Mutismo selectivo en Primaria: claves de una intervención basada en la confianza
El objetivo principal fue favorecer el inicio y la consolidación de la comunicación oral en el entorno escolar. ADOBE STOCK
La intervención educativa en un caso de mutismo selectivo exige una mirada clínica, pedagógica y humana al mismo tiempo. No basta con identificar la dificultad: hay que comprender su origen emocional, diseñar respuestas ajustadas y sostenerlas en el tiempo con coherencia y delicadeza.
La experiencia se desarrolló con una alumna de 5º de Educación Primaria escolarizada en un centro público de Alicante. Presentaba un diagnóstico de mutismo selectivo, ansiedad social y graves dificultades en la comunicación oral en el contexto escolar, aunque en casa se expresaba con normalidad. Desde etapas tempranas había mostrado una inhibición persistente para hablar en determinados entornos, especialmente con adultos del centro. Con el paso del tiempo, esa dificultad se consolidó hasta el punto de que dejó de dirigirse oralmente a docentes con los que antes sí se comunicaba. El impacto académico y emocional era evidente.
El objetivo principal fue favorecer el inicio y la consolidación de la comunicación oral en el entorno escolar. Para ello, la intervención se organizó en fases muy pautadas, con una premisa clara: reducir la presión, aumentar la seguridad y construir un vínculo estable antes de exigir avances visibles. La primera clave fue crear un espacio de confianza real. Las sesiones individuales en orientación se centraron en actividades lúdicas, en el conocimiento de sus intereses y en una interacción inicialmente escrita. Este paso resultó esencial para que la alumna percibiera el contexto como seguro y predecible.
A partir de ahí se incorporó una exposición indirecta a la voz. Se utilizaron audios y vídeos grabados en casa con contenidos vinculados a sus gustos, que primero se compartían sin contacto visual y con una presión mínima. Esta estrategia permitió acercar la comunicación oral sin generar bloqueo.
La progresión continuó con respuestas orales muy breves, comenzando por sí o no y ampliando después hacia unidades mínimas de habla. Más adelante se introdujeron preguntas personales y pequeños intercambios que, aunque al principio eran frágiles, fueron abriendo la puerta a conversaciones más elaboradas. Uno de los momentos más relevantes fue la generalización con la tutora. La interacción pasó del despacho de orientación al contexto escolar, primero con apoyos muy guiados y después con mayor naturalidad. Al inicio la alumna evitaba el contacto visual y se situaba de espaldas; con el tiempo logró responder y ampliar sus intervenciones en presencia de la docente.
La consolidación del proceso exigió una coordinación constante entre orientación, familia, tutora y gabinete externo. El trabajo compartido permitió unificar criterios, evitar mensajes contradictorios y sostener una respuesta educativa consistente, algo imprescindible cuando se interviene sobre una dificultad vinculada a la ansiedad. Además, se adaptaron situaciones de evaluación y se propusieron estrategias docentes muy concretas: formular preguntas abiertas, respetar los tiempos de respuesta, reforzar cada avance y crear contextos funcionales de comunicación. La clave no fue acelerar el proceso, sino hacerlo viable y sostenible.
Los resultados muestran una evolución significativa. Tras un largo periodo sin comunicación oral con el profesorado, la alumna comenzó a establecer interacciones espontáneas con su tutora y a expresar necesidades cotidianas, conflictos menores y situaciones relevantes del aula. Ese cambio no solo mejoró su participación, sino también su seguridad emocional. La experiencia confirma que el mutismo selectivo no debe interpretarse como una negativa voluntaria a hablar, sino como una expresión de ansiedad intensa que requiere sensibilidad, estructura y perseverancia. Cuando el centro educativo actúa con paciencia, coordinación y criterios compartidos, las posibilidades de avance aumentan de forma notable.
La principal enseñanza de este caso es que la intervención debe ser individualizada, progresiva y sostenida. Respetar el ritmo del alumnado, evitar la presión y ofrecer oportunidades reales de comunicación son principios básicos que deberían guiar cualquier actuación educativa en situaciones similares. También queda claro que la generalización no ocurre por sí sola. Requiere planificación, seguimiento y una alianza firme entre escuela y familia. Solo así el alumnado puede pasar del silencio defensivo a una participación más libre, autónoma y plena dentro de la vida escolar.
Blanca Monzó y Claudia Román. Departamento de Orientación Educativa CEIP Santo Domingo (Alicante)

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