
Pablo Rodríguez Herrero, Universidad Autónoma de Madrid
¿Es deseable y prioritario que todo el alumnado con discapacidad se integre en las mismas aulas que los demás? ¿O aprende y se desarrolla mejor, en algunos casos, en centros diseñados específicamente para sus necesidades?
El debate sobre si la educación inclusiva en escuelas ordinarias (todos los niños juntos en el mismo centro) puede convivir con la educación especial (escuelas específicas para niños con discapacidad) se ha agudizado desde que la ley educativa española estableciera la primera como la modalidad deseable y más inclusiva, instando a que “en el plazo de diez años (…), los centros ordinarios cuenten con los recursos necesarios para poder atender en las mejores condiciones al alumnado con discapacidad”.
Actualmente, el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes está elaborando el Plan Estratégico de Educación Inclusiva 2025, que pretende concretar respuestas educativas “que garanticen el derecho a la presencia, la participación y el aprendizaje de todo el alumnado”, partiendo de la base de que “las barreras para el acceso y la participación en contextos ordinarios siguen siendo una realidad para muchos alumnos y muchas alumnas”. Este planteamiento establece, por tanto, que lo deseable para todo el alumnado es el acceso a escuelas ordinarias.
En línea con lo dispuesto en esta ley española, diversos autores y colectivos entienden la educación especial (que hasta la fecha ha sido una de las modalidades de escolarización fundamentales para el alumnado con discapacidad) como una opción segregadora. Sin embargo, ¿puede ser la educación especial pertinente para algunos alumnos, en el ejercicio de su derecho a la educación?
Del principio universal a la realidad concreta
Aunque la inclusión en escuelas ordinarias pueda parecer un principio incuestionable, la realidad de algunos alumnos y sus familias muestra que, en ocasiones, no es una prioridad para ellos.
La educación debería partir de las circunstancias concretas de cada alumno. Esto implica aceptar que, en algunos casos, el principio de educación inclusiva en escuelas ordinarias debe repensarse de forma situada y atendiendo a su singularidad.
Una aplicación rígida de la educación inclusiva podría, paradójicamente, debilitar un pilar fundamental: la atención a la diversidad. En este sentido, algunos autores afirman que en la medida en que la definición más básica de la educación es esencialmente inclusiva debe ser precisamente diferenciadora.
Una educación inclusiva con sentido
En un estudio reciente introducimos el concepto de “educación inclusiva con sentido”. En él cuestionamos que las escuelas ordinarias sean necesariamente la mejor opción, en la práctica, para todos los alumnos con discapacidad, incluso cuando cuentan con recursos. Este concepto pretende contribuir a que se tomen decisiones sobre las modalidades de escolarización que vayan más allá de un principio establecido a priori como deseable para todos, reconociendo las tensiones existentes.
En ocasiones, y dependiendo de las circunstancias y necesidades concretas del alumnado y sus familias, la educación inclusiva en aulas ordinarias puede no ser adecuada. Factores como el cuidado de la salud física, el bienestar psicológico o la posibilidad de establecer vínculos de amistad con compañeros con intereses similares pueden hacer que la educación especial sea la opción más beneficiosa para algunos alumnos con discapacidad.
Por esta razón abogamos por una aplicación flexible de la idea de escuela inclusiva, que tenga en cuenta la diversidad real y la singularidad de cada alumno. Entender la educación especial como una opción segregadora sin más no reconoce que para algunos alumnos este tipo de modalidad es su vía de acceso a la sociedad.
Inclusión y grupos de referencia
En particular, esta reflexión es especialmente oportuna en el caso del alumnado con discapacidad intelectual y altas necesidades de apoyo. ¿Qué sentido tiene, por ejemplo, incluir a un adolescente cuyos aprendizajes realmente significativos tienen que ver con habilidades básicas de comunicación o autocuidado en un grupo de alumnos de la misma edad sin discapacidad, que se encontrarían estudiando fracciones o geometría?
Para alcanzar una educación inclusiva, la LOMLOE propone el diseño universal para el aprendizaje (DUA), que consiste en concretar metodologías didácticas que proporcionen múltiples medios de enseñanza, expresión y motivación en el alumnado. También se está promoviendo, en los últimos años, la codocencia o docencia compartida como metodología para atender a la diversidad.
Sin embargo, no se trata (sólo) de cómo enseñar y aprender, sino de los conocimientos que se adquieren. Y estos debieran estar en el campo de posibilidades de las capacidades de cada alumno y ser valiosos para ellos.
Vivencias de exclusión en la escuela inclusiva
En este sentido, ni el mejor diseño universal del aprendizaje que podamos imaginar nos ayudaría a enseñar contenidos no asimilables desde las circunstancias de los alumnos con más necesidades de apoyo.
Su incorporación en el aula ordinaria junto con otros alumnos sin discapacidad de la misma edad puede ser una forma de violencia que no tenga en cuenta sus circunstancias. Una experiencia aparentemente inclusiva puede transformarse en vivencias de exclusión. Esto ocurre cuando, por ejemplo, el alumno con discapacidad debe aprender contenidos distintos a los del resto de la clase; o salir del aula de manera frecuente, en grupos segregados.
Qué ocurre tras la etapa escolar
La educación que se recibe en la edad escolar afecta a nuestra vida adulta. En este sentido, también es necesario que nos planteemos qué aprendizajes son más útiles para una vida plena en sociedad de los estudiantes con discapacidad.
Hay experiencias en escuelas especiales que se han demostrado positivas para la inclusión social de personas con discapacidad a lo largo de la vida, gracias al aprendizaje de conocimientos relevantes y a un adecuado desarrollo psicosocial y físico.
También existen experiencias excelentes en escuelas ordinarias y otras “potencialmente excluyentes para la vida adulta, por vivencias de aislamiento, falta de amistades genuinas, etc.”
Aplicación crítica y concreta
La educación debería reconocer la singularidad sin renunciar a principios generales, asumiendo que puede haber casos para quienes la formación junto con alumnos semejantes puede ser beneficiosa y deseable. Es decir, la educación inclusiva es un principio que debe ser aplicado de manera crítica y concreta, no abstracta y teórica.
Además, la educación especial ha sido históricamente un foco de innovación y transferencia pedagógica hacia la escuela ordinaria, como muestran los inicios de Maria Montessori en su atención a niños con discapacidad o el trabajo por competencias desarrollado durante décadas en estos centros. Por ello, su existencia no supone un retroceso, sino la conservación de un recurso fundamental para la formación de muchos alumnos.
Pablo Rodríguez Herrero, Profesor del Departamento de Pedagogía, Universidad Autónoma de Madrid
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.