“Los profesores somos ignorados y muy poco considerados por el MECD”

Ahora que reaparece la propuesta de un MIR educativo, hablar con una decana de Educación resulta muy ilustrativo. Amelia Calonge, decana de la Universidad de Alcalá, cree que los estudios para ser profesor deben ser más exigentes, “con una nota de acceso más alta”.
Milagros AsenjoMartes, 13 de febrero de 2018
0

”La selección de los alumnos que quieran estudiar Magisterio debe ser más exigente. Yo pediría una nota de acceso más alta y sería muy intransigente con aquellos que no supieran leer y escribir correctamente porque un maestro tiene que saber leer, saber sintetizar y redactar los que ha leído, saber relacionar y reflexionar. Y esto también en lo que se refiere a los contenidos básicos de Matemáticas”. Estas palabras de Amelia Calonge, licenciada y doctora en Ciencias Geológicas por la Universidad Complutense de Madrid y decana de la Facultad de Educación de la Universidad de Alcalá (UAH), reflejan su de-sacuerdo con el actual sistema de acceso a los estudios de Magisterio por entender que en las facultades no están los alumnos más brillantes o, al menos, los que tienen una verdadera vocación docente. La Facultad de Educación de la UAH, que tiene su sede en Guadalajara, imparte estudios de Grado de Magisterio en Infantil y Primaria y el Máster en Formación del Profesorado.

¿Cuáles son las fortalezas y las debilidades de estos estudios?
Son diferentes en los futuros maestros y en los profesores que cursan el Máster. Los alumnos de Magisterio tienen conocimientos sobre didáctica, métodos de trabajo, aprendizaje cooperativo… Están muy al día en métodos de enseñanza pero están flojos en lo que hace referencia a contenidos. Por el contrario, los alumnos del Máster tienen buena formación en contenidos pero les falta toda la parte de didáctica.

¿Por qué se produce esta situación?
El problema radica en que la mayor parte de los alumnos no escogen el Grado como primera opción, son muy pocos los que lo hacen. Es decir, la mayoría elige Magisterio no por opción sino por exclusión. Una gran parte del alumnado que está aquí que no tiene vocación, eligen en segunda, tercera, cuarta y hasta séptima opción, y no son los alumnos más brillantes. Afortunadamente, una parte descubre su carrera durante los estudios, pero un número grande no van a ser maestros nunca y si llegan les va a costar mucho llegar. Una gran debilidad del modelo es el acceso a los estudios de Magisterio.

¿Cómo debería ser?
Más enfocada a la selección y no permitiendo el acceso hasta que se agoten las plazas de que dispone la universidad, porque se matriculan tantos alumnos como son necesarios para cubrir las plazas que se ofrecen. Es un motivo más económico que de conocimiento de la formación inicial. Yo pondría una nota más elevada, sería muy intransigente con aquellos que no supieran leer y escribir correctamente. Un maestro tiene que saber leer, saber sintetizar y redactar lo que ha leído, saber relacionar, reflexionar; lo mismo en lo que se refiere a los contenidos básicos de Matemáticas. Además, buscaría otras compensaciones.

¿Por ejemplo?
Buscaría la compensación más emocional. Por ejemplo, a través de una entrevista donde pudiéramos comprobar las aptitudes y algún tipo de test, no de memorización. Ver si el candidato tiene la capacidad de ser maestro, de entusiasmar a los niños, porque si no lo llevas dentro es complicado que lo adquieras. Hay que buscar alumnos que estén preparados para estar con los niños y con las niñas, que sea su vocación y no un último recurso debido a que no consigue plaza en ninguna otro parte.

¿Qué modelo de otros países podría ser eficaz?
Como referencia de otros países, habría que ajustar la oferta a la demanda, porque si sumamos todos los maestros que salen y los puestos que hay que cubrir, la diferencia es enorme. Que no fuera idéntica la oferta y la demanda pero sí ajustarla un poquito más, que las universidades dispusieran de algunas plazas más pero siempre acercando la disponibilidad a los puestos profesionales a cubrir. De este modo habría menos alumnos y más motivados, y la formación sería de más calidad. Ahora prima el criterio económico más que el de la formación inicial. Las universidades necesitan recursos y cuantos más alumnos tengan, mayores serán los ingresos. Si no hay alumnos, no hay dinero; pero nosotros tenemos 80 estudiantes por clase y es muy complicado trabajar con ese número.

¿Es muy alto el índice de abandonos en Magisterio?
Los estudios no les resultan difíciles. A los alumnos no les cuesta seguirlos porque es un aprendizaje muy memorístico y solo quieren tener el título por el título. Pero, en cuanto se sale de ese aprendizaje memorístico, la mayoría fracasa. Hay un número de estudiantes para los que está claro que su carrera es el Magisterio, lo aman y quieren aprender, les gusta reflexionar, pensar, trabajar de forma colaborativa, pero no podemos decir que sea la mayoría.

Hablemos de los profesores, ¿se sienten considerados por la sociedad y los poderes públicos?
Los profesores somos ignorados y muy poco considerados por el Ministerio de Educación. Además, la valoración social es muy escasa y la propia universidad, los propios compañeros de otras carreras, minusvalora nuestros estudios. Mi madre era maestra en un pueblo de Guadalajara y, junto con otros profesionales que dedicaban su vida a tareas de servicio a los demás, era venerada.

¿Ni siquiera han sido consultados en la elaboración de la Lomce?
En absoluto. Ni las facultades de Educación, ni los expertos que enseñan a los alumnos a ser maestros, que después de 20 años, algo sabremos. Somos ignorados. Un dato significativo lo constituye el hecho de que de todo el surgimiento del bilingüismo en la Comunidad de Madrid, la universidad se enteró por casualidad, cuando los alumnos de prácticas fueron a los centros.

¿Y los padres?
Los padres manejan a los chicos y les hacen mucho daño. No saben cuál es su papel y se inmiscuyen en todo. Quieren ser ellos los que den el aprobado o el suspenso a sus hijos. Lamentablemente, hacen más caso a un niño de 7 años que al profesor y no es extraño ver a un padre invitar a su hijo a cometer barbaridades contra otro niño con el que está disputando un partido de fútbol. En la actitud de los padres hay un excesivo proteccionismo hacia sus hijos y no es infrecuente ver cómo les hacen todos los trámites para matricularse o cómo acuden al profesor para resolver problemas académicos del propio alumno. No puede ser que a los 18 años no sepan qué deben hacer.

¿Es habitual este comportamiento?
No. Todavía son casos aislados, pero los padres se pasan.

¿Cómo se pueden resolver estos problemas?
No solo con apelar a la autoridad del profesor. Este es un camino que hemos hecho a la inversa. El reconocimiento de esa autoridad tiene varios escalones y estamos todos involucrados. Hay un déficit de valores y los niños tienen equivocada la referencia. Hay que preguntarse qué modelo reciben, por ejemplo, de una madre que está viendo la televisión junto a sus hijos en horario inadecuado para los más pequeños. También la escuela tiene su responsabilidad.

¿En qué medida?
Creo que en la escuela hay una grave carencia y es la de la competencia comunicativa. No se desarrolla la competencia comunicativa y los niños no saben expresarse en voz alta ni defender algo. Se hacen comentarios de texto y no se aprende a construir una oración. Falla la asignatura de Lengua.

¿Saben jugar los niños?
El niño no está socializado, no sabe jugar porque su día está lleno de actividades y no le queda tiempo para ser niño y para aprender a divertirse y a aburrirse. 

0