Ana Cobos (COPOE) propone Salud, Serenidad y Sendero para abordar el malestar adolescente en la escuela

Un coloquio organizado por Siena Educación, celebrado en la sede Fundación Diálogos y moderado por Javier Urra y José María de Moya, reunió a voces del profesorado, las familias, la administración pública, los centros educativos y el ámbito clínico para colocar la salud mental y emocional del alumnado en el centro del debate. El diagnóstico fue compartido: prevenir, acompañar y coordinar son ya tareas ineludibles, pero también lo es mirar de frente las fracturas que se detectan en el aula.
José Mª de MoyaMiércoles, 15 de julio de 2026
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El coloquio organizado por Siena Educación, celebrado en la sede Fundación Diálogos y moderado por Javier Urra y José María de Moya, reunió a voces del profesorado, las familias, la administración pública, los centros educativos y el ámbito clínico para colocar la salud mental y emocional del alumnado en el centro del debate.

La brújula de las tres S —Salud, Serenidad y Sendero— fue una de las aportaciones más claras del coloquio y llegó de la mano de Ana Cobos, presidenta de COPOE, como una manera de ordenar la respuesta educativa y familiar ante el malestar adolescente. Salud, para recordar que el cuidado físico y mental es la base de cualquier aprendizaje; Serenidad, para frenar el pánico apocalíptico que alimentan las redes y la inmediatez; y Sendero, para devolver a los menores un proyecto de futuro realista, con metas a largo plazo y valores firmes de convivencia.

Cobos censuró sin complejos «el egocentrismo de la educación emocional tradicional. El ser humano necesita conectar con la trascendencia.

La idea condensó el espíritu de una conversación en la que se insistió en que la salud mental del alumnado ya no puede tratarse como un asunto periférico, sino como una realidad cotidiana que interpela a familias, docentes, orientadores, equipos directivos y administraciones. A su juicio, orientadores, padres y madres necesitan una guía clara para afrontar los conflictos que surgen en casa y en el centro, porque la educación exige hoy referentes fiables y respuestas coordinadas. Cobos puso el acento en la importancia de los equipos de orientación, que muchas veces funcionan como primera barrera de contención ante situaciones complejas que no se resuelven solo con disciplina o con medidas puntuales. «Hace falta una guía común y una respuesta clara», resumió.

También censuró sin complejos «el egocentrismo de la educación emocional tradicional. El ser humano necesita conectar con la trascendencia. Cuando se impulsa a los jóvenes a mirar más allá de su ombligo, conectando con la espiritualidad, el voluntariado y el servicio al prójimo, recuperan de inmediato el sentido y la ilusión». 

Un coloquio para leer las grietas del sistema

Organizado por Fundación Diálogos y Siena Educación y moderado por Javier Urra y José María de Moya, el coloquio reunió a representantes de distintos ámbitos con una intención clara: describir con precisión qué está pasando en la infancia y la adolescencia y qué pueden hacer los adultos responsables cuando aparecen síntomas de sufrimiento. El tono de las intervenciones fue serio, pero no fatalista. Hubo preocupación, sí, pero también voluntad de construir respuestas compartidas y de revisar prácticas que ya no bastan.

Uno de los asuntos que atravesó toda la sesión fue el de las fracturas que se detectan en el aula. Los ponentes coincidieron en que el malestar escolar no se explica por un solo factor, sino por la acumulación de pequeñas grietas: dificultades de convivencia, pérdida de referentes, cansancio emocional, exposición temprana a contenidos y dinámicas digitales, presión académica, conflicto entre familias y centro, y una creciente fragilidad en la gestión de la frustración. En ese marco, la escuela aparece como un espacio donde todo se ve antes y, a menudo, donde todo se intensifica.

Pantallas, convivencia y presión emocional

María José Abad, directora de investigación de Empantallados, puso el foco en el entorno digital y recordó que no se puede educar en lo emocional sin tener en cuenta las pantallas, las redes y la inteligencia artificial. Su advertencia resumió una preocupación creciente: los menores aprenden a interpretar el mundo desde dispositivos que también influyen en su forma de relacionarse, de compararse y de gestionar lo que sienten. Abad fue tajante al señalar que «Hoy resulta imposible educar en lo emocional sin considerar el impacto de las pantallas» y añadió que todo ello «moldea la forma en que entienden el mundo».

Abad: «Pantallas, redes sociales e inteligencia artificial influyen en la manera en que los menores interpretan la realidad».

La frontera entre lo que sucede dentro y fuera del aula es cada vez más difusa, y eso obliga a repensar la educación emocional en un entorno hiperconectado. Abad defendió que el debate ya no puede limitarse a si los móviles están o no en clase, sino a cómo condicionan la atención, el sueño, la autoestima y la convivencia. «Pantallas, redes sociales e inteligencia artificial influyen en la manera en que los menores interpretan la realidad», resumió. Esa realidad, señalaron varios participantes, acaba entrando en el aula en forma de distracción, irritabilidad, aislamiento o conflictos repetidos.

Familias que piden acompañamiento

Ángela Melero, presidenta de CONCAPA, resumió el sentimiento de muchas madres y padres al afirmar que «ninguna familia está libre de tener un hijo con problemas o atravesar una situación difícil». Reivindicó, además, la necesidad de actuar antes de que el conflicto se agrave, porque la detección temprana puede marcar la diferencia entre una crisis contenida y una herida más profunda. Su intervención estuvo marcada por un mensaje de realismo: la adolescencia no es una etapa fácil, y la familia no siempre dispone de herramientas para interpretar lo que ocurre cuando el malestar se expresa en forma de rebeldía, silencio o rechazo.

Melero: «Ninguna familia está libre de tener un hijo con problemas

Melero insistió en que las familias necesitan orientación, no juicio. A su entender, uno de los grandes errores es convertir cada dificultad en un cruce de acusaciones entre escuela y hogar, cuando lo urgente es construir puentes, ofrecer criterios comunes y facilitar canales de comunicación ágiles. «Son valiosos los materiales que ayudan a madres y padres a entender mejor a sus hijos», señaló, y subrayó que ese apoyo debe llegar «especialmente antes de que el problema esté ya instalado». El acompañamiento, dijo, no es sobreprotección, sino presencia, escucha y capacidad de anticiparse a la escalada del conflicto.

En la misma línea, Rosa Rocha, presidenta de Adimad, insistió en que las familias no deben tirar la toalla y han de acompañar a sus hijos durante toda la adolescencia. Recordó que esta etapa trae consigo altibajos emocionales, discusiones y tensiones que no pueden resolverse desde la distancia, sino con constancia y con un trabajo paciente de relación. «Las familias tienen que mantenerse cerca, no rendirse y acompañar a sus hijos durante todo el proceso», afirmó.

Rocha: «Las familias tienen que mantenerse cerca, no rendirse y acompañar a sus hijos durante todo el proceso».

Para Rocha, muchas de las situaciones que llegan a consulta o a la escuela se podrían contener si los adultos aprendieran a leer mejor los cambios de humor, los silencios prolongados y la retirada de confianza.

La escuela como red de protección

Pilar Ponce, presidenta del Consejo Escolar de la Comunidad de Madrid, habló de «un trabajo conjunto muy interesante para seguir apoyando y acompañando a las familias, al profesorado y a toda la comunidad educativa», siempre con el interés superior del menor como criterio de fondo.

Ponce: «Siempre poniendo por delante el interés superior del menor»,

Su intervención sirvió para recordar que la salud mental en la escuela no es solo un problema clínico o familiar, sino también un asunto de organización, clima de centro y cultura educativa. «Siempre poniendo por delante el interés superior del menor«, señaló. Cuando los canales de relación funcionan, el alumno encuentra más fácil pedir ayuda; cuando se rompen, todo se complica.

Francisco Venzala, presidente de ANPE, fue todavía más allá al señalar que «la salud mental y el bienestar emocional de los jóvenes constituye uno de los grandes desafíos de nuestro sistema educativo y de toda la sociedad», y reclamó la implicación de centros, docentes, equipos directivos, personal sanitario y administraciones en una respuesta compartida.

Para Venzala, no basta con reconocer el problema: hace falta dotar a los centros de recursos.

Para Venzala, no basta con reconocer el problema: hace falta dotar a los centros de recursos, tiempo y apoyo profesional para que el profesorado no se sienta solo ante situaciones que a menudo exceden su formación inicial.

Fracturas visibles en convivencia, autoridad y atención

A lo largo del coloquio aparecieron varias grietas que hoy se hacen visibles en la vida del aula. Una de ellas es la convivencia, cada vez más tensionada por la dificultad para gestionar desacuerdos, fracasos y normas. Otra, la del vínculo pedagógico, que se debilita cuando el alumno percibe que nadie le escucha o que la autoridad solo llega en forma de sanción. También se habló de la fractura de la atención, muy vinculada al uso intensivo de pantallas, y de la fractura emocional, que hace que muchos adolescentes se muevan entre la hiperexposición y la sensación de soledad.

Katia Teresa, directora general de la Fundación Zola, resumió el espíritu del coloquio con una frase muy clara: «la responsabilidad es compartida por los centros educativos, las familias, la sociedad y los gobiernos». Su mensaje puso el acento en la necesidad de dejar atrás la dinámica de buscar culpables para pasar a construir soluciones estables, sostenidas y realistas.

A juicio de la responsable de Fundación Zola, el debate educativo se ha contaminado a menudo con reproches cruzados.

A su juicio, el debate educativo se ha contaminado a menudo con reproches cruzados, cuando lo que urge es reconocer que la salud mental del alumnado depende de una trama de apoyos en la que todos tienen una parte de responsabilidad.

Alfonso Aguiló, presidente de CECE, defendió reforzar la formación en convivencia y fomentar la autoridad del profesor para crear un clima de aula favorable a la salud mental de todos.

Aguiló recordó que una autoridad legítima no humilla ni aplasta; ordena, orienta y protege.

No se trata, en su planteamiento, de imponer más rigidez, sino de ofrecer seguridad, límites claros y una referencia estable que ayude a los alumnos a sentirse contenidos. «Es necesario formar en convivencia para facilitar la autoridad docente y reforzar el papel del profesor», dijo. Aguiló recordó que una autoridad legítima no humilla ni aplasta; ordena, orienta y protege. Y en una época de incertidumbre, esa función adquiere aún más valor.

Escuchar antes de que estalle la crisis

El psicólogo y director del Máster online para educadores en salud mental infanto-juvenil Javier Urra, valoró la presencia de orientadores, psiquiatras infantiles, directores y responsables de consejos escolares porque, dijo, todos aportan qué preocupa, cómo se previene y qué fragilidades aparecen en los hijos.

Para Urra, escuchar a tiempo es casi siempre la mejor herramienta de prevención.

Su intervención reforzó una idea de fondo: en salud mental, escuchar a tiempo es casi siempre la mejor herramienta de prevención. Urra insistió en que los adultos suelen llegar tarde cuando interpretan los síntomas solo como mal comportamiento o rebeldía. «Ha sido muy positivo reunir a orientadores, especialistas en psiquiatría infantil, directores y otros perfiles clave», destacó.

Moderador del coloquio junto con José María de Moya, Urra introdujo un marco de reflexión en el que la prevención no aparece como un eslogan, sino como una práctica diaria. Escuchar al alumno, observar su conducta, hablar con la familia, activar al orientador, coordinar al tutor con el equipo directivo y, cuando sea necesario, derivar a los recursos especializados son pasos que forman parte de una misma lógica de cuidado. La cuestión, subrayó, es que esa lógica no siempre está incorporada de forma natural en los centros.

La visión clínica

En su intervención por streaming, la Dra. Beatriz Martínez Núñez, psiquiatra infantil y de la adolescencia del Hospital Niño Jesús, ofreció un diagnóstico clínico crucial sobre la deconstrucción y el vacío que atenaza a los jóvenes en la actualidad. La psiquiatra infantil alertó del peligroso sesgo identitario y cultural que ha tomado la salud mental en las redes sociales, donde a menudo las patologías psicológicas ya no se tratan como afecciones a resolver, sino como «tribus urbanas» o etiquetas con las que definirse. Esta distorsión, unida a la falta de proyección, sume a los adolescentes en la apatía.

Martínez Núñez: «El dolor de muchos adolescentes hoy nace precisamente de esa alarmante pérdida de sentido, de la falta de ilusión por el mañana y del nihilismo que les hace creer que nada merece la pena».

La especialista insistió en la necesidad de dotar a los chicos de un propósito que los aleje del nihilismo existencial, incidiendo en que la educación no debe limitarse al plano meramente cognitivo o instrumental. En este sentido, dejó una de las reflexiones más profundas de la mesa de debate sobre el vacío vital que manifiestan los menores en consulta: «Hay que ayudar a los jóvenes a buscar un sentido, a levantar la mirada, porque el dolor de muchos adolescentes hoy nace precisamente de esa alarmante pérdida de sentido, de la falta de ilusión por el mañana y del nihilismo que les hace creer que nada merece la pena».

Enumeración de fracturas

Casi al final del coloquio se enumeraron las fracturas más frecuentes en el aula. Se habló de una ansiedad creciente en Bachillerato, especialmente en Segundo, donde la presión por la universidad, las notas de corte y la PAU empieza a erosionar la calma del curso desde el primer día. También se alertó sobre el impacto del llamado vamping, esa costumbre de prolongar el uso del móvil de madrugada que roba horas de sueño y acaba dejando a muchos alumnos literalmente dormidos sobre el pupitre, con el rendimiento y el ánimo por los suelos.

El coloquio puso el foco, además, en la falta de resiliencia de una parte del alumnado y de sus entornos. La dificultad para tolerar un no, un conflicto o una ruptura ha llevado a sobredimensionar algunos episodios de convivencia hasta confundirlos con acoso escolar. Frente a ello, se insistió en que los tropiezos, los desengaños y los desencuentros también forman parte del crecimiento y que no todo dolor exige una lectura traumática. Aprender a caerse y levantarse vuelve a ser una lección básica.

Otro de los asuntos que emergió con fuerza fue el de los repetidores, un grupo que arrastra con frecuencia indicadores preocupantes de desánimo y baja autoestima. Se advirtió de que el sistema, cuando los sitúa sin más al fondo de la clase o los deja avanzar sin acompañamiento, contribuye a que terminen la ESO o lleguen a la FP Básica con una sensación de fracaso acumulado.

A ello se suma una crisis más silenciosa: la de la soledad no deseada, el nihilismo y la falta de ilusión. Muchos jóvenes pasan tardes enteras solos, acompañados solo por pantallas, mientras se instalan en la idea de que no podrán acceder a una vivienda, a un empleo estable o a una vida mínimamente previsible. Ese horizonte borroso alimenta el enfado con el mundo y, en algunos casos, relaciones y conductas violentas.

También se abordó la toxicidad de los grupos de padres, convertidos a menudo en espacios donde se amplifica la sospecha, la crítica y la ansiedad adulta. En ese clima, la sobreprotección se multiplica: familias que hacen los deberes, abuelos que cargan la mochila o padres que acompañan cada paso hasta extremos que anulan la autonomía.

En paralelo, se denunció la pérdida de autoridad del profesor, debilitada por la judicialización de cualquier amonestación y por la presión de una minoría muy ruidosa capaz de paralizar la convivencia de un centro. La escena, según se expuso, no es infrecuente: profesionales desbordados, orientadores colapsados y docentes que acaban llorando en los baños por la agresividad verbal y la falta de respeto.

Prevención, recursos y comunidad educativa

Una de las conclusiones más reiteradas fue que el sistema educativo necesita tiempo para mirar, no solo para evaluar. Detectar que un alumno está desbordado, que se aísla, que responde con agresividad o que ha perdido interés por todo exige una cultura de observación que no se improvisa. Requiere equipos estables, menos ruido administrativo y más espacios para hablar entre profesionales. También exige confianza entre familias y escuela, dos ámbitos que a menudo se encuentran solo cuando ya hay un problema avanzado.

El coloquio dejó también un aviso sobre el uso de los recursos sanitarios y sociales. Los expertos coincidieron en que no todo puede resolverse desde el aula, pero tampoco conviene derivar antes de tiempo. La clave está en reconocer cuándo un malestar forma parte de las oscilaciones propias de la adolescencia y cuándo hay señales de que el alumno necesita apoyo clínico. Esa distinción, difícil pero imprescindible, demanda formación específica y una coordinación más fluida entre educación y salud.

Una responsabilidad común frente al malestar adolescente

El balance final del encuentro fue claro: la salud mental y emocional del alumnado exige prevención, coordinación y una comunidad educativa que actúe unida. Cuando la escuela, las familias y los recursos especializados trabajan en la misma dirección, el cuidado deja de ser una consigna y se convierte en una responsabilidad común. El coloquio organizado por Fundación Diálogos y Siena Educación quiso precisamente abrir ese espacio de conversación serena en el que las urgencias del presente se miran sin simplificaciones.

La sensación compartida fue que el problema no admite respuestas rápidas ni discursos únicos. Hace falta formación, recursos, autoridad educativa bien entendida, escucha, acompañamiento y una revisión profunda de las condiciones en las que hoy aprenden los menores. También hace falta aceptar que las fracturas que se detectan en el aula no son un síntoma aislado, sino la expresión de una tensión más amplia entre escuela, familia, tecnología y sociedad.

En ese cruce de miradas, el mensaje más sólido fue quizá el más simple: ningún actor puede cargar solo con el peso del malestar adolescente. La respuesta, si quiere ser eficaz, tendrá que ser compartida, sostenida y cercana. Porque detrás de cada conducta difícil, de cada silencio o de cada explosión emocional, hay casi siempre una necesidad de ser visto, escuchado y acompañado a tiempo.

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