Más autonomía personal evita problemas emocionales

Una supervisión que combine el establecimiento de límites con la promoción de la autonomía personal puede prevenir problemas de conducta y emocionales en la adolescencia.
Adrián ArcosMartes, 18 de febrero de 2020
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Una supervisión parental que combine el establecimiento de límites con la promoción de autonomía puede prevenir problemas de conducta y emocionales, e incluso mejorar el bienestar de los hijos adolescentes. Esta es una de las principales conclusiones del estudio científico en el que ha participado Ana Rodríguez-Meirinhos, doctora en Psicología de la Universidad Loyola Andalucía, junto a otros investigadores de la Universidad de Sevilla y de la Universidad de Gante.

El trabajo, titulado When is parental monitoring effective? A person-centered analysis of the role of autonomy-supportive and psychologically controlling parenting in referred and non-referred adolescents, ha sido publicado en la revista Journal of Youth and Adolescence y se ha realizado a través de encuestas a una muestra de más de 1.000 adolescentes procedentes de diversos centros de ESO de las provincias de Sevilla, Cádiz y Huelva.

Esa combinación de la supervisión con la promoción de la autonomía implica que los padres establezcan límites y exijan el cumplimiento de las obligaciones, pero manteniendo una comunicación abierta con los hijos. Es decir, un diálogo para explicarles la importancia de las normas, ofrecerles alternativas y tener en cuenta su opinión.

Cuando las reglas se imponen sin tener en cuenta la opinión de los hijos, es probable que la supervisión sea menos efectiva

En ese contexto, es probable que los jóvenes se sientan más escuchados, reconocidos y valorados, lo que puede favorecer que se muestren más comunicativos con sus padres y, por iniciativa propia, les revelen más información sobre lo que hacen cuando están fuera de casa. A su vez, en ese clima de mayor confianza, también es más probable que los jóvenes consideren como legítima la autoridad parental y se muestren más dispuestos a aceptar las normas, lo que incide positivamente en la eficacia de la supervisión.

Nada recomendable, sin embargo, resulta la combinación de supervisión y control psicológico. Así, los autores del estudio han comprobado que cuando las reglas se imponen sin tener en cuenta la opinión de los hijos y se utilizan estrategias de chantaje emocional para presionarles a que las cumplan, es probable que la supervisión sea menos efectiva y genere resistencias e incluso fracasos. Probablemente, las prácticas intrusivas y de manipulación transmiten una sensación de desconfianza que lleva a los jóvenes a percibir la supervisión como una intromisión en su intimidad. A su vez, esto puede favorecer que se sientan más presionados, legitimen menos la autoridad parental y tiendan a mostrar más conductas desafiantes y problemas emocionales

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Ni los castigos ni las amenazas suelen funcionar, especialmente con los grupos más conflictivos

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Trasladándolo al ámbito escolar, Paola Ferrando, profesora de inglés y autora de la investigación Gestión del aula: Estrategias clave para el cambio, apuesta por pactar las normas con los alumnos: “Es muy interesante y divertido. Suelen ser muy duros al poner ellos las reglas, luego se arrepienten y hay que renegociarlas. Pero en general, las normas pactadas las cumplen mucho más. Ellos mismos reaccionan cuando alguien se las salta y comete una falta de respecto, grita en medio de clase, etc.”. Ese es un objetivo ideal: que ellos solos aprendan a controlarse.

Ferrando considera fundamental trabajar el terreno emocional y la motivación y cree que lo mejor es tomar medidas preventivas y correcciones no invasivas basadas en el refuerzo positivo, la mediación, evitar el enfrentamiento entre profesor y alumno, etc. La profesora asegura que “ni los castigos ni las amenazas suelen funcionar, especialmente con los grupos más conflictivos, en los que pueden incluso aumentar la hostilidad y el enfrentamiento”.

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Cuando a un niño se le dice que no puede llorar, se reprime y acaba canalizando sus enfados, rabietas y tristezas de una forma mucho más perjudicial

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Sarah Ebery es directora de TEMS (The English Montessori School), centro con la pedagogía Montessori centrada en la Educación emocional y a construir experiencias que ayudan al desarrollo de la personalidad de cada niño. Según Ebery, “si aprendemos a identificar y a gestionar nuestras propias emociones, aprendemos a conocernos mejor a nosotros mismos y, por ende, a ser capaces de responder ante ciertas situaciones y tomar decisiones que a priori tienen un grado mayor de dificultad”.

Para ella, “cuando a un niño se le dice que no puede llorar, porque los niños no lloran, ese niño se reprime y acaba canalizando sus enfados, rabietas y tristezas de una forma mucho más perjudicial para él que la del propio llanto, por ejemplo, mediante comportamientos agresivos y violentos”. Sin embargo, “si al niño se le permite manifestar libremente sus opiniones y sentimientos, a la vez que se le enseña, argumenta y explica la situación, aprenderá a afrontar y razonar de forma mucho más eficaz para su propio bienestar y desarrollo”.

Esta es la razón por la que en Montessori desarrollan los conceptos de “mentalidad de crecimiento” y de resiliencia, entendida esta última como la capacidad de las personas para superar circunstancias complicadas y hacerles frente. De esta forma, se orienta a los alumnos y se fomenta su fortaleza, independencia, autocuidado y capacidad de autonomía y autogestión, lo que les ayuda a aprender a adaptarse y a hacer frente al día a día y a los retos de un futuro en constante movimiento.

Empezar en la infancia

Pero para Ebery, “es esencial trabajar esas emociones desde la infancia, cuestión que se puede hacer a través de la realización de sencillas actividades que les estimulen y les permitan expresarse con total libertad”.

De hecho, el proyecto Learning to be, en el que han participado más de 120 colegios de toda Europa, también revela la importancia de implementar el aprendizaje socioemocional en las escuela desde edades tempranas. Los estudiantes españoles más jóvenes (entre 9 y 11 años) son más propensos a desarrollar habilidades  como el afecto y la preocupación por los demás, la toma de decisiones responsables, la potenciación de relaciones positivas o el manejo de situaciones difíciles. Además, se ha demostrado que el aprendizaje emocional y social mejora el bienestar, el comportamiento y los resultados académicos de los niños.

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Comentarios
  1. Raúl Cuasés
    17 de marzo de 2020 02:54

    Gracias por su ayuda