Haydée
Hay pocas situaciones más desoladoras que viajar en el último tren de Cercanías. Las luces parpadeantes y los asientos con la tapicería sucia; el aire viciado del interior y las ventanas grafiteadas que apenas dejan pasar un etéreo rayo de luna.
Mateo era una de esas almas que deambulan a esas horas y que toman ese tren tras una dura jornada de trabajo. Le gustaba sentarse cerca de la puerta del vagón y parapetarse detrás de un buen libro, que le hiciera evadirse de la pesarosa realidad de aquel transporte público. Era una rutina cómoda para él, segura, que seguía fielmente, hasta que una noche de octubre se vio interrumpida por un personaje peculiar.
***
Mateo se revolvió en su asiento, incómodo, y procuró apartar sus piernas de la chica que se había sentado frente a él. Era una muchacha escuálida y llevaba un forro polar negro, con los puños de las mangas agujereados. Se sorbía la nariz y tenía la mirada perdida, enmarcada por unas ojeras violáceas. Su cabello, de un castaño oscuro, estaba encrespado. Tenía los labios cortados; eran sonrosados y con forma de corazón. El chico arrugó la nariz, pues la joven emanaba un fuerte olor a tabaco y a algo más, como a tierra húmeda. Resuelto a ignorarla, sacó el libro de su mochila y se dispuso a leer. Pronto, las líneas de El conde de Montecristo aparecieron ante sus ojos y se sumergió en los tortuosos pasillos del Castillo de If.
Una voz resquebrajó la ilusión. Era la chica, que lo observaba con enigmática sonrisa.
–¡Pobre Dantés!
Mateo, perplejo, no supo qué responderle.
–Es una novela maravillosa ¿La has leído más veces? –volvió a hablar.
Él, recuperando la voz, repuso:
–No; es la primera vez. Y te confieso que se está convirtiendo en mi libro favorito.
Ella asintió.
–Para mí, es el mejor de Dumas.
–¿Los has leído todos? –parecía incrédulo.
–Sí.
Mateo se sonrojó por haberla juzgado antes de que ella rompiera a hablar. Para rectificar sus pensamientos, se presentó:
–Soy Mateo. Y tú, ¿cómo te llamas?
Negó con la cabeza, divertida.
–No le doy mi nombre al primero que me lo pide –. Volvió la mirada a la novela – Para ti, me llamo Haydée.
A lo largo del mes de octubre, Mateo y Haydée compartieron sus trayectos nocturnos. Para Mateo, Haydée resultó ser una fuente inagotable de palabras hermosas con las que ella urdía historias, reflexiones, versos. Hablaban de una diversidad de temas, desde arte a política, pero sobre todo de literatura. Haydée parecía tener vastos conocimientos de todo, como si hubiera tenido mil vidas para conocer cada uno de los saberes.
En cada viaje, Mateo lamentaba llegar a su parada y tener que despedirse de ella, aunque apenas supiera nada de aquella muchacha: ni su nombre real ni en qué consistía su trabajo, si es que lo tenía, ni en qué rincón de la ciudad vivía. Los escasos intentos que hizo para tratar de averiguar algo personal, cayeron en saco roto. Cuando le preguntó qué tren tomaba por las mañanas, le respondió que por las mañanas no tomaba el tren. Y una noche que le propuso que se hicieran una fotografía para tener un recuerdo juntos, ella se negó al alegar que no le gustaban las fotos. Mateo prefería no dar vueltas a aquellos interrogantes, para centrarse en lo que conocía de ella: su pálida figura, sus manos heladas, sus comentarios ingeniosos y su risa áspera.
Respetaba los enigmas de Haydée, pero conforme pasaban las semanas había uno que no lo dejaba descansar tranquilo: su aspecto desnutrido, sus ojeras y su palidez habían ido aumentando considerablemente. En ocasiones, incluso, había detectado que le sacudían temblores y tics nerviosos. Más de una vez se preguntó si no se trataría del efecto de algún tipo de droga. Sin embargo, no se atrevió a interrogarla al respecto.
Pero la noche del 14 de noviembre, Haydée estaba peor que nunca. Parpadeaba involuntariamente y sus manos temblaban, así que Mateo tomó una decisión: aquella noche dejaría pasar de largo su parada y esperaría a que el vagón se vaciara de sus pocos ocupantes para, de una vez por todas, hablar con ella.
Así pues, cuando anunciaron su estación Mateo no se levantó del asiento. Haydée lo observó en silencio, sin inquirir en el porqué de su cambio de rutina, y se limitó a apoyar su cabeza en el hombro de él. Al cabo de tres paradas más, el vagón quedó desierto, a excepción de ellos dos. Mateo tragó saliva y se aclaró la garganta antes de preguntarle:
–Haydée, ¿estás bien? Hace semanas que pareces completamente agotada. Si necesitas cualquier cosa, puedes contar conmigo.
–Conque cualquier cosa… –susurró sin mirarle a los ojos– ¿De verdad harías cualquier cosa por mí?
Él le dijo que sí, sin dudar un solo instante.
Haydée apenas esbozó una sonrisa, como si el gesto le resultara doloroso, giró la cabeza y lo miró fijamente. Ella tenía los ojos vidriosos. Mateo se dio cuenta de que temblaba y respiraba agitadamente. Entonces Haydée se incorporó y acercó sus labios a la oreja del chico.
–Lo siento mucho, Mateo. Debes creerme –murmuró. Su voz era ronca, su aliento frío.
Con una velocidad y fuerza en apariencia imposibles para su frágil cuerpo, agarró por los hombros a Mateo. Él, sorprendido, intentó zafarse de las huesudas manos, sin éxito, y sintió con horror cómo la chica le hundía los colmillos en su cuello. Se quedó paralizado por el terror, pero su mente pareció iluminarse con un rayo de lucidez. Todos los misterios de Haydée cobraron sentido: por qué era tan pálida y por qué tenía las manos heladas; por qué sólo la veía de noche y por qué odiaba las fotografías. Incluso recordó el leve olor a tierra húmeda… ¡a sepultura! que emanaba su piel el día que la conoció. Si las primeras palabras que le escuchó fueron «¡Pobre Dantés!», ahora, pensó con amargura, debían ser «¡Pobre Mateo!».
«He sido tan ingenuo como el protagonista de la novela».
En aquel momento, mientras su vista se nublaba, cayó en la cuenta de que, a diferencia de Edmundo, para él no habría redención, no habría Montecristo.
Mònica Giménez Fernández, ganadora de la XX edición de www.excelencialiteraria.com (modalidad relato breve)

