Javier Urra y los trastornos: "Una persona puede reconstruirse, pero no volver al estado anterior"
A diferencia de la enfermedad mental, el trastorno puede tener un origen puntual, una causa externa o un episodio traumático que desencadena respuestas desequilibradas. Urra plantea el caso de una persona que sufre una agresión sexual y posteriormente padece un trastorno de estrés postraumático: miedo, fobias o recuerdos invasivos.
«No hablamos de enfermedad, sino de un trastorno que puede ser temporal o cronificarse en el tiempo dependiendo del apoyo terapéutico y emocional recibido».
Otros ejemplos que cita son los denominados trastornos mentales transitorios, en los que una persona actúa de forma impulsiva e impropia bajo una presión emocional extrema. En estos casos, los psicólogos y psiquiatras forenses deben determinar si el episodio fue producto de un «miedo insuperable» o de una pérdida momentánea de control.
Urra introduce también una reflexión sobre cómo determinados factores sociales o familiares pueden favorecer la aparición de trastornos. «Un niño que crece en un entorno violento o humillante no padece una enfermedad mental, sino que desarrolla un trastorno del apego o de la relación», explica. La diferencia, dice, está en que si ese mismo niño es trasladado a un entorno afectivo y seguro, su sintomatología se reduce o desaparece.
En este sentido, el especialista subraya la necesidad de mirar al ser humano desde una perspectiva holística. «Somos seres psíquicos, biológicos, sociales, culturales y espirituales», recuerda, apuntando que las respuestas ante el trauma dependen tanto del cerebro como del alma y del contexto.
Urra ilustra esta diferencia con una metáfora poderosa. Explica que algunos sucesos quiebran al ser humano de manera irreversible, como la pérdida de un hijo.
«Podemos recomponer los pedazos, pero la taza sigue rota. Hay daños emocionales que no se curan del todo». En esos casos, el sufrimiento no responde a una enfermedad, sino a una herida del alma que requiere tiempo, acompañamiento y resiliencia.
También advierte contra la confusión entre enfermedades y trastornos provocados por el consumo de sustancias. El alcohol o las drogas pueden generar alteraciones pasajeras del comportamiento, pero no constituyen necesariamente una enfermedad psiquiátrica.
Para Urra, distinguir entre ambos conceptos no es una cuestión semántica, sino clínica, terapéutica y ética. La enfermedad mental tiene una base biológica estable y requiere tratamiento médico constante.
El trastorno, en cambio, puede tener una causa externa, emocional o social, y aunque puede cronificarse, también puede superarse con apoyo adecuado. Concluye recordando una frase de la Organización Mundial de la Salud: «No hay salud sin salud mental». Urra propone pensar en la salud mental no solo como la ausencia de enfermedad, sino como la capacidad de generar vínculos, afrontar los golpes de la vida y conservar la esperanza.


