, pero solo cuando la usamos con responsabilidad y sentido; de lo contrario, aísla.

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