Cuando una planta habló de personas

Una experiencia de laboratorio que transformó un experimento de Biología en una oportunidad para reflexionar, desde el método científico, sobre la naturalización del consumo de alcohol en la adolescencia.
Sebastián ChiapellaViernes, 10 de julio de 2026
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Proyecto sobre naturalización del consumo de alcohol en la adolescencia, realizado en el Laboratorio de Biología del Colegio Schönthal A-581 de Buenos Aires.

Las mejores preguntas no siempre nacen dentro de un laboratorio. A veces aparecen en los lugares más cotidianos y, casi sin proponérselo, terminan convirtiéndose en el punto de partida de una experiencia educativa.

Este proyecto comenzó de esa manera, frente a la góndola de un supermercado repleta de bebidas alcohólicas. Mientras observaba aquella escena surgió una pregunta que no dejó de acompañarme durante varios días: ¿cómo puede ser que el consumo de alcohol se haya naturalizado hasta el punto de formar parte de la diversión de tantos adolescentes durante los fines de semana?

Botellas en el supermercado.

La respuesta no podía encontrarse únicamente en una explicación teórica ni en una clase tradicional. Como docente de Ciencias Naturales sentía la necesidad de construir una experiencia diferente, una propuesta en la que el propio método científico fuera capaz de generar preguntas, despertar curiosidad y abrir un espacio de reflexión sin abandonar el rigor de la Biología. No se trataba de hablarles a los estudiantes sobre el alcohol, sino de invitarlos a descubrir, a partir de una investigación construida por ellos mismos, cómo una observación científica puede ayudarnos a pensar problemas que forman parte de la realidad.

Con esa idea comenzó a desarrollarse una experiencia de laboratorio junto con alumnos de primero y segundo año del nivel secundario. El propósito inicial parecía sencillo: estudiar los efectos de distintas concentraciones de alcohol sobre plantas de romero. Sin embargo, desde el comienzo quedó claro que el verdadero desafío iba mucho más allá de observar un fenómeno biológico. Lo que buscábamos era construir una experiencia donde el conocimiento científico no terminara en la explicación de un proceso vegetal, sino que invitara a formular preguntas capaces de trascender el laboratorio.

Los estudiantes participaron activamente desde el primer día. Organizaron el dispositivo experimental, prepararon los materiales, dividieron una pecera en compartimentos independientes, rotularon cada sector y elaboraron las distintas soluciones alcohólicas equivalentes a bebidas de consumo habitual como cerveza, vino, whisky y fernet. Una quinta planta, tratada únicamente con agua, actuaría como control experimental. Mi función consistió en orientar el trabajo, acompañar el proceso de investigación y ayudar a transformar cada observación en una nueva pregunta. Ellos fueron quienes construyeron el proyecto con sus propias manos.

La elección del romero respondió a criterios prácticos. Era una planta de tamaño adecuado para el dispositivo experimental y presentaba una resistencia suficiente como para soportar varias semanas de seguimiento. Esa característica permitió observar con claridad los cambios producidos por las distintas concentraciones de alcohol, comparándolos permanentemente con la planta control.

A partir de ese momento el laboratorio dejó de ser únicamente el lugar donde se desarrollaban las clases de Biología. Cada encuentro comenzaba con una rutina que los propios estudiantes fueron incorporando naturalmente. Preparaban los atomizadores, aplicaban cuidadosamente cada solución sobre las plantas experimentales y, casi de inmediato, se acercaban a observar si había aparecido alguna diferencia respecto de la clase anterior. Los primeros días prácticamente no ocurría nada visible. Sin embargo, lejos de disminuir, la curiosidad aumentaba. La pregunta que más se repetía era siempre la misma: Profe, ¿hoy cambió algo?

Alumnos interaccionando con las plantas

Aquella expectativa diaria fue transformando la dinámica del laboratorio. Los alumnos comenzaron a recorrer cada compartimento de la pecera con una atención cada vez mayor. Comparaban el color de las hojas, observaban pequeñas variaciones, discutían posibles explicaciones y formulaban hipótesis sobre lo que podía ocurrir durante los días siguientes. Sin advertirlo, estaban incorporando una de las enseñanzas más importantes del trabajo científico: comprender que el conocimiento no aparece de manera inmediata, sino que se construye observando, comparando, registrando evidencias y esperando que los resultados hablen por sí mismos.

Con el paso de las semanas comenzaron a aparecer los primeros cambios visibles. Las plantas tratadas con las concentraciones equivalentes al whisky y al fernet fueron las primeras en mostrar signos evidentes de deterioro. Poco después ocurrió lo mismo con las correspondientes al vino y a la cerveza. Mientras tanto, la planta que recibía únicamente agua permanecía verde, firme y saludable. Todos observaban esas diferencias con enorme interés, convencidos de que el experimento estaba llegando a un momento importante. Sin embargo, ninguno imaginaba todavía que el cambio más profundo de toda la experiencia no iba a producirse en las plantas. Iba a producirse en la manera de interpretarlas.

Plantas afectadas por el alcohol.

El momento en que cambió la mirada:

Después de varias semanas de observación, el experimento llegó a su etapa final. Las diferencias entre las plantas eran contundentes. Las expuestas a las distintas concentraciones de alcohol habían perdido progresivamente su color verde, sus hojas comenzaban a secarse y el deterioro era evidente. En contraste, la planta tratada únicamente con agua conservaba un aspecto saludable, manteniendo el crecimiento y la vitalidad que habían caracterizado todo el proceso experimental.

Con todos los estudiantes reunidos alrededor de la pecera comenzó la última observación del trabajo. La primera pregunta fue sencilla y buscaba recuperar todo lo aprendido durante las semanas anteriores. ¿Qué les pasó a las plantas?, las respuestas aparecieron inmediatamente. Se oxidaron, profe, se deshidrataron.

Las respuestas eran absolutamente correctas. Desde el punto de vista biológico, eso era exactamente lo que había sucedido. Durante todo el proyecto se había trabajado sobre los efectos del alcohol en los tejidos vegetales y los alumnos estaban interpretando correctamente la evidencia obtenida a través de la observación.

Después de unos segundos de silencio apareció una nueva invitación.

Sí… esa es la explicación biológica. Pero ahora intentemos observarlas desde otra perspectiva.

El clima del laboratorio cambió de inmediato, las plantas seguían siendo exactamente las mismas, no había cambiado el experimento, ni los resultados, ni la evidencia científica. Lo único que comenzó a cambiar fue la forma de interpretarlas. 

Imagen de los alumnos en los talleres.

A partir de ese momento aquellas plantas empezaron a representar situaciones humanas presentes en nuestra sociedad. Ya no eran solamente organismos vegetales afectados por distintas concentraciones de alcohol, también podían simbolizar personas que poco a poco comenzaban a aislarse, que perdían vínculos, que encontraban dificultades para sostener sus estudios, que deterioraban su salud física y emocional y que lentamente veían modificada su calidad de vida.

No se intentó reemplazar la explicación científica por un discurso moral, todo lo contrario. la Biología siguió ocupando el lugar central de la experiencia. Lo que cambió fue el alcance del aprendizaje.

El método científico dejó de explicar únicamente un fenómeno vegetal para transformarse también en una herramienta capaz de abrir una reflexión sobre una realidad que forma parte de la vida cotidiana de muchos adolescentes. Durante algunos segundos nadie habló. Ese silencio resultó, probablemente, uno de los momentos más significativos de todo el proyecto. No fue un silencio incómodo; fue un silencio de reflexión. Cada estudiante continuaba observando las mismas plantas, pero ya no las estaba mirando del mismo modo.

Cuando la actividad terminó ocurrió algo que tampoco había sido planificado. Los estudiantes comenzaron espontáneamente a aplaudir. Mientras se guardaban los materiales, varios se acercaron para agradecer la experiencia y compartir sus sensaciones. Algunos comentaban que el taller los había hecho pensar de una manera diferente. Otros expresaban el deseo de que esa actividad pudiera realizarse también con otros cursos. Ya no hablaban del color de las hojas ni de los efectos del alcohol sobre los tejidos vegetales. Hablaban de aquello que la experiencia les había permitido comprender. 

Momento final del taller con el profesor Sebastián Alberto Chiapella y los alumnos participantes.

Durante los días siguientes comenzaron a acercarse docentes, directivos y otros estudiantes interesados en conocer cómo había surgido el proyecto y cuál había sido la reacción de los alumnos. Poco a poco, la experiencia dejó de pertenecer únicamente al laboratorio para convertirse en un tema de conversación dentro de la comunidad educativa.

Palabras analizadas por alumnos que reflejan las conclusiones.

Con el paso del tiempo quedó claro que el resultado más importante del trabajo nunca estuvo dentro de la pecera. No fueron las hojas secas, ni las distintas concentraciones de alcohol, ni siquiera la planta que permaneció sana. El verdadero resultado fue comprobar que una experiencia construida desde el método científico puede transformarse en una poderosa herramienta pedagógica para favorecer la observación, el pensamiento crítico y la reflexión sin abandonar el rigor científico.

Esa fue, probablemente, la enseñanza más valiosa de toda la experiencia. Enseñar Ciencias Naturales no consiste únicamente en explicar cómo funciona el mundo biológico. También implica generar situaciones donde ese conocimiento permita comprender mejor el mundo en el que vivimos.

Cuando eso ocurre, el laboratorio deja de ser solamente un lugar donde se realizan experimentos. Se convierte en un espacio donde, además de construir conocimiento científico, también se forman ciudadanos capaces de observar la realidad con una mirada más crítica, más consciente y profundamente humana.

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