Oasis
La vida de un lector es, cuanto menos, apasionante. Una constante aventura en infinitos escenarios, delimitados únicamente por la imaginación del escritor. Es una lástima que esta afición, con el tiempo, se haya vuelto cada vez menos habitual, y que aquel que disfruta de un libro se haya convertido en una «rara avis».
Soy un joven que ama su ciudad, Sevilla. Desde las barcas que navegan por el río Guadalquivir hasta el último campanario de una iglesia, no hay nada que no sienta mío. Lo mismo me ocurre con los parques. De hecho, durante uno de mis habituales paseos por el de María Luisa, el más importante y con más historia de la capital hispalense, descubrí un tesoro que estaba escondido… a plena vista. Me explico: en una de las aceras de la calle principal hay un precioso jardín.
Es un rincón muy reservado, pequeño, donde la naturaleza urbana se ha abierto paso sin que nadie la limite, pues cubre de vegetación lo que han creado las manos del hombre. En el centro de aquel jardín hay una minúscula fuente, una estatua y una serie de bancos de piedra. A al fondo se encuentra un edificio en ruinas que pasaba desapercibido, pues está comido por la maleza y un candado cierra su puerta, sobre la que hay un letrero que reza: «Punto de Lectura».
Intrigado, me asomé a una de las ventanas, y pude distinguir una mesa, algunas sillas y dos estanterías repletas de libros. El polvo gritaba la ausencia de actividad humana y cuidado desde hacía varios años. Pero fue entonces cuando me di cuenta de que había llegado a un oasis, pues aquel lugar era el reflejo de una realidad distante, que me permitía entrar en las ruinas de una civilización más pura y culta. Quizás este espejismo llegó a ser un punto de encuentro para la desconexión en la ajetreada vida de algunos habitantes de la ciudad, amantes de la lectura que allí disfrutaban bajo el abrigo del sol y el cantar de los pájaros. Pero esos días de gloria se han quedado atrás.
En un mundo en el que las nuevas tecnologías se han adueñado de nuestras horas no caben lugares como ese. Hemos permitido que el teléfono móvil mate nuestras tradiciones y nuestros intereses, que han cambiado. ¿Para que destinar tantas horas a leer una novela, si la Inteligencia Artificial puede resumirla en un instante? ¿Para qué pasar tantas horas en el interior de una misma historia, si en las redes sociales las historias se suceden de segundo en segundo? ¿Para que leer el periódico, si la cadena radiofónica de confianza nos informa con la verdad por delante?
Lo que vi a través de aquella ventana me hizo reafirmarme en mi afición por los libros. Es más, me dio nuevas fuerzas para acudir al oasis que ofrece la lectura.
Ángel Murcia, ganador XXI edición www.excelencialiteraria.com

