“Hay que empezar por definir qué es un buen docente y qué se espera de él”

Jesús Manso es profesor de Educación en la Universidad Autónoma de Madrid y asesor de la OEI. Es experto sobre la formación y la carrera docente, sobre el complicado diseño de un modelo MIR y sobre las carencias formativas del profesorado reconocidas por los propios profesionales.
Paloma Díaz SoteroMartes, 15 de septiembre de 2015
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La investigación sobre la docencia ha llevado a Jesús Manso hasta la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), donde participa en dos estudios internacionales de próxima publicación. Es una fiable enciclopedia de consulta en materia de enseñanza. El curso pasado presentó La voz del profesorado, donde los propios docentes reclaman un cambio en el sistema de acceso y en los planes de formación. Él mismo se enfrenta a clases de 70 universitarios con el desafío de que a innovar se enseña innovando.

Según su reciente investigación La voz del profesorado, los docentes creen que necesitan más y mejor formación didáctico-pedagógica y también socioeducativa. ¿Cómo está la formación de eso mismo en la universidad?

Es innegable que en los últimos años han mejorado los planes de formación, aunque solo sea por tener más tiempo para dicha formación teórico-práctica. Pero queda por hacer… En las facultades se percibe lo mismo que los profesores dicen en el estudio: que no hay una adecuada conexión entre la formación inicial y las necesidades reales del ejercicio. Por ejemplo, no se ha incorporado adecuadamente la tecnología, ni el Aprendizaje Integrado de Contenidos y Lenguas Extranjeras (CLIL, por sus siglas en inglés) ni la formación por competencias, etc.

Y esas carencias se dan igual en Magisterio que en el Máster de Secundaria?

Los docentes son críticos con la formación inicial en cualquier etapa… Yo creo que en Magisterio existe una formación bastante fuerte en lo didáctico-pedagógico, pero menos en lo socioeducativo. No se termina de ubicar bien en el plan de estudios, por ejemplo, el asesoramiento a familias. Ese tipo de competencias que responden a necesidades reales de la profesión docente, aunque están en el plan de de estudios, siguen sin desarrollarse o se enseñan de forma muy teórica.

En su estudio, los docentes también son favorables a un MIR educativo, cada vez más en el foco político. ¿Qué dificultad ve usted a su implantación?

Se suele apelar al coste económico, ya que para hacerlo bien hay que seleccionar centros y tutores, y formarlos e incentivarlos. Pero es probable que ni siquiera esté cuantificado. Otra dificultad es qué papel desempeñarían las comunidades autónomas; aunque el MIR dependa del Ministerio, los centros en los que se desarrollaría dependen de ellas… En cualquier caso, yo le doy mucha importancia a una cuestión y es que, antes de nada, para evitar enredar ciertas cosas, habría que definir un perfil competencial del profesional docente. Seguimos sin tener en España un marco definido y compartido de qué es un buen docente y qué se espera de su labor. Cuando se quieren poner en marcha nuevas políticas que afectan al profesorado, no tener eso definido impide avanzar. En Finlandia fue lo primero que hicieron en los años 70. Por supuesto, las competencias que se definan pueden ser revisables…

¿Hay motivos para el optimismo?

nR. Yo creo que algo relacionado con el profesorado va a tener que salir dentro de poco, en la próxima legislatura. Porque, además, la UE está incidiendo mucho en las políticas sobre el profesorado y eso imprime cierta presión. También la OCDE.

¿Cómo debería ser la figura del tutor en el MIR docente?

Primero debe ser una persona con experiencia (no menos de cinco años). Si tuviéramos un marco de competencias profesionales, tendría que cumplirlas: ser muy buen conocedor de su materia, muy buen transmisor de la misma, una persona innovadora, generadora de cambio, capaz de integrar a toda la comunidad educativa… Su papel es poner todo eso al servicio del profesor que está empezando como una guía y como un motor de reflexión. El docente que está inmerso en el día a día frenético de su práctica educativa, sin apenas tiempo para pensar más allá de cómo resolver cada clase en su momento, debe tener una persona que le haga reflexionar sobre lo que hace y sobre lo que no hace en función del curso en el que esté ejerciendo. El tutor es fundamental para identificarse con la profesión, y a identificar qué es un buen docente. En el caso de Secundaria sería muy importante porque hay algunos que se definen como “físicos que dan clase” en lugar de “docentes que imparten Física”.

¿Y cómo se acredita que un tutor es un buen profesor?

Habría que acreditarlo, claro. Y no se puede medir por los resultados de sus alumnos, o no solo. Habría que recurrir a mecanismos más complejos, como entrevistar a los candidatos, tener en cuenta la percepción de sus colegas, de los alumnos, del director; tener en cuenta los proyectos en los que han participado, programas de innovación; si él mismo genera formación o contenidos… Y sí, hacer las cosas bien lleva unos costes y un tiempo. No vale con que el director designe a los tutores.

¿Y qué haríamos con tanto interino en caso de un MIR?

Para mí es un problema insuperable por el tamaño que tiene. Lo que sé es que la experiencia, aunque es importante, no es un criterio suficiente para decidir que una persona debe tener una plaza.

¿Debe haber filtros más exigentes en la formación inicial?

Sí, pero no vale con índices de carácter académico. La selección tendría que ir más en la línea de aptitudes y actitudes. Seleccionar a la entrada nos permitiría formar a menos personas, lo cual sería más barato, y con mayor calidad; pienso, sobre todo, en las universidades públicas. Aunque la selección no garantiza la mejora de la formación: insisto en que hay que hacer una revisión de cómo se aplican los planes de estudio por parte del profesorado universitario. Si vamos a seleccionar estudiantes para seguir enseñando de la misma manera, no va a servir de nada. Y mayor selección no debe implicar un encarecimiento de las tasas.

 

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