“Si la universidad es fundamental para el progreso, no más recortes”

El nuevo representante de los rectores, Roberto Fernández, afirma que “tiene que haber una financiación basal, que permita a todas las universidades realizar sus programas mínimos y su función social”. No obstante, admite la financiación por objetivos.
Milagros AsenjoMartes, 23 de enero de 2018
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“Negociar una agenda sobre cuestiones de política universitaria con el Gobierno y los grupos parlamentarios, hacer de la CRUE una entidad más reconocida socialmente y con mayor musculatura institucional y estar más cerca de los rectores y las rectoras son los objetivos primordiales del mandato que acabo de asumir”, afirma el presidente de CRUE, Roberto Fernández, rector de la Universidad de Lleida, elegido para dirigir la Conferencia de Rectores, a la que pertenecen 56 campus públicos y 26 privados. La elección de Roberto Fernández, catedrático de Historia Moderna y Premio Nacional de Historia, que coincidió con el momento de máxima expresión de la cuestión del independentismo catalán, se produjo con el 92,5% de los votos emitidos (62 sufragios) y tan solo hubo tres en blanco y dos abstenciones. Aunque su candidatura venía de lejos, el nuevo presidente de la CRUE planteó a la Ejecutiva que si elección iba a ser fuente de conflicto por la situación de Cataluña, retiraba la candidatura. Sin embargo, recibió el apoyo de todos los rectores catalanes y de todos los demás. “No me votéis por ser catalán, pero no dejéis de votarme por ser catalán”, les había dicho a sus colegas.

¿Cuál es su punto de partida al llegar a la presidencia de la CRUE?
Como presidente de la CRUE y como rector, lo primero es tener empatía con el que tiene una responsabilidad superior. El Gobierno se encontró con una situación económica difícil y era lógico que aplicara unas medidas generales, que no voy a enjuiciar. Pero, si estamos convencidos de que la universidad es fundamental para el progreso del país, no más recortes. No hay que olvidar que el 3+2 empezó como una medida económica, para evitar gastos. Yo le pido al Gobierno de España, que sabe que la universidad es una pieza clave para el progreso, que no cercene ese camino, que revierta la política económica hacia la institución y dé a la universidad los presupuestos que esta necesita.

Usted ha manifestado que la CRUE no es gobierno pero tiene una función de ayuda, ¿cómo se explica esto?
La CRUE, que es una entidad privada dada la realidad de 17 sistemas universitarios, en cierta medida es también Estado y debe dialogar con el Gobierno español y con los gobiernos autonómicos, pero especialmente con el Gobierno de España, para tratar de vertebrar, de mancomunar, lo más posible esos 17 sistemas, de manera que, conjuntamente, compongan la sinfonía del sistema universitario español. Una primera labor de la CRUE es la de ayudar a que ese conjunto de universidades públicas y privadas, puedan tocar una parte de la sinfonía juntas, puedan colaborar, ver lo que se puede hacer en común, qué tipo de leyes les afectan e intervenir para tratar de armonizarlas, de forma que no perjudiquen a unos y beneficien a otros.

¿Cuáles son los temas de ese diálogo?
Primero, se especula sobre la incapacidad de las universidades en conjunto de adaptarse a nuevos tiempos, a los nuevos modelos. Yo digo que, junto con los ayuntamientos y la Iglesia Católica, las universidades son las instituciones de más larga duración en nuestro país. Y en buena parte son instituciones muy grandes y fuertes que han sabido adaptarse a los tiempos. España ha avanzado mucho en los últimos 30 años. Todos lo reconocen dentro y fuera, tal vez más fuera, y habrá que decir que las universidades han tenido algo que ver en el progreso social y cultural de España. Por tanto, las universidades han sido agente de la mejora y del progreso de este país y han sabido adaptarse a las circunstancias del entorno español, europeo y mundial. Empecemos por reconocer que tenemos el mejor sistema universitario español de nuestra historia y digamos que es un buen elemento para la marca España, porque la calidad de esa marca es su sistema universitario, que en el mundo de la producción científica está en torno al décimo lugar del mundo.

¿Tiene vitalidad la universidad, busca renovarse?
A mí me pasan un dossier cada día y es espectacular. Hay un elevado número de rectores, vicerrectores, decanos, etcétera, que buscan renovarse constantemente. Esa imagen de que las universidades españolas son inamovibles es injusta y cuando vas a los hechos te das cuenta del enorme dinamismo que tiene la institución en su conjunto. Pero, dicho eso, también tenemos cosas que mejorar.

Por ejemplo…
En la capacidad de que la investigación se traduzca en innovación y la transferencia sea mejor, en una mayor internacionalización o en aspectos determinados de la gobernanza.

El personal docente e investigador es una pieza esencial en el sistema universitario, ¿está reconocido y motivado?
La gente que yo tengo en mi universidad, y vale para todos los profesores e investigadores, ¿se está quieta en sus despachos? La inmensa mayoría del PDI es muy activo. Ojalá pudiera pagar todos los proyectos que me llegan, pero me paso el tiempo diciendo que no, porque no tengo recursos para atenderlos.

¿Cómo se ve tratado el PDI por los altos niveles de la Administración?
Espero, y creo que lo hará pronto, que el ministro de Educación reconozca el esfuerzo del profesorado español en este tiempo en que han perdido niveles salariales y capacidad adquisitiva. Tenemos 5.000 profesores menos, ha aumentado la docencia y se ha aplicado una estricta tasa de reposición y todo ello ha recaído sobre las plantillas. Estoy seguro de que un día de estos el ministro se lo agradecerá. Al menos, así lo espero.

Pero el agradecimiento debe traducirse en hechos concretos
Ahí voy. Aunque a nadie le desagrada el reconocimiento, es evidente que el profesorado necesita como mínimo tres cosas. En primer lugar, hay que renovar y completar las plantillas, porque es insostenible la pérdida de 5.000 profesores. En segundo lugar, es preciso que la docencia y la investigación sean compatibles, porque hay profesores que van sobrecargados de docencia y no pueden acudir con presteza a la investigación. Y en tercer lugar, hay una categoría de profesorado, el asociado, que es una magnífica iniciativa pero que debido a la tasa de reposición, las universidades se han visto obligadas a crear una figura de asociado no verídico, que da una parte importante de créditos y recibe un salario de miseria. Muchos de ellos quieren hacer carrera universitaria y, como la institución se mantiene de profesorado permanente, no de falsos asociados, tenemos que dar una salida a los que desean hacer vida universitaria. Después, las diversas comunidades educativas dirán, con las agencias de evaluación, pero no podemos sostener una universidad en falsos asociados.

¿Es cierto que la universidad está al límite?
No quiero ser alarmista ni catastrofista. El presidente de la CRUE debe ser moderadamente optimista. El Ministerio tiene que tomar cartas en el asunto. De lo contrario, la nave irá cada vez más lenta y puede llegar a pararse. Los otros países europeos, por su presupuesto, avanzan con mayor velocidad y la distancia con ellos va a ser cada vez mayor hasta el punto de que corremos el riesgo de depender del conocimiento que crean. Por tanto, la universidad española, que está haciendo muy bien su trabajo, al mismo tiempo está al límite de sus fuerzas.

¿Algo tendrá que ver la financiación?
El modelo es muy complejo y con muchas aristas técnicas. Pero hay una cosa clara. Nosotros dedicamos a la Educación Superior medio punto menos de nuestro PIB que países como Finlandia o Reino Unido. Eso son muchos millones de euros. Es verdad que el dinero no lo arregla todo, pero sin dinero se arregla poco. La consigna desde la CRUE es que vayamos aproximando nuestro PIB para universidad y conocimiento al de la Unión Europea, con la que competimos.

¿Y qué decir de las tasas académicas?
Uno de los de los principios básicos que me ha movido como rector y que comparte toda la Conferencia de Rectores es que el sistema universitario español obedezca a la equidad social. Es decir, nadie fuera de la universidad por cuestiones económicas.

¿Hay diferentes modos de garantizar la equidad?
En efecto. En Alemania, con un sistema fiscal determinado, la universidad es gratuita. En cualquier caso, es conveniente que se vaya hacia un modelo en el que el alumno pague según la renta familiar y que en el conjunto del Estado la diferencia de los precios entre Grado y Máster sea la mínima posible. Los precios deben tener una horquilla a la baja, ya que ahora la diferencia es brutal. Yo no quiero para España el modelo británico, al que cada vez es más difícil acceder económicamente.

En este contexto aparecen las becas…
En este tema se habla constantemente del límite mínimo académico para optar a las ayudas. Pero no creo que alguien sostenga que los profesores promocionamos la cultura del gandul. No, promocionamos la cultura del esfuerzo y cada alumno elige el nivel de esfuerzo y, en consecuencia, la recompensa que va a recibir. Las becas son un derecho social, no una competencia intelectual, salvo para el que no la merezca, porque no se esfuerza y suspende sistemáticamente. Esto no excluye que haya becas por rendimiento intelectual, porque una cosa es la ayuda universal para garantizar a todos el acceso a la universidad y otra, el premio por un alto rendimiento intelectual.

¿Qué modelo de financiación le parece más adecuado?
Tiene que haber una financiación basal, que permita a todas las universidades realizar sus programas mínimos y su función social, su funcionamiento. Si practicamos un neoliberalismo muy duro, nos equivocamos. Pero, junto a esa financiación, puede haber otra por objetivos.

Se han escrito ríos de tinta sobre la duración de los estudios, ¿grados de tres o de cuatro años?
Nunca acabaremos con ese debate, ni aquí ni en ninguna parte. Si miramos el mapa europeo, hay de todo. La CRUE dice que cada universidad debe asumir su responsabilidad. En general, los rectores están de acuerdo en que el título de Historia, por ejemplo, valga lo mismo en todas las universidades. No vayamos a entrar en una suerte de darwinismo académico. Si después hay algunos títulos nuevos que una determinada universidad puede ofrecer con el modelo 3+2 (tres años de Grado y dos de Máster), estudiémoslo.

¿Y los rankings?
Cada año, cuando llega la época de rankings sabemos quién y cómo va a hablar de ellos. Es un tema técnicamente muy complejo. Si tienes un Premio Nobel, ganas y los Nobel se “fichan”. Pero no todas las universidades pueden hacerlo. Los rankings han venido para quedarse, pero hay que advertir que la obsesión no debe ser tener una, dos o tres entre las 100 primeras, porque si solo tienen tres en ese arco y las restantes están entre las 5.000, no es representativo.

¿Una de las asignaturas pendientes de nuestra enseñanza superior es la internacionalización?
Todas las universidades intentan hacerlo. Algunas han encontrado un camino, pero sin la ayuda del Gobierno es imposible. Hay que poner una política de Estado al servicio de la internacionalización de la universidad.

Otra cuestión recurrente es la gobernanza. ¿Hay que cambiar el modelo?
Deberíamos darnos cuenta de que no hay un sistema universal válido para todas las universidades y para todas las instituciones. La universidad tiene que revisar su gobernanza y facilitar que haya algunas experiencias piloto voluntarias para ver si cabe otro sistema posible. Me parece que si es pertinente la democracia representativa para toda la sociedad, también debe serlo para la universidad. De hecho, la elección de rector ya se hace por sufragio universal ponderado de toda la comunidad universitaria. Creo que lo mejor es combinar eficacia con participación democrática de las comunidades académicas.

Su elección y la cuestión catalana

Los rectores eligieron a al nuevo presidente de la CRUE por 62 votos a favor, dos nulos y tres en blanco. En la elección se coló la “cuestión catalana”, hasta el punto de que el presidente saliente, Segundo Píriz, afirmó: “En el contexto del de-safío independentista, el nombramiento de un presidente catalán contribuye a normalizar la situación”.

Abordemos su elección como presidente de la CRUE en el momento más candente de la cuestión catalana. ¿Se vio entre la espada y la pared?
No. Sin embargo y aunque la candidatura venía de lejos, pensé si mi nombramiento podía perjudicar a la CRUE o a mi universidad. Y fueron los propios rectores catalanes los que me pidieron que me presentase tal como estaba previsto. Después consulté al presidente y a la Ejecutiva y todos apoyaron mi elección. “No me votéis por ser catalán, pero no dejéis de votarme por ser catalán, votadme porque soy Roberto”. Y aquí estoy.

¿Son representativos los alumnos que se han manifestado o han realizado actos de protesta en Cataluña?
Hay 207.000 universitarios, miles de profesores y de personal de Administración y Servicios y la vida universitaria catalana ha sido relativamente normal. La inmensa mayoría ha impartido o asistido a sus clases, la investigación ha seguido su marcha y la administración de los centros no se ha parado. Ocurre que en un momento determinado, una parte de la comunidad que abraza una causa política se ha manifestado de forma pacífica y ejemplar.

No hay duda de que la paz social se ha visto perturbada, ¿cuál es el papel de la universidad en este momento?
Soy un rector de una universidad y no puedo ejercer de oráculo de Delfos. Nuestro papel es enseñar, investigar y estar con los derechos de los ciudadanos. Los catalanes debemos hacer la conciliación civil. Vivimos en el mismo edificio y ocupamos diversos pisos ideológicos. Hemos de hablar, pasar de la letra mayúscula a la minúscula y conciliar nuestra vida civil. La universidad debe servir para tender puentes, para escuchar al otro y para dialogar.

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