Las señales de alerta que el docente no puede pasar por alto en la escuela
1. Detección temprana y señales de alerta
2. El papel del profesorado, los orientadores y psicólogos
3. La vida en la escuela: clima, convivencia y emociones
4. Trastornos y dificultades más frecuentes
5. Suicidio, autolesiones y duelo
6. Acoso, violencia y malos tratos
7. Adicciones y uso problemático de pantallas
8. Diversidad, inclusión e identidad
9. Estrategias en el aula y acompañamiento emocional
10. Familia y factores sociales
11. Protocolos, recursos y apoyos
12. Autocuidado y bienestar del profesorado
13. Factores biológicos, hereditarios y ambientales.
Los expertos del Vademécum insisten en que el profesorado debe estar muy atento a cambios respecto al propio alumno, no solo en comparación con normas o estándares. Entre los signos esenciales se mencionan «cambios respecto de sí mismo, sustanciados en diferentes deterioros cuando se compara al estudiante con momentos propios anteriores y no únicamente con los esperable por su confrontación con tablas normativas».
Destacan también alteraciones emocionales, desde externalizantes (por ejemplo, irritabilidad) hasta internalizantes (rasgos apáticos y depresivos), así como descuidos evidentes en el autocuidado y la higiene, sin otros motivos auxiliares de índole económica.
El descenso del rendimiento académico, el aislamiento social, el absentismo y los marcadores no verbales (las expresiones faciales o conductas que comunican malestar) forman parte del repertorio de señales que pueden indicar el inicio de un problema mental o emocional. El texto es rotundo: «Cada vez que un docente se preocupa por el bienestar emocional de un alumno, está sembrando futuro».
En la adolescencia, se subraya la importancia de reconocer situaciones específicas como tristeza persistente, irritabilidad frecuente, expresiones de desesperanza; aislamiento social; desinterés, rechazo a acudir a clase, bajo rendimiento escolar, desmotivación, cambios físicos sin causa médica, conductas de riesgo y desinterés por la apariencia o higiene. Estas señales, combinadas, pueden alertar de la necesidad de intervención.
En Primaria, los problemas suelen manifestarse con conductas regresivas, físicas o disruptivas, mientras que en Secundaria predominan las señales cognitivas y relacionales, como la introspección, el aislamiento consciente o la expresión verbal del malestar.
Uno de los mayores retos para el profesorado es distinguir entre los cambios propios del desarrollo y los signos de alarma. El Vademécum lo expone con claridad: «es fundamental que el profesorado aprenda a distinguir estas variaciones esperadas de aquellas manifestaciones que puedan indicar un problema de salud mental».
Si el cambio es demasiado persistente o intenso en el tiempo, afecta de manera notable a la vida diaria o se acompaña de verbalizaciones desesperanzadas o autolesiones, deja de ser parte del desarrollo típico para convertirse en señal de derivación.
Aquí, la vigilancia y la comunicación con el equipo de orientación o psicología educativa del centro educativo resultan imprescindibles.
La guía insiste en que el profesorado debe observar patrones sostenidos y acercarse al alumno de forma empática para saber cómo se sienten, preguntar de manera privada y sin presión.
Además, no deben minimizar las emociones ni quedarse en el episodio aislado: lo relevante son los cambios sostenidos. Es fundamental la coordinación interna con otros docentes y familias, y derivar siempre al profesional correspondiente —orientador o psicólogo— cuando existan dudas fundadas.
El texto recomienda el uso de herramientas de detección precoz (screening), pero nunca sustituyendo la evaluación clínica. Estas herramientas permiten cribar señales de sospecha, activar la intervención profesional precozmente y, sobre todo, proteger la privacidad y la comunicación positiva con la familia.
Algunos ejemplos de instrumentos mencionados son la observación sistemática, los cuestionarios de bienestar escolar y escalas validadas como SDQ, PSC, entre otros. Sin embargo, subrayan: «es fundamental respetar la confidencialidad siempre y comunicar los problemas de manera cuidadosa a la familia y al equipo educativo cuando sea preciso».
El Vademécum señala que, mientras en Primaria las señales emocionales se observan más por la conducta y síntomas físicos, en Secundaria las alteraciones se expresan en la introspección.
Por ello, la respuesta debe adaptarse a cada etapa evolutiva, escuchando, mostrando empatía y, fundamentalmente, evitando el diagnóstico: «El profesorado no tiene que diagnosticar, sino detectar, acoger y derivar«.
La realidad escolar es compleja y las señales de alerta pueden verse amplificadas por factores sociales y digitales. El aumento del uso de redes sociales, la exposición a contenidos inadecuados en internet y el acoso digital constituyen retos adicionales para la salud mental adolescente.
El Vademécum aconseja que el profesorado incorpore el análisis del contexto digital de sus alumnos, sin invadir su privacidad, pero sí mostrando interés por sus dinámicas, amistades y posibles conflictos en línea.
La aparición de conductas como el retraimiento tras episodios de ciberacoso, la excesiva dependencia a dispositivos o el deterioro de la autoestima tras interacciones virtuales debe motivar una especial vigilancia.
La prevención primaria es tan relevante como la detección: fomentar un clima escolar seguro, relaciones de confianza, espacios para la expresión emocional y estrategias de resolución de conflictos mejora la resiliencia del alumnado y reduce la probabilidad de que los problemas emocionales prosperen.
Proyectos de tutoría entre iguales, talleres de habilidades sociales y la formación continua en educación emocional para el profesorado son claves recomendadas desde la comunidad educativa y los equipos de salud.
El abordaje de la salud mental en los centros educativos no puede limitarse a los muros escolares. La colaboración con las familias refuerza la detección precoz y permite implementar pautas coherentes en casa y en el aula.
Cuando se identifican señales de alarma, la coordinación con servicios externos (centros de salud mental infantojuvenil, Servicios Sociales, entidades especializadas) se convierte en una red de apoyo fundamental.
Los protocolos de derivación y comunicación interinstitucional, junto a la formación del profesorado en primeros auxilios emocionales, mejoran la calidad de la atención que los alumnos reciben.
El mensaje central es claro: la labor del profesorado no es la de clínico, sino la de antena sensible y puente con la red de cuidados.
La observación atenta y la coordinación interna y con familias construyen una red de seguridad imprescindible para la prevención y la atención temprana de los problemas de salud mental.
Para asumir este papel, la formación y el apoyo al profesorado son imprescindibles. Los docentes, al encontrarse en primera línea, experimentan con frecuencia una gran carga emocional.
Los expertos recomiendan la formación continua en salud mental, talleres de autocuidado docente y la disposición de espacios de supervisión compartida para analizar casos y experiencias de forma conjunta.
Así, el docente gana seguridad para intervenir y reducir el estigma asociado a la salud mental.
El Vademécum invita a los centros educativos a crear contextos vigilantes, respetuosos y colaborativos y a comprender que las señales de alerta son una oportunidad para tejer prevención y esperanza.
La sensibilidad, la intervención temprana y la mirada profesional y humana del profesorado siguen siendo el mejor inicio de cualquier proceso de ayuda en el ámbito escolar.
La detección temprana no solo previene complicaciones graves, sino que contribuye a que los jóvenes desarrollen su potencial y construyan una vida más saludable y plena.
La escuela, así, se confirma como un espacio fundamental para el cuidado integral del alumnado, donde cada mirada atenta suma futuro y bienestar social.
Próxima entrega: El papel del profesorado, orientadores y psicólogos



