Abyecto

La ciudadanía queda horrorizada cada vez que un hombre decide matar a la mujer que un día, dice, llegó a querer. Es claro que el devenir de la vida, que las separaciones, que las controversias por el régimen de visitas, por la adjudicación de las viviendas, por la cantidad económica que se ha de pasar, encienden un odio cainita.
Javier Urra
Académico de número de la Academia de Psicología de España y psicólogo de la Fiscalía del Tribunal de Justicia de Madrid
1 de octubre de 2019
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© JIRIS

No se trata de un trastorno mental transitorio, se planifica. El caso de Valga (Pontevedra) nos lo demuestra, adquirió un arma, se desplazó, mató a la que había sido su mujer, a la hermana de esta y a la abuela. Y lo hizo delante de sus hijos. Regresó, tiró el arma y llamó a la Guardia Civil. Había cumplido su objetivo, su rabia había envuelto su frustración, su impotencia.

En Madrid, otro hombre ha matado a cuchilladas a su mujer en el portal de la casa y también delante de sus hijos.

Estas conductas monstruosas nacen de un error esencial, cual es creer que se posee a la otra persona. No es así, cada persona es plena en su vida y en su obrar.

Naturalmente que la vida es un conflicto en muchas ocasiones, y el problema estriba en que hay quien no sabe autodominarse, o no quiere hacerlo. Le importa más su yo, su narcisismo. Es incapaz de convivir con el conflicto, de restañar una herida.

"Tres de cada cuatro niños se separarán el día de mañana de sus parejas. Por tanto hay que educarles en la ruptura, la contención, el autodominio, la aceptación de la frustración"

Expliqué en el Congreso de los Diputados, y como experto invitado al Pacto de Estado contra la violencia de género, que me parece bien reforzar los juzgados de violencia de género, ampliar el número de fiscales, dotar de personal a las Fuerzas de Seguridad, imponer medidas de distanciamiento. Pero que lo esencial es la prevención, algo que desde mi humilde punto de vista no se está realizando.

Y cuando digo prevención, me refiero a educación. Tres de cada cuatro niños se separarán el día de mañana de sus parejas. Por tanto hay que educarles en la ruptura, en la contención, en el autodominio, en la aceptación de la frustración. Pero también en la empatía, en ponerse en el lugar del otro, cómo siente, cómo piensa. Y esto hay que hacerlo en los hogares, en las escuelas y propagarlo en la red, en los medios de comunicación.

Es esencial que cuando se atisba una ruptura preparemos cortafuegos, vayamos juntos a un mediador y no planteemos una guerra legal para derrotar al otro, para dañarlo en lo más profundo.

Muchas mujeres se preguntan hoy si su pareja podría llegar a cometer un hecho tan deleznable. Muchas jóvenes se sienten golpeadas por el riesgo inherente al hogar y también, al de una violación en el exterior.

Es esencial que cuando se atisba una ruptura preparemos cortafuegos, vayamos juntos a un mediador y no planteemos una guerra legal para derrotar al otro

Fui el primer Defensor del Menor y me consta el shock que sufren los niños que pierden a su madre y quedan en orfandad, cuanto más si la muerte es violenta y la observan, y el estrés postraumático se profundiza y dilata cuando quien porta el arma homicida es su padre.

No se dude, estos niños requerirán un psicólogo clínico durante muchos años, pero lo primero que precisan es de mucho amor, de mucha calidez, de una familia, que bien puede ser la extensa que realmente les adopte, pues han quedado huérfanos. Habrán de observarse sus conductas en el presente, por ejemplo si el sueño está alterado por esas terribles imágenes que han quedado en sus retinas. Si hay cambios en su alimentación y en la forma de comportarse.

El día de mañana serán adolescentes y se preguntarán si esta aberrante conducta de su progenitor podrían heredarla, y habrá que contestarles con seguridad que no, que pueden y habrán de ser magníficas parejas, estupendos padres.

Cuando sean jóvenes se plantearán un terrible dilema: ¿ir a la cárcel para ver a su padre? ¿y, en ese caso, escucharle, desear quererle, despreciarle, aborrecerle?

Devastador. Esto es lo que consiguen estos hombres, arrasar las esperanzas y acabar con las vidas.

Eduquemos para la posible ruptura, practiquemos la empatía, transmitamos y hagamos vivir que nadie es poseedor del otro.

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