Miguel Ángel Blanco, en la memoria de las nuevas generaciones
La tarde del 10 de julio de 1997 quedó grabada en la historia de España como una de esas jornadas en las que el horror interrumpió la vida cotidiana. Miguel Ángel Blanco, concejal del Partido Popular en Ermua y joven economista recién incorporado al mundo laboral, fue secuestrado por ETA cuando apenas empezaba a construir su futuro. Su asesinato, 48 horas después, convirtió su nombre en símbolo de la resistencia cívica frente al terror.
Miguel Ángel Blanco había nacido en Ermua el 13 de mayo de 1968 y quienes lo conocieron lo describen como una persona afable, sencilla y alegre. Hijo mayor de Consuelo Garrido y Miguel Blanco, creció en una familia trabajadora llegada desde Galicia, sin lujos pero con el impulso de sacar adelante una vida digna. Estudió Económicas en Sarriko y, tras licenciarse, encontró su primer empleo en Eman Consulting, en Eibar, donde empezó a desarrollar su carrera profesional.
Su día a día combinaba trabajo, política y música. Vivía entre Eibar y Ermua, viajando en el tranvía que unía ambas localidades, mientras reservaba tiempo para tocar la batería con su grupo Poker y para su compromiso municipal. En 1995 se afilió a Nuevas Generaciones del Partido Popular y entró en el Comité Ejecutivo de Vizcaya; ese mismo año fue elegido concejal en Ermua, con el número tres de la candidatura popular.
La rutina se quebró aquel jueves de verano cuando sus compañeros comenzaron a inquietarse al ver que no llegaba a una cita prevista para las 15.30 horas. Un comunicado anónimo en Egin, alrededor de las 17.30 horas, confirmó que un concejal del PP había sido secuestrado y fijó un ultimátum cruel: la entrega de todos los presos de ETA al País Vasco antes de las 16.00 horas del sábado 12 de julio. La banda convertía así la vida de un joven en moneda de cambio.
El desenlace llegó en Lasarte, donde apareció malherido y con dos disparos en la cabeza. Blanco se convirtió en el secuestro número 78 de ETA desde 1970, el décimo secuestrado asesinado y la víctima 778 de una organización que extendió durante décadas su violencia por toda España. Su muerte no fue solo un crimen político: fue una agresión directa contra la convivencia democrática.
A partir de aquel momento, Ermua se volcó. Con el alcalde Carlos Totorica al frente, vecinos, familiares, compañeros de partido y ciudadanos anónimos comenzaron a concentrarse en las calles para exigir su liberación. La imagen del pequeño municipio vizcaíno acompañando a la familia y alzando la voz contra la barbarie dio la vuelta al país y abrió una movilización social de una magnitud desconocida hasta entonces.
Aquellas horas de angustia dejaron una huella indeleble en la memoria colectiva. Centenares de miles de personas salieron después a la calle en toda España para reclamar vida, libertad y democracia. Ermua se transformó en un referente moral porque supo convertir el dolor en denuncia y la impotencia en una respuesta ciudadana masiva, un gesto que hoy sigue siendo recordado junto a otras iniciativas de educación para la convivencia, como actividades para trabajar en el día de la paz y de la no violencia.
Detrás del símbolo estaba un joven normal que amaba la música, la amistad y las pequeñas rutinas familiares. Le gustaban especialmente Héroes del Silencio, tocaba la batería desde niño y en casa improvisaba ritmos sobre cazuelas y ollas hasta que sus padres tuvieron que comprarle un instrumento. También disfrutaba de las Navidades, de los chiquiteos con sus amigos y de las conversaciones tranquilas con su madre, a la que cuidaba con especial ternura.
Su hermana Mari Mar lo recuerda como una persona paciente, tenaz y muy sociable, siempre dispuesta a ayudar y a sacar una sonrisa. Entre estudios, trabajo y compromiso público, Miguel Ángel no había renunciado a la vida cotidiana ni a los planes pequeños. Esa normalidad, precisamente, es la que hace todavía más cruel su ausencia.
El asesinato de Miguel Ángel Blanco marcó un antes y un después en la lucha contra el terrorismo. No solo por la brutalidad del crimen, sino por la reacción de una sociedad que comprendió que la defensa de la democracia exigía salir a la calle, señalar a los violentos y acompañar a las víctimas. Su nombre quedó unido para siempre al de Ermua, al de una generación que aprendió, en medio del dolor, que la libertad también se defiende con la voz de la ciudadanía.
Hoy, recordar a Miguel Ángel Blanco es recordar a todas las víctimas de ETA y también la fuerza de una sociedad que, en uno de sus momentos más oscuros, decidió responder con dignidad, unidad y memoria. Ese legado sigue siendo una llamada a no olvidar nunca lo que ocurrió ni el precio humano que tuvo el fanatismo.
FUENTE: Fundación Miguel Ángel Blanco
