Nuevo curso universitario o decíamos ayer
El curso universitario comienza de forma muy similar al pasado. Si en 2015 las elecciones que debían celebrarse en diciembre dejaban la situación bajo mínimos, ahora la situación no es mejor, ya que tras unos segundos comicios el candidato del PP a la presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy, todavía no ha logrado su investidura y la amenaza de unas terceras elecciones planea como una preocupante sombra.
Por tanto, la incertidumbre y la provisionalidad son dos de las características del curso académico que comienza con menos alumnos, si se mantiene la tendencia iniciada en 2012, año en el que se inició el descenso y desde el que el sistema universitario ha acumulado una pérdida de 101.429 alumnos de Grado o licenciaturas en extinción.
En concreto y según datos provisionales ofrecidos por el Ministerio de Educación, el curso pasado (2015-16) se perdieron 32.248 matriculaciones respecto al anterior, es decir, un 2,7%, menos. Por el contrario, aumentó en un 18% (17.402 inscritos) el número de matriculados en alguno de los másteres que ofrecen las universidades.
En el lado opuesto, en positivo y por razones obvias relacionadas con mejorar las posibilidades de formación en relación, entre otras cuestiones, con el empleo, aparecen los másteres. En efecto, el número de estudiantes que siguieron un Máster este curso en una universidad pública fue de 114.198 frente a los 96.796 del curso pasado.
En relación con grados y licenciaturas, Educación apela a la demografía para explicar tal descenso y señala que la población de entre 18 y 24 años se ha reducido. Sin embargo, otros sectores sociales, entre ellos los sindicatos docentes, atribuyen la caída del alumnado a la subida de tasas y a los recortes educativos, especialmente, a los sufridos por las becas.
En realidad, España aparece entre los países europeos con tasas universitarias más altas y, además, cada comunidad autónoma aplica, en virtud de la legislación vigente, un precio diferente ajustado a la horquilla que marca el Gobierno central. Es verdad que muchas administraciones regionales han optado por la parte más alta de la horquilla para generar ingresos y paliar, aun de forma leve, la crisis y la escasez de recursos. También es cierto que algunas comunidades han retrocedido sobre sus pasos congelando o rebajando los precios. Pero todo es insuficiente, porque la economía de las familias se ha debilitado y no son pocas las que no pueden afrontar el coste de los estudios superiores de sus hijos. Además, y como problema añadido, la política de becas es insuficiente y permanece alejada de los países de nuestro entorno.
Esta es una de las debilidades de nuestra universidad, que cada vez con más fuerza reclama una redefinición para competir con garantías de éxito en el ámbito internacional y afrontar los desafíos de la sociedad moderna.
Sin embargo, falta liderazgo para hacerlo y la crisis institucional hace más profunda esa sima. La promesa de un pacto educativo ha quedado en papel mojado con el fracaso de la investidura de Mariano Rajoy.
Ya no es que desconozcamos cómo va a diseñar o rediseñar el Ejecutivo las líneas maestras del cambio que reclaman los campus y la sociedad sino que carecemos de interlocutor porque el Gobierno en funciones puede acometer escasas iniciativas. De nuevo, los responsables de los rectorados deberán hacer «encaje de bolillos» para afrontar el día a día con garantías de éxito. Y en esa necesidad aflorarán las fortalezas de la institución.