La nueva frontera educativa amplía sus límites

Martes, 7 de febrero de 2017
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Muchos indicios presagian una colosal revolución educativa que va más allá de la escuela y tiene en danza a todas las personas responsables y a todas las instituciones. “El aprendizaje nunca ha sido tan importante como ahora”, ha escrito Joseph Stiglitz, que no es un pedagogo, sino un premio Nobel de economía. La nueva frontera educativa amplía sus límites, coloniza nuevos territorios. Los años de aprendizaje no se terminan en la escuela, sino que duran toda la vida. El periodo escolar no es el fin de nada, sino la preparación para otro tipo de Educación continua.

Cada vez se habla más del lifelong learning. Murdoch y Muller hablan de la learning explosion, posibilitada por miles de innovaciones digitales, al alcance de todo el mundo. The Economist acaba de publicar un análisis de la situación, titulando en portada Lifelong Learning. How to survive in the age of automation. La conclusión es clara: los individuos tienen que aprender continuamente, y también las instituciones, las empresas y la sociedad en su conjunto. ¿Será el sistema educativo quien se encargue de atender esta necesidad?

Nos encontramos en una situación comprometida. Necesitamos una Educación potente y eficaz, pero no sabemos cómo pensarla. Se vaticina un “salto evolutivo” en su historia, pero no sabemos qué o quién va a actuar como trampolín. No es de extrañar que ante este panorama muchas voces se alcen pidiendo una refundación de la pedagogía y un cambio radical en la escuela. Se habla constantemente de refundar la escuela (o reinventarla, reconceptualizarla, revisitarla, reimaginarla, rediseñarla…). Tambien de deconstruirla (anularla, sustituirla, desinstitucionalizarla, deslocalizarla, hacerla ubicua, invertirla…).

La necesidad de una mejora continua se ha traducido en una búsqueda de la innovación por la innovación, que en el campo educativo tiende a considerar que no hay nada permanente. El cambio educativo comienza a convertirse en una profesión. Para comprobarlo, basta con consultar el Second International Handbook of Educational Change (Hargreaves, A:, Lieberman, A:, Fullan, M., Hopkins, D.). En el estudio de la OCDE Política educativa en perspectiva 2015 se estudian 450 reformas educativas, parciales o totales, llevadas a cabo entre 2008 y 2014, con desigual fortuna. El título del libro de Charles M. Payne So much Reform, So Little Change (Harvard Education Press, Cambridge, 2013) es revelador.

Estas presiones nos llegan cuando la pedagogía se encuentra en estado mercurial, sin puntos claros de referencia. Las propuestas se amontonan, se superponen, florecen y se agostan con rapidez, carecen de precisión conceptual. Para unos, esto es síntoma de vitalidad; para otros, de confusión. Pero es la situación que vivimos. La pedagogía se ha convertido en un bosque espeso, en el que los árboles impiden ver la totalidad, y las plantas parásitas y las lianas impiden ver los árboles.

En la Fundación UP estamos revisando cientos de documentos y propuestas intentando establecer un léxico pedagógico compartido y elaborar un plano de nuestra situación. Al redactar los Papeles para un pacto educativo comprobamos que una parte de las disputas eran terminológicas. Palabras aparentemente unívocas como “calidad”, “equidad”, “esfuerzo”, “Educación pública” se han vuelto polisémicas. Es un trabajo humilde, pero creo que necesario. Los docentes tenemos que generar nuestra propia investigación, porque si nosotros no sabemos resolver los problemas que nos afectan ¿quién lo va a saber?

José Antonio Marina
Filósofo, escritor, pedagogo y catedrático de instituto. Director de la Fundación Universidad de Padres (UP).

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