Las preguntas que educan en el ser
Momentazo de la semana. Mi amiga A. me invitó a participar de una jornada sociocultural en la cárcel donde trabaja. A. es la responsable de estos programas, y cada jueves, invita a una persona que anime un taller para los presos que participan, den una charla, actúen del modo que sea. Cada uno a su estilo. El mío es Feed the Flame, un método con el que educo a adolescentes en sesiones de autoconocimiento y exploración de los talentos propios.
Al llegar a la garita de entrada me preguntaron:
—¿Sobre qué trata su taller?
Inicialmente me sentí abrumada, porque de repente, no sabía responder. La funcionaria me ayudó:
—¿Arte y cultura?
—Sí —respondí, y en mi interior, me percaté de que Feed the Flame consiste en el arte de hacer preguntas. Cuando formulo las cuestiones, la obra de arte que se compone con las respuestas conjuntas es sorprendente. Es como un tapiz que se teje con hilos de colores: mirados por detrás, pueden no tener sentido, y parecer solo un enmarañado sin criterio. Pero cuando se le da la vuelta, aparece una escena, una imagen perfecta de colorido y formas colocadas en su sitio. Las respuestas que cada uno aporta hacen emerger un condensado de sabiduría y verdad que sobrecoge el corazón. Es la obra comunitaria que entre todos creamos con nuestras aportaciones. Y de ahí derivan, además, las respuestas particulares para cada uno de los que han contribuido al conjunto. Esto es lo que logra Feed the Flame: que cada uno indague en sus propias respuestas y extraiga de su interior las perlas de conocimiento que les puedan servir en sus circunstancias. A la vez, la escucha de otras experiencias enriquece el paisaje de sabiduría propia, y agranda la mirada que a veces se nos estrecha en soledad.
Me indicaron el lugar donde me esperaban, y recorrí las galerías interminables sola, avanzando entre barrotes de seguridad que se iban abriendo por delante, y cerrándose por detrás a mi paso. Espeluznante, como en las películas. ¿Qué me espera hoy aquí? No podía evitar el escalofrío y la emoción por la oportunidad que esta ocasión me brindaba. Una mezcla de peso de la responsabilidad e ilusión por aportar la riqueza que sé que mis talleres suponen para quienes los viven.
Al llegar a la sala, saludé y nos presentamos. Les pedí que dijeran su nombre y algo sobre ellos que quisieran compartir: podía ser un talento, una preocupación, el dato que eligieran. Al hacerlo yo, les dije que tenía un talento para conectar con las personas de corazón a corazón.
Luego les expliqué en qué consiste Feed the Flame. Pocos hablaban inglés, así que empecé por traducirles: alimentar la llama. La llama es la sabiduría interna que todos tenemos, el cocimiento profundo que cada uno posee, la brújula interior que nos indica el camino y extraemos de nuestra esencia. Es el ser que nos habita. Les presenté la imagen de una llama que muchas veces corre el riesgo de extinguirse, que se va haciendo pequeña casi hasta apagarse. El modo en que yo planteo alimentar esa llama, para evitar que se apague, es con preguntas que la avivan y logran que se mantenga encendida y brille con más fuerza.
Las preguntas iban a dirigirse a la esencia de aquellas personas. El propósito era invitarles a desarrollar el pensamiento, a profundizar en las entrañas de su ser para poder responderlas. Algunas de aquellas preguntas eran una osadía, que podría parecer descabellada. Pero el atrevimiento valió la pena.
Estaba menos nerviosa que el año anterior, cuando fui por primera vez. Esta vez llegaba tarde. Así que, en lugar de disculparme, empecé diciéndoles que para mí era muy importante estar ahí, que les agradecía la acogida y la espera. Les anuncié un pequeño cambio de planes para introducir la sesión. Antes de empezar con las preguntas que llevaba preparadas, les lancé otra que resultaba pertinente a mi retraso. La pregunta era ¿qué es el tiempo?
¿A quién se le ocurre preguntar sobre el tiempo en una cárcel? Las miradas hablaban, algunos gestos de exageración, algún movimiento incómodo, e incluso, alguna negación con la cabeza. Habían percibido la ironía, que no pretendía ser tal. No era una pregunta irónica. Se dirigía a la línea de flotación de lo sabido por aquellos presos, para quienes el paso del tiempo no se juzgaba del mismo modo que para quienes gozábamos de una libertad que tantas veces dábamos por supuesta.
Nos pusimos manos a la obra y después, a la luz de las respuestas, me di cuenta de que aquella pregunta no podía haber sido más adecuada. Aprovecharon muy bien la oportunidad que les ofrecía para pensar sobre este asunto, y recogieron el guante de manera brillante.
Las respuestas empezaron a caer como lluvia fina, a empaparme de esa sabiduría que había anunciado que tenían, y la llama empezó a avivarse de modo evidente.
—El tiempo es una pérdida.
—Es un punto de no retorno.
—Es algo lento, pero a la vez, fugaz.
—Es algo necesario, porque nos hace percibir lo que supone habitar un tiempo de calidad.
—El tiempo es una moneda universal, con la que se paga todo.
—Son momentos, historias, penas, alegrías.
—Es algo relativo: es lento y rápido a la vez.
—Es lo que nos permite entender lo improductivo.
—Es algo inútil.
—Algo que no existe. Es un invento.
—Es el puro presente.
—Son espacios o secuencias de vivencias, que son diferentes para cada uno.
—El tiempo es una dimensión, es algo que hay que cuidar, que aprovechar.
—Es lo más sabio.
—El tiempo es la vida.
Estas respuestas me removieron, y lograron desbocar una gratitud inmensa por que aquellas personas me hubieran abierto su corazón a la primera.
Seguí con las preguntas. ¿Quién era yo antes de que el mundo me pusiera etiquetas?
—Alguien interesado por la ingeniería, curioso del funcionamiento de las cosas.
—Un niño que pensaba que todo era bueno.
—No considero que nadie me haya puesto etiquetas. Yo era, y soy, el actor de mi propio destino.
—Siempre he hecho oídos sordos a las etiquetas que querían ponerme.
—Un ser autónomo que iba descubriendo su camino.
—¿Amor?, ¿honestidad?
—Alguien más expresivo, con un corazón humanitario.
—Yo he sido siempre una etiqueta.
Me detengo aquí por la relevancia de la historia de este preso. Nació en la cárcel, con su madre presa. Tiene cuarenta y ocho años, y ha pasado la vida entrando y saliendo de prisión. Dentro de dos meses saldrá en libertad, y tiene la inquietud por enseñar a otros, más jóvenes, lo que se puede hacer, para evitar que lo hagan. Este ánimo educativo me atravesó como un proyectil. Sintonicé de inmediato con Paco, este preso desde niño, que no ha sido más que esta etiqueta desde su nacimiento.
—Yo era exceso de lealtad.
—Era un justiciero, deseoso de defender el bien frente al mal, y valiéndome del mal para lograr el bien.
—Yo fui libre hasta los cuatro años, cuando comenzaron a llamarme moro.
Aquí también voy a pararme para contar alguna pincelada de la vida de este presidiario. Nació en Argelia y se crió en España. Aquí le llaman moro, que significa marrón, pero él dice que no lo es. Su piel es clara. En Argelia le llaman cristiano, pero tampoco lo es, porque es musulmán. Sólo quiere ser libre, como era antes de que le etiquetaran de este modo tan cruel.
—Era el hermano mayor. Me encargaba de cuidar de los más pequeños porque mis padres no se ocupaban.
—Era un hombre sencillo, un deportista.
—Era un ser auténtico.
La siguiente pregunta fue ¿qué le diría a mi yo del pasado? Atención, porque los mensajes de cada preso podrían valer para cualquiera en el momento concreto. Al menos, valieron para mí, aquella tarde, en mi día a día, donde las prisas me impiden detenerme a considerar las cuestiones tan importantes que ahí se ponían de manifiesto. El valor del presente volvía a imponerse, como siempre que uno se para y observa la realidad.
—Que no procrastinara tanto las cosas.
—Que no me anclara en lo malo que hacía.
—Que no mirara tanto al pasado.
—Adelante, vive.
—No necesitas tanto para ser feliz.
—Estate atento a las sorpresas que te esperan en la vida.
—Escucha lo que te dice mamá.
—El dinero no es tan importante.
—No vuelvas a España.
—Para y escucha.
—Pregúntale a papá.
—Ve a ver a la abuela.
—Valora lo que tienes.
—Haz que cada día sea diferente.
—No busques fuera lo que tienes en casa.
—Piensa un poco. Estudia. No lo pruebes.
—No debes obedecer en todo a tu padre.
La última pregunta que les lancé fue: cuando salgas de la cárcel, ¿quién quieres ser?
Fue complicado conducir las respuestas, porque la mayoría se refería a acciones y actividades, y pocos hablaban de lo que yo les planteaba. Me di cuenta de lo alejados que vivimos del ser, cuánto nos desviamos de él con el quehacer frenético en que convertimos nuestras vidas. Cuando comprendían, muchos no sabían que responder, pero algunos conectaban con la esencia de quienes eran antes de las etiquetas, entendiendo que se las habían creído o incluso de las habían puesto a sí mismos.
Entré en la cárcel pensando que iba a enseñar algo a los presos. Salí de allí convertida en su alumna.
Termino por el lugar que comencé: para llegar a las mejores respuestas, hay que formular las mejores preguntas, las que hablan del ser. Y gracias a una tarde en la cárcel, ahora sé que esto es un arte. El arte de Feed the Flame.
